Un trazo en el mapa nunca pudo ser una barrera cuando hay una historia compartida y se crean lazos de consanguinidad entre los dos lados de la frontera más antigua del mundo, cuando hay un modo de vida impuesto por una misma naturaleza y por la coincidencia geográfica. Aun así, han sabido conservar sus genuinas señas de identidad cultural como elementos enriquecedores de un pasado común.
Decía Ibn Battuta, viajero y explorador del siglo XIV, que «viajar te deja sin palabras y después te convierte en un narrador de historias». Esto ya me lo habréis leído más de una vez y recordaré esta brillante reflexión tantas veces como un viaje me lleve a la ensoñación de otros tiempos. En esta ocasión es mucho más que eso, es dejarme llevar por el torrente de sensaciones, recuerdos y emociones que siempre me despierta este rincón peninsular.
Una pequeña porción de lo que se ha venido a denominar La Raya hispano-lusa vertebra ese territorio transfronterizo entre la zamorana comarca de Sanabria y el extremo nororiental de Tras-os-Montes en Portugal; un espacio para vivirlo sin prisa, para saborear cada curva a bajas revoluciones y que el motor no empañe sus silencios, esos que abrazan un legado inmaterial ancestral y una biodiversidad envidiable.
Las formas de vida de esta tierra, zona de paso inevitable entre Galicia y la Meseta o del norte peninsular a Portugal, han recibido fuertes influencias de todo el noroeste peninsular, moldeando su cultura, su lengua y sus costumbres en un sincretismo particular.
Su carácter fronterizo en un rincón antiguamente aislado, unido a épocas de escasez, favoreció una economía de subsistencia basada en el contrabando, sobre todo de café, tabaco y algodón, pues los pasos fronterizos apenas estaban vigilados. Actualmente se conservan algunos puestos de vigilancia, pequeñas construcciones en piedra de pizarra en las localidades de Calabor y Rihonor de Castilla.
Esta es la ruta que me llevará a un territorio en el que durante siglos españoles y portugueses han compartido caminos, comercio, trabajo, fiestas, costumbres e incluso familias, pues La Raya nunca impidió que los pueblos mantuvieran relaciones estrechas y duraderas en el tiempo como parte de la memoria colectiva.
Parque natural Lago de Sanabria y sierras Segundera y de Porto
Antes de abandonarme al encanto serpenteante de aquel viejo camino, hoy convertido en carretera, surcado por carretas cargadas de productos traídos de ultramar, inicio la ruta en el corazón de uno de los espacios naturales más hermosos de España.
El Parque natural Lago de Sanabria y sierras Segundera y de Porto es un universo de cascadas, arroyos, cañones, lagunas y bosques en los que conviven robles, acebos y tejos, además de alisos y abedules, castaños, fresnos, cerezos y avellanos, hasta un total de mil quinientas especies vegetales —algunas de ellas se han adaptado y sobrevivido a las condiciones extremas de las altas cumbres desde hace diez mil años —, dando cobijo a cientos de especies animales que abarcan desde el águila real hasta el lobo ibérico.
Este es un territorio modelado por la erosión de los hielos desde hace cien mil años, de cuyos trabajos se formaron enormes espejos de agua en forma de lagunas glaciares y cuyo máximo exponente es el Lago de Sanabria.
Cuenta la tradición que «un buen día llegó a la aldea de Valverde de Lucerna un peregrino pidiendo limosna. Nadie lo atendió, salvo unas mujeres panaderas que estaban cociendo pan en el horno de este pueblo. Ellas se apiadaron de él y lo dejaron entrar en la sala del horno para que pudiera guarecerse del intenso frío y saciar su hambre con algo más de masa que pusieron en el horno. La masa que introdujeron en el horno creció tanto que finalmente el pan se salió del horno y las mujeres, sorprendidas ante este hecho, escucharon de boca del peregrino, que resultó ser Jesucristo, el castigo que iba a implantar al pueblo ante su falta de caridad: inundaría la aldea.
Clavó el cayado en el suelo y el agua brotó a borbotones, anegando el pueblo de Valverde, salvándose de las aguas tan solo el horno, que conforma hoy en día la pequeña isla que hay en el lago».
Sigue contando la leyenda que «los vecinos de los alrededores quisieron sacar las dos campanas de la iglesia hundida, pudiendo rescatar solamente una. Y esta es la campana que los hombres de bien pueden oír repicar desde el fondo de las aguas la noche de San Juan».
Lo que sí está documentado es que, en este islote hoy unido ya a tierra firme por los sedimentos del río Tera que alimenta el lago -El Llagu en el dialecto sanabrés derivado del asturleonés-, existió un palacete construido a finales del siglo XV por los Condes de Benavente como residencia de descanso en un entorno paradisiaco y para controlar las pesquerías del lago que se disputaban con los monjes del vecino monasterio cisterciense de San Martín de Castañeda. Una curiosidad de esa disputa es que los nobles benaventanos mandaron traer dos barcos de pesca desde A Coruña para acabar con la competencia monástica.
La comunión entre la belleza extrema del Lago de Sanabria, las peculiaridades sociales de la España del primer tercio del siglo XX y el arraigo de la leyenda medieval que acabo de transcribir, inspiraron a nuestro genial Miguel de Unamuno el argumento de su novela “San Manuel Bueno, Mártir” durante su estancia en el desaparecido balneario de Bouzas, enclavado en uno de los muchos rincones paradisíacos que hay a orillas del lago, y su visita a los restos del monasterio de San Martín de Castañeda.
Hace diez mil años los hielos glaciares se derritieron, dejando al descubierto profundos cañones y valles, más de veinte lagunas en las zonas de alta montaña del espacio natural y el propio Lago de Sanabria. Con sus más de trescientas hectáreas de superficie y más de cincuenta metros de profundidad, este espejo de agua es el lago natural de origen glaciar más grande de Europa, pero más allá de los datos objetivos, es en sí mismo un paraíso en el extremo occidental de la provincia de Zamora.
La carretera que lo bordea por su lado sur, encajonada entre frondosas arboledas de roble y este pequeño mar interior, es sencillamente sublime, incluso en las épocas vacacionales en las que la afluencia de gente es mucho mayor; gentes que llegan de todas partes en busca de las playas familiares o de las tranquilas calas y de sus puras aguas, hogar ideal de peces como la trucha, que puede llegar a alcanzar tamaños considerables, y en las que crecen algunos musgos endémicos. Toda una experiencia inmersiva en un espectáculo de biodiversidad impresionante.
La carretera termina en la aldea de Ribadelago Viejo, tristemente conocida por la tragedia del 9 de enero de 1959, cuando fue arrasada tras la rotura de la presa de Vega de Tera. Un emotivo monumento recuerda a las víctimas en un extremo del caserío, justo donde empieza una de las rutas de senderismo más hermosas del parque por el cañón del Tera hasta alcanzar cotas muy altas, proporcionando panorámicas imposibles de olvidar.
En el lado opuesto, es decir, por la margen norte del lago, discurre en ascensión la carretera que conduce a San Martín de Castañeda y a la Laguna de los Peces. Otro itinerario delicioso para recorrerlo en moto, encadenando curvas entre los claroscuros de los bosques, a través de los cuales se deja entrever un lago cada vez más panorámico como antesala del espectáculo grandioso que espera más arriba.
En un recodo de la subida, asentada en un balcón natural excepcional que mira al lago y protegida de los fríos del norte, la aldea de San Martín de Castañeda es un lugar ideal para disfrutar de buena gastronomía sanabresa y para visitar el monasterio cisterciense. Construido en el siglo X sobre los restos de una fundación visigoda anterior, es uno de los referentes del románico zamorano y uno de los monasterios de la Orden del Císter mejor conservados, además de ser el único construido en alta montaña. La iglesia es visitable, aunque no menos interesantes son las dependencias aledañas con una exposición permanente sobre etnografía de la zona.
La carretera va tomando altura y, en medio de una curva de herradura, se abre el mirador de Neveira, desde el que se disfruta de una de las mejores y más hipnóticas panorámicas no solo del lago, sino de todo el corazón del parque natural. Siguiendo la ruta ascendente y muy divertida para hacerla en moto, en la que me voy encontrando otros sugerentes miradores, llego a la Laguna de los Peces. Esta joya glaciar situada en una cota superior a los mil setecientos metros de altitud, la única accesible por carretera, goza de un clima suave en verano y extremo en invierno, llegando a sensaciones térmicas de -30 grados y abundantes nevadas, por lo que también hace las delicias de los amantes del esquí de fondo. Sin embargo, en primavera es un espectáculo de color con las laderas teñidas de amarillo y violeta por la floración del brezo y del matorral que tapiza las altas montañas.
Desandando el camino, vuelvo a orillas del Lago de Sanabria en busca de mi siguiente parada. Por la única carretera de acceso, divertida y bien asfaltada que cada mes de julio recibe a miles de moteros que acuden a la Concentración de Motos Lago de Sanabria, llego a Puebla de Sanabria. La villa, declarada Bien de Interés Cultural en la categoría de Conjunto Histórico, tiene documentado su origen en el siglo VI, pero no sería hasta el siglo XII cuando adquirió importancia por su ubicación estratégica cercana a la frontera con el reino de Portugal.
Asentada sobre un cerro a orillas del río Tera, presenta el típico trazado urbano medieval de calles sinuosas y empinadas, sobresaliendo en lo alto la iglesia de Santa María del Azogue del siglo XII y el castillo.
Antiguamente, debido a su carácter defensivo, una muralla protegía el recinto de intramuros, aunque hoy solamente se conservan varios tramos de lienzos en las inmediaciones del castillo y en los lados norte y este de la villa. Pasear su casco histórico, sereno y uniforme, es deleitarse con un muestrario de arquitectura popular perfectamente conservada; una sucesión de fachadas de piedra, balcones de madera, tejados de pizarra, galerías acristaladas y casas blasonadas que recuerdan la presencia de familias nobles en el pasado. Es en la zona más elevada donde se extiende la plaza Mayor, en la que llama la atención la desproporcionada altura de la torre de la iglesia respecto al resto de edificios. No menos interesante es la casa Consistorial que, con su porche de arcos de medio punto y sus torrecillas gemelas, es uno de los mejores y más elaborados ejemplos de arquitectura más elaborada de la comarca.
Desde su posición privilegiada, el castillo de Puebla de Sanabria domina el paisaje con su contundente silueta. Construido en el siglo XV por los condes de Benavente con fines militares y con un novedoso diseño para la época, hoy presenta un excelente estado de conservación y en su interior aloja la Oficina de Turismo, la Casa de Cultura y el Centro de Interpretación de las Fortificaciones. Merece la pena subir a la torre del homenaje y contemplar el mosaico de volúmenes que forman los tejados de pizarra de la villa y el hermoso paisaje que la rodea.
La ruta de los contrabandistas
Dejo atrás Puebla de Sanabria en dirección a la frontera por una carretera divertida en su trazado, pero que, a medida que avanzan los kilómetros, la sensación de una serena soledad se hace cada vez más presente. Apenas hay tráfico, lo cual se agradece para atacar cada una de las muchas curvas con más seguridad. El paisaje alterna el monte bajo con los bosques, pero todo con una fertilidad asombrosa que justifica su riqueza faunística y los poquitos pueblos que me encuentro —el primero, Lobeznos, ya nos da una idea de quién reina en el monte —; son pequeños caseríos rodeados de huertos cultivados con esmero por una población muy envejecida.
Curva tras curva, atisbando de vez en cuando los restos de abandonados puestos de vigilancia fronteriza, llego a Calabor, el último pueblo español. Tras el cierre de las minas de estaño en el siglo pasado, la población ha ido en claro retroceso. Esta realidad se intenta frenar con un incipiente impulso al turismo desde que su balneario, famoso por la calidad de sus aguas ya desde época romana, que abrió de nuevo sus puertas totalmente renovado y con propuestas y servicios actualizados. El Balneario de Calabor conserva fielmente el legado histórico ancestral, respetando la calidad de sus aguas en un entorno sereno y de privacidad absoluta. Tal es su compromiso con la naturaleza que en todos sus tratamientos solamente interviene el agua, pura y con todas sus propiedades inalteradas, una filosofía compartida también en su servicio de restaurante con propuestas basadas en productos ecológicos y de temporada de su propia huerta.
Además, existen varios proyectos transfronterizos para recuperar el valioso patrimonio inmaterial, sobre todo el ligado a la Máscara Ibérica, reconocida como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la Unesco, recuperación de hornos, molinos y todo tipo de recursos culturales que aporten valor a este territorio como destino turístico.
En la misma frontera, un abandonado, pero bien conservado, puesto de vigilancia me da la bienvenida a Portugal, ya con el foco puesto en Braganza, a la que llego atravesando el bello Parque Natural de Montesinho.
La capital de la región de Tras-os-Montes es una ciudad hermosa, serena y animada, que extiende su encanto más allá del recinto amurallado. Recorriendo las calles adoquinadas que dibujan rincones apacibles, flanqueadas por palacios y casas nobiliarias, templos y conventos, a cada cual más bello, se accede al espacio fortificado de la ciudadela, presidida por el imponente castillo. Desde su enorme torre del homenaje se vigilaba la frontera española. Es visitable y en su interior el Museo Militar cuenta la historia del castillo y de algunos de los momentos más importantes de la historia del norte de Portugal. La exposición muestra una interesante colección de armas desde el siglo XIII hasta la Primera Guerra Mundial, pasando por piezas de las campañas portuguesas en África en el siglo XIX.
Frente a la fortaleza, la iglesia de Santa María es una joya barroca que vive sus días junto a la Domus Municipalis, el único ejemplo de arquitectura civil románica en Portugal. Este espacio tiene un especial significado por ser el lugar de reunión secular de los llamados “hombres buenos” del consejo de la ciudad.
Muchas de las casas de la ciudadela tienen un origen medieval y en una de ellas se ha instalado el Museo Ibérico da Máscara e do Traje. A pesar de su pequeño tamaño, expone una fascinante colección de máscaras y atuendos ligados a ritos paganos, en muchos casos prerromanos y al carnaval, tanto de Tras-os-Montes como de poblaciones zamoranas y de León.
Me llamó especialmente la atención, por lo poco común en estas latitudes, lo que queda del monasterio de San Salvador de Castro de Avelás. Resulta sorprendente encontrar un ejemplo de arquitectura románica mudéjar de clara influencia hispánica. Fue el más poderoso del noreste portugués, desempeñando un papel muy importante en la repoblación y como hospital de peregrinos para quienes recorrían el Camino de Santiago entre los siglos XII y XVI.
De vuelta a la frontera
Inicio aquí el retorno a España, pero siguiendo otra ruta no menos interesante. A pocos kilómetros de Braganza se encuentra la aldea de Varge; es un remanso de paz que conserva una de las tradiciones más interesantes del territorio. Coincidiendo con el solsticio de invierno, se celebra la Festa dos Rapaces, un rito pagano en el que los jóvenes solteros se cubren con “caretos”, máscaras artesanales hechas por ellos mismos con cuero o metal y vivos colores, y recorren las calles para ahuyentar a los malos espíritus.
Pero la aldea guarda algunas sorpresas más, como un horno de pan tradicional, posiblemente el mejor pan que he probado nunca, un molino harinero restaurado o la Fonte do Careto de Varge en honor a la tradición.
La tarde va cayendo y quiero llegar a mi última parada, tal vez la más pintoresca del recorrido. Por un paisaje solitario que invita a imaginar las caravanas de contrabandistas dirigiéndose a la frontera española, llego a Rio de Onor o Rihonor de Castilla, según se pronuncie en portugués o en español, respectivamente.
Esta paradigmática aldea, mitad española y mitad portuguesa, cuya línea fronteriza se aprecia por el cambio del pavimento adoquinado al asfalto, goza de un modelo de autogobierno comunal y de un dialecto propio, pero por encima de todo es un modelo de supervivencia y de concordia ejemplares en un paraje que durante mucho tiempo estuvo olvidado por todos.
De camino al final de la ruta en Puebla de Sanabria, merece la pena hacer un desvío para visitar el Centro del Lobo Ibérico Félix Rodríguez de la Fuente, todo un referente nacional e internacional para el estudio, divulgación y educación en torno a esta emblemática especie y toda la cultura asociada, además de poder observar algunos ejemplares en semilibertad.
Aquí termino una ruta que, más allá del placer de recorrerla en moto, me ha permitido sentir de cerca el pulso de una tierra no muy bien tratada y algunas veces empujada al olvido, pero que sobrevive más hermosa que nunca.