LEGADO DE LAS TIERRAS ALTAS

Huellas en el paisaje

Texto: José Manul Gutiérrez
Fotografías: José Manuel Gutiérrez / Javier Gutiérrez / Cardinalia Comunicación
El legado de las Tierras Altas. Huellas en el paisaje

Al norte del Duero se extiende una tierra serrana erosionada por un clima que no da concesiones, pero que no consiguió doblegar la determinación humana. Escenario de paso intercultural desde tiempos remotos, hoy nos llegan los ecos de un pasado con identidad propia.  

Durante casi tres siglos, un río marcó la historia de dos pueblos: el cristiano y el musulmán. Controlar la frontera dibujada por el Duero en la Edad Media, dejando a un lado las cuestiones bélicas y los intereses de la época, supuso un marco de convivencia entre las dos culturas, cuyo legado ha pasado a enriquecer la historia, el arte, las tradiciones y las costumbres de muchos territorios.

Esto es muy patente en el cuadrante noreste de la provincia de Soria, pero en este viaje la propuesta va más allá de ese momento cronológico.

Tomando como punto de partida el paso del Duero por la capital soriana, pondremos rumbo a la comarca de Tierras Altas, allí donde el paisaje se hace diferente para mostrarnos su esencia a través de las huellas más genuinas.

Desde entonces hasta hoy, muchas culturas y modos de vida han pasado por esta tierra de transición entre la meseta y las regiones del norte, y de todas ha quedado testimonio, incluido el de la todopoderosa Mesta.

El legado de las Tierras Altas. Huellas en el paisaje
El río Duero a su paso por la ciudad de Soria

Desde hace siglos, la trashumancia ha ido moldeando la forma de vida tradicional de Tierras Altas. Hay pruebas arqueológicas de que ya en la Edad del Hierro y con los pueblos celtíberos ya había una actividad ganadera y pastoril, pero fue con la llegada de las tribus bereberes y sus costumbres cuando la práctica de la trashumancia se estabiliza como práctica habitual en este rincón soriano, llegando incluso a la adopción de algunos de sus vocablos asociados al pastoreo como zagal o alforja, entre otros muchos.

La Reconquista trajo consigo muchos cambios socioeconómicos con la incorporación de inmensos territorios de pastos al sur, se crearon asambleas locales de pastores y en 1273 el rey Alfonso X creo el Honrado Concejo de la Mesta de Pastores de Castilla, órgano regulador de las siempre complicadas relaciones entre agricultores y ganaderos, además de fomentar la raza merina, cuyo origen parece estar en el cruce de una raza autóctona con alguna traída del norte de África.

La excelente calidad de la lana impulsó un crecimiento económico sin precedentes entre los siglos XVI y XVIII, cuando Soria llegó a tener una cabaña de más de trescientas mil ovejas merinas, siendo uno de los principales exportadores hacia Países Bajos e Inglaterra.

Esta pequeña reseña histórica formará parte de la narrativa de un viaje que seguiremos por uno de los ramales de la Cañada Real Soriana Oriental desde las mismas orillas del Duero.

Un camino de poder y riqueza

En un contexto con ciertos toques oníricos, Soria, la “ciudad de los poetas” que enamoró al genial Antonio Machado y que dio cobijo a Gustavo Adolfo Bécquer y a Gerardo Diego, es rica en patrimonio e historia que muestra con orgullo en sus calles y plazas.

Pero antes de adentrarnos en la ciudad, por donde pasaba antaño la Cañada Real, el hermoso marco natural del río invita a ver dos de sus hitos culturales de referencia.

El monasterio de San Juan de Duero es una joya románica única en España. Construido entre los siglos XII y XIII por la Orden de los Hospitaleros de San Juan de Arce, es sorprendente por la sublime combinación de estilos románico, mudéjar y árabe, en un ejercicio de fantasía medieval, al que el poeta Gerardo Diego dedicó uno de sus poemas.

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Magnífico claustro de San Juan de Duero

El pasado medieval soriano sigue vivo en las calles del centro histórico, así como en su muralla, su castillo y en preciosos templos románicos como la iglesia de Santo Domingo, San Juan de Rabaneda o la concatedral de San Pedro, pero es en algunos palacios renacentistas como el de los Condes de Gómara, construido en el siglo XVI por el alcaide y poderoso ganadero Francisco López del Río y Salcedo. Todo un contundente ejemplo de la enorme riqueza que la oligarquía ganadera soriana llegó a obtener con el comercio de la lana y el control de los rebaños trashumantes.

Aquella tradición también tiene su reflejo en el plato. Soria cuenta con una gastronomía singular y muy sabrosa. Sus famosos torreznos y sus trufas han trascendido fronteras y de los fogones tradicionales salen las típicas migas al pastor y suculentas calderetas de cordero.

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Palacio de los Condes de Gomara

Continuando el rastro de las merinas, la cañada se adentra en lo que fue la simbólica Numancia. El año 133 a.C. es una fecha importante en la historia de la península bérica. Después de quince meses de asedio y dos guerras de conquista que se prolongaron por espacio de más de dos décadas, los ejércitos romanos entraban en Numancia, “el terror de la república”, la cabeza de la resistencia de los arévacos y la ciudad insignia de la cultura celtibérica. Para tomar la ciudad, Roma debió organizar un cerco en el que participaron siete campamentos, convocando al más famoso general de la república, Publio Cornelio Escipión “el Africano”, vencedor de Cartago, para dirigir el asalto.

El asedio por hambre y agotamiento, que también dramatizó Cervantes, concluyó con la romanización del lugar y la reconstrucción urbana según los patrones latinos: calles rectas con viviendas rectangulares de mayor amplitud convivieron, sin embargo, con modos de vida y construcciones autóctonas. Todo ello puede apreciarse hoy día tanto en los restos arqueológicos como en las reconstrucciones didácticas que en ambos casos hacen de Numancia uno de los yacimientos más señeros de la región. Entre los restos más elocuentes destaca la muralla, con sus monumentales puertas, una gran mansión romana de peristilo, las casas indígenas y los aljibes para garantizar el abastecimiento de agua.

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Numancia, ciudad emblemática de la cultura celtibérica

El yacimiento cuenta con una sala de apoyo y el Aula Arqueológica de Garray, donde se escenifica muy adecuadamente la historia del cerco y de ambos contendientes. Por otro lado, el Museo Numantino, en realidad el museo provincial de Soria, conserva tanto su añejo nombre como los vestigios más relevantes de esta cultura.

Con el horizonte cortado al norte por las cumbres del Sistema Ibérico o montes Idúbedos, como los llamaban en la Antigüedad clásica Estrabón, Plinio el Viejo o Ptolomeo, el viaje prosigue por un paisaje ondulante de pastizales salpicados de hayedos, robledales y encinares como supervivientes de la antigua masa boscosa que cubría estas tierras. Pero en este escenario natural alterado por la tala del hombre para generar pastos, un reducto natural de alto valor ecológico ha llegado hasta nuestros días.

Muy cerca del pueblo de Arévalo de la Sierra se encuentra la Reserva Natural Acebal de Garagüeta, un lugar mágico de gran belleza natural. Durante el otoño, este espacio se transforma en un cuento de hadas, cuando las hojas verdes se adornan con los frutos rojos. Además de su esplendor estacional, el mayor acebal de la Península Ibérica conserva la tradición de utilizar el acebo para adornos navideños, todo mientras se aplican prácticas de cuidado forestal sostenible. Este rincón encantador alberga un paisaje único donde la luz se filtra a través de densos doseles de acebos, conviviendo diversas especies como saucos, arces y enredaderas, creando un tapiz de maravillas naturales.

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Reserva Natural Acebal de Garagüeta

La vida silvestre de Garagüeta es diversa y variada, desde anfibios hasta majestuosos ciervos, zorros, jabalíes, conejos y aves rapaces como el buitre leonado y el águila real.

El paisaje es un testimonio vivo de la íntima relación entre la humanidad y la tierra. Los bosques que se transformaron en pastos son un recordatorio de cómo la ganadería ha sido la madre de estos impresionantes acebales, y su legado perdura en la belleza que nos rodea.

Para un mejor conocimiento del valor medioambiental de este espacio natural, es recomendable hacer una visita a la Casa del Parque de la Reserva Natural en la localidad de Arévalo de la Sierra. En este centro de referencia se proporciona mucha información en lo que a flora, fauna y geomorfología se refiere, así como de otros interesantes acebales próximos como el de la Dehesa de Oncala y de su importancia histórica y presente en estas sierras desde la prehistoria.

Por encima de los mil cuatrocientos metros de altitud se corona el puerto de Oncala, un paso estratégico para los rebaños, desde donde la calma y las vistas panorámicas se hacen imposibles de olvidar. A sus pies, el pueblo de Oncala fue uno de los puntos de referencia de la trashumancia, cuyo legado mantiene vivo en su arquitectura tradicional adaptada a las tareas pastoriles y en el Museo de los Pastores. Ubicado en la antigua casa de la maestra, es un espacio en el que se rinde un emotivo homenaje a los pastores que durante siglos guiaban los rebaños de ovejas merinas entre el norte de Soria y el sur de España.

Resulta también sorprendente que un pueblo tan pequeño, entre las solitarias montañas sorianas, tenga un espacio expositivo tan singular. El Museo de los Tapices Flamencos alberga una extraordinaria colección de ocho tapices del siglo XVII tejidos en Bruselas –tal vez con lana merina soriana – con diseños del mismísimo Rubens.

En este punto del camino se nos brinda la posibilidad de dar un salto de millones de años hacia atrás en el tiempo. La Ruta de las Icnitas de Soria abre una ventana espaciotemporal de gran importancia cultural. Los dinosaurios que habitaron el noreste soriano vivieron principalmente en el periodo Cretácico Inferior, es decir, hace ciento cuarenta y cinco millones de años, alcanzando algunos hasta veinte toneladas de peso. Las cuatro rutas diseñadas se gestionan desde el Aula Paleontológica de Villar del Rio, pero en nuestro itinerario existen dos yacimientos interesantes. En el pueblo de Ventosa de San Pedro se halla el yacimiento de icnitas de San Roque, en el que, además del rastro de huellas, existe una reproducción de un Iguanodonte. Un poco más al sur, en el pueblo de Matasejún, se encuentra el yacimiento de icnitas de Las Adoberas, cuyo rastro deja claro el tipo de dinosaurio que habitaba esta zona, en la que probablemente existió un lago.

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Aula Paleontológica de Villar del Río

De manera paralela al río Linares en su discurrir hacia tierras riojanas, San Pedro Manrique es otro de esos pueblos con una historia vinculada a la repoblación de la Edad Media y a la trashumancia. Su situación estratégica en el valle que comunicaba Castilla con Aragón justificó la construcción de su castillo, hoy en franco deterioro, además de un monasterio templario a escasa distancia.

Es interesante su arquitectura popular, fruto de su actividad comercial como centro neurálgico de la zona, así como por el impulso acontecido en el siglo XVIII con la instalación de molinos harineros, batanas y talleres textiles.

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Arquitectura popular de San Pedro Manrique

Pero si algo ha hecho universalmente conocido a San Pedro Manrique es “El Paso del Fuego”, declarada Fiesta de Interés Turístico Nacional. Posiblemente se trate de un rito de origen celtibérico vinculado al solsticio de verano que anualmente se celebra la noche de San Juan.

El Paso del Fuego es mucho más que una puesta en escena; es un acto cargado de simbolismo. A medianoche, los hijos del pueblo, llamados paseadores, caminan sobre las brasas con valentía y sin quemarse —cuestión de técnica — reviviendo el ritual ancestral de prueba de fe y coraje, de purificación y de buena suerte, además de fortalecer el vínculo con la comunidad.

La festividad continúa al día siguiente con la Fiesta de las Móndigas. Su origen es también ancestral y su finalidad es honrar a tres mujeres del pueblo, denominadas Móndigas, que representan la fertilidad y la abundancia, para lo cual van ataviadas con trajes tradicionales y adornadas con flores.

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“Paso del Fuego” en San Pedro Manrique

Atravesamos un paisaje de valles encajados y bosques de ribera junto al río Cidacos para llegar a la villa de Yanguas, cuyo significado en latín significa puerta. Un nombre muy apropiado, teniendo en cuenta que su emplazamiento era estratégico en el desfiladero del Cidacos y paso obligatorio de ejércitos, comerciantes y rebaños trashumantes.

Declarada Bien de Interés Cultural en la categoría de Conjunto Histórico en 1993 por la relevancia de su pasado medieval y su conjunto urbano bien conservado, la magia de este lugar se siente en sus calles empinadas, en sus plazas porticadas y en sus casas blasonadas que hablan del esplendor de otros tiempos.

Su carácter fronterizo justifica la existencia de un potente castillo de estilo mudéjar y los restos de antiguas murallas, aunque sus orígenes se remontan a la prehistoria, como lo atestiguan los hallazgos pertenecientes a la tribu celtibérica de los Pelendones, dedicados principalmente a la ganadería ovina. La romanización también llegó a estas tierras, como lo prueban las muchas estelas funerarias halladas con inscripciones latinas.

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Calle típica de Yanguas

En 1134 pasó definitivamente a pertenecer a la Corona de Castilla. Poco después le fue otorgado el Fuero de manos del rey Alfonso X el Sabio, que, entre otros privilegios, eximió a los yangüeses del pago de portazgos, significando así el germen de la tradición arriera de Yanguas que tuvo su reflejo en la prosperidad de la villa.

Además de la fortaleza con fines defensivos y símbolo de poder de la época, Yanguas presume de otros monumentos interesantes como la iglesia de Sam Lorenzo de estilo gótico tardío y la singular Torre de San Miguel. Vista desde lejos, recuerda a las torres románicas del Pirineo catalán, esbelta y solitaria en medio de la naturaleza, pero en realidad perteneció a una iglesia del siglo XII ya desaparecida.

Termina aquí un viaje por una comarca aparentemente sencilla, pero que custodia un legado histórico y cultural excepcional.

 

https://www.sorianitelaimaginas.com/

https://mancomunidadtierrasaltas.es/trashumancia/

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Texto: José Manul Gutiérrez
Fotografías: José Manuel Gutiérrez / Javier Gutiérrez / Cardinalia Comunicación