LA MESOPOTAMIA TURCA

El origen de la historia

Texto: José Manuel Gutiérrez
Fotografías: José Manuel Gutiérrez / Cardinalia Comunicación

Existe un territorio, al sureste de Turquía, delimitado por los míticos ríos Tigris y Éufrates en el que se comenzó a escribir la historia con pictogramas hace seis mil años; una tierra fértil y estratégica codiciada por todas las civilizaciones de la antigüedad y donde tuvieron lugar algunos episodios mencionados en la Biblia o en la Torá, como los del Diluvio Universal o la leyenda de la Torre de Babel.

Todo viaje entraña unas expectativas y para los que, sin ser expertos, sí somos amantes de la historia como fuente de conocimiento, llegar a esta región turca destapa el jarrón de las ensoñaciones.

Muy cerca de la frontera con Siria el horizonte se hace más infinito que nunca para dejar sitio a espejismos deseados, aquellos que nos hablan de la Mesopotamia turca, una región fascinante, el lugar en el que comienza la historia de la civilización, donde la humanidad abandona la vida nómada para volverse sedentaria, donde nacieron los primeros cultivos, donde se establecieron los primeros poblados, ciudades e imperios. Una tierra cuya historia es tan antigua como la humanidad, que fue testigo del auge y de la caída de importantes civilizaciones tales como la persa, la griega, la romana, la bizantina y la otomana. Un escenario lleno de color y de gente hospitalaria que gestó el nacimiento del sistema de escritura cuneiforme, uno de los métodos más longevos de la historia, siendo a la vez un nexo de unión entre Asia y Europa, tan seductor y apasionante que atrapa las emociones de los viajeros más genuinos desde hace siglos.     

Civilizaciones entre dos ríos

Mesopotamia nunca tuvo fronteras naturales, aunque siempre se ha asociado a las fértiles vegas regadas por el Tigris y el Éufrates, ríos que además se mantienen vivos en la memora colectiva por su vinculación con pasajes de sagradas escrituras cristiana y judaica.

Desde aquí se esparcieron las semillas del conocimiento universal y poco importa hacia donde miramos, pues nuestros sentidos viven una constante lluvia de estímulos llegados desde los monumentos, desde los aromas, desde los sonidos y desde la propia esencia de una tierra legendaria. Como todo el territorio es imposible de abarcar en un solo viaje, nos centraremos en el extremo norte mesopotámico, concretamente en el espacio turco y en sus tres ciudades más relevantes.

Diyarbakir, la que en un momento de la historia fue la más importante urbe de Mesopotamia y capital económica y militar del antiguo reino de los hurritas, se presenta vibrante y amable. Recorrerla es ir saltando de sorpresa en sorpresa, pues su patrimonio monumental, caracterizado por el tono negro de la piedra basáltica que sustenta estás legendarias tierras, nos lleva a serenas mezquitas e iglesias, a palacios y museos y a recoletas calles de su casco antiguo.

Entre calles recoletas en la que la vida fluye a borbotones sobresale la Gran Mezquita de Diyarbakır con capacidad para cinco mil fieles. Mandada construir en el s. XI por el sultán selyúcida Malik-Shah I sobre otra más antigua, el conjunto está considerado como el quinto más sagrado del Islam, albergando hasta cuatro tradiciones islámicas diferentes y emula en diseño a la mezquita omeya de Damasco, pero con una seña de identidad propia: el color negro de la piedra basáltica con la que está construida. Con el paso de los siglos y de los diferentes pueblos que dominaron la ciudad, la mezquita no quedo ajena a estos hechos y aun conserva algunas muestras que lo atestiguan como las espolias bizantinas que incluyen tallas griegas, por ejemplo. El dominio otomano dejó huellas muy visibles como el minarete o la fuente del patio central, sin olvidar la piedra central de la pared de la “gibla. La Gran Mezquita de Diyarbakır se transformó en su cara actual con las restauraciones hechas por Solimán el Magnífico.

Gran Mezquita de Diyarbakir

Dejamos atrás la Gran Mezquita para adentrarnos por el laberinto de calles estrechas del casco antiguo en el que aún se observan las huellas del pasado convulso más reciente hasta llegar a la Cemil Pasha Mansion, el enorme conjunto palaciego construido a finales del s. XIX. En consonancia con los gustos de las clases sociales más pujantes, la mansión se distribuye entre grandes patios, las estancias del harén y otras reservadas para los hombres. En un futuro próximo pasará a ser el museo de la ciudad tras finalizar el profundo proceso de restauración al que se está sometiendo en la actualidad.

La Mezquita Behram Pasha es un claro ejemplo de la presencia otomana en la ciudad. Mandada construir en el s. XVI por el gobernador general Behram Pasha. En el exterior destaca la fuente octogonal que se alinea con el portal central de la fachada norte, mientras que el techo piramidal de la fuente está sostenido por columnas compuestas en blanco y negro con secciones centrales trenzadas. La mezquita en sí tiene la forma de un cubo abovedado sin capas, asentándose la cúpula sobre un tambor de dieciséis lados con ventanas en cada uno de ellos. El interior resulta especialmente interesante por la cúpula de 15,9 metros de diámetro que se eleva sobre ocho arcos apuntados. Los dados de la sala de oración están decorados con grandes azulejos cuadrados policromados bajo vidriado. Se cree que los azulejos se produjeron localmente en Diyarbakır.

El diseño de la mezquita ha sido elogiado por historiadores de la arquitectura como Godfrey Goodwin quien escribió en 1971: «Es, de hecho, el príncipe de las mezquitas provinciales, tan espléndido en su decoración como en sus proporciones dentro de los límites del severo estilo local«.

Nos adentramos por el corazón comerciante de la ciudad, donde la vida late a ritmo frenético en unas calles variopintas llenas de sorpresas y coloridos comercios, en las que nunca faltan encantadores rincones en los que saborear un té en alguno de los animados cafés.

Muy cerca el Minarete de los Cuatro Pies sorprende especialmente por su esbeltez y el negro intenso del basalto con el que está construido. La creencia popular dice que al pasar siete veces entre las cuatro columnas se tiene garantiza la buena suerte.

Minarete de los Cuatro Pies. Diyarbakir

Otro hito muy interesante del patrimonio de Diyarbakir es la iglesia ortodoxa siríaca de Santa María. Su origen se remonta al s. I a. C. cuando era un templo pagano, aunque su apariencia actual está fechada en el s. III de nuestra era. Bajo la imponente cúpula de su interior se custodian, además de importantes manuscritos, las reliquias del apóstol Tomás y de San Jacobo de Sarug.

Las murallas de Diyarbakır, hoy Patrimonio de la Humanidad, son la estructura defensiva más larga que se mantiene en pie después de la Gran Muralla China. Con una longitud de cinco mil ochocientos metros, doce metros de altura y cinco metros de anchura, al espacio de intramuros se accede por cuatro puertas principales situadas en las esquinas. Recorrerlas es posible y hacerlo al atardecer le aporta una luz mágica que engrandece su imponente estampa, al tiempo que permite disfrutar del paisaje infinito que rodera la ciudad.

Un paseo por la muralla de Diyarbakir

En este protegido marco se encuentra el recinto que antiguamente ocupó el castillo, siendo hoy un agradable espacio ajardinado que muchas parejas de recién casados utilizan para inmortalizar el día de su boda, pero que también es compartido por el Museo Arqueológico en el que se recoge la historia de los últimos diez mil años en estas tierras.

Muy cerca, los restos de la Iglesia apostólica armenia de San Jorge nos traslada a momentos históricos esplendorosos y también convulsos, pero sin duda alguna se trata de un legado cultural de un pasado importante de la ciudad. Construida en 1518, su magnífico campanario fue destruido en 1915, poco antes de la caída del Imperio Otomano. Posteriormente fue usada en la Primera Guerra Mundial como base del ejército alemán. En 1960, finalmente fue entregada a la comunidad armenia y tras un enorme proyecto de restauración, la iglesia de San Jorge se ha convertido de nuevo en la mayor iglesia armenia de Oriente Medio.

Dirigimos nuestros pasos hacia el extrarradio de la ciudad, concretamente hasta orillas del legendario río Tigris, cuyas márgenes están comunicadas por el puente de los Diez Ojos. Se entiende por la inscripción cúfica florida de dos líneas en la fachada sur, entre los arcos y la balaustrada, que fue construido por un arquitecto llamado Ubeyd en 1064 durante el reinado de Nizâmüddevle Nasr del Mervânoğulları. Sin embargo, los investigadores están de acuerdo en que ésta, es una inscripción de reparación, por lo que cobra fuerza la teoría de que la construcción se realizó en una fecha mucho anterior.

Navegando por el río Tigris

No muy lejos de la ciudad los restos del castillo de Zerzevan, la fortaleza romana que defendía la frontera oriental del Imperio, se alza imponente sobre la montaña, armonizando páginas de la historia y la avanzada tecnología de los muchos telescopios que miran al cielo asentados entre restos arqueológicos. Además de la importancia histórica del paraje, su magnífica situación geográfica y unos cielos libres de toda contaminación han colocado al enclave en el mapa de los mejores lugares del mundo para la observación de estrellas y de estudio del firmamento.

Continuamos nuestro viaje por la interesante Mesopotamia turca siguiendo el serpenteante discurrir del río Tigris hasta llegar al castillo asirio de Egil construido en el s. V a. C. Desafiante sobre los acantilados que dan al río lo hacían casi inexpugnable y el complejo entramado de túneles excavados en la roca le permitían mantener el suministro de agua y de almacenaje de alimentos para resistir cualquier asedio. Se dice que uno de los seguidores de Jesús llegó a esta iglesia en el siglo I, haciendo de Egil un centro de obispos y construyendo uno de los monasterios más grandes del Medio Oriente.

Horizontes infinitos

Nuestro viaje prosigue hacia el sur de Anatolia, hasta al límite fronterizo con Siria. Allí nos espera Dara, la que fue una importante ciudad fortaleza del Imperio romano de Oriente en el norte de Mesopotamia mandada construir por el emperador Anastasio I, en la frontera con el Imperio sasánida. Debido a su gran importancia estratégica, ocupó un lugar destacado en los conflictos romano-persas del siglo VI, con la famosa Batalla de Dara que tuvo lugar ante sus muros en el año 530 d. C. El emperador bizantino Justiniano I acometió importantes mejoras defensivas y de infraestructuras, llegando a desviar el cauce del río Cordes que pasó a discurrir por el centro de la ciudad, garantizando así el suministro de agua.

Dara, siempre en la frontera, siempre en la inestabilidad, siempre dependiente de un agua que supieron almacenar en gigantescas cisternas de bóveda, o, aún más espectaculares aún, en catedralicios aljibes subterráneos, sólo comparables a los de Constantinopla. Hoy se antoja como un bellísimo enclave arqueológico de caprichosas formas y viviendas excavadas en la roca. Todo un magnífico ejemplo de hábitat troglodita que escribe su historia en piedra.

Ciudad romana de Dara

No muy lejos de aquí, en medio de un paisaje que invita a la ensoñación de todos los acontecimientos que han vivido estas tierras, el monasterio ortodoxo siriano de Deyrulzafaran sorprende por su simbolismo y monumentalidad. Originalmente fue un templo dedicado a la adoración del sol, aunque más tarde se utilizó como ciudadela por los romanos. Fundado en el siglo V o VI, fue refundado en el 793 como sede del obispado de Mardin. Posteriormente fue la sede del Patriarcado de la Iglesia ortodoxa siria entre 1293 y 1924, albergando las tumbas de cincuenta y dos patriarcas de la Iglesia Ortodoxa Autocéfala Siríaca Oriental. Llaman poderosamente la atención sus dos iglesias: la Capilla de Santa María y la Iglesia de San Ananías, construida por los arquitectos sirios Teodosio y Teodoro entre 491 y 518, sin olvidar la exquisita amabilidad de los monjes que lo habitan.

De camino a Mardín no podemos resistirnos a la curiosidad de pasear la madrasa de Kasimiye. Mandada construir en el s. XIV por el sultán Al-Zahir Majd al-Din de la dinastía Artuqid, gobernantes de un beylik de Anatolia. Sin embargo, murió en una batalla contra Karakoyunlu en 1407, antes de que el edificio estuviera completamente construido. La construcción se reanudó después de que la ciudad cayera en manos de los turcomanos de Akkoyunlu, siendo terminada en 1445. La entrada a través de un portal bellamente ornamentado es desde el sur, dando paso a un patio con piscina. La fuente de agua es un embudo en la pared que representa el nacimiento. El agua de la piscina drena a través de una rendija estrecha que representa la muerte y el “sirat” que, en la creencia islámica, es un estrecho puente sobre el infierno que conduce al paraíso. Las aulas rodean la piscina y sus puertas se mantienen deliberadamente bajas para garantizar que los estudiantes se inclinen reverentemente ante sus maestros al entrar.

Mardin es, sin duda alguna, una de las paradas más hermosas y sugerentes del sureste de Turquía, a pocos kilómetros de la frontera con Siria. De casitas color tierra, laberíntico trazado, ambiente muy tradicional, acogedor y animado, además de algunos de los rincones más épicos de la Mesopotamia turca. Recorrer sus antiguos bazares, visitar la Gran Mezquita, la antigua oficina de Correos o disfrutar de las panorámicas de las increíbles llanuras que se pierden ya en territorio sirio hace de la experiencia algo inolvidable, llegando al romanticismo de los grandes viajeros de la historia, sobre todo con la mágica luz del atardecer.

Completamos periplo de este interesante y pedagógico viaje por la Mesopotamia turca en Hasankeyf a orillas del simbólico río Tigris. Este importante yacimiento arqueológico se presenta como evidencia viva de las múltiples facetas culturales de los árabes, los selyúcidas, mongoles y otomanos que aquí se asentaron, albergando una gran cantidad de magníficos testimonios del pasado, muchos de los cuales se custodian en el moderno museo arqueológico. Durante su época dorada, Hasankeyf fue la capital de la Seljucks Artuklu. Una gran fortaleza con estructuras de piedra caliza fue construida durante aquel tiempo y sus restos son un espectáculo digno de admiración. Otros puntos de importancia en Hasankeyf son el Puente Ancho sobre el río Tigris, la Mezquita Ulu, el Puente de Cizre, la Mezquita de Carsi, las Tumbas de Veysel Karani, Zeynel Bey y de Koc Eyyubi, la Mezquita Rizk y la Mezquita Koc. La mayoría de estas representaciones históricas son símbolos de los gustos arquitectónicos y estéticos de las civilizaciones florecientes.

Bonito rincón en Hasankeyf

Los romanos construyeron aquí la Fortaleza de Cephe, convirtiéndose en la fortaleza de Kiphas durante el imperio bizantino, siendo conquistada por los árabes en el año 640 a. C. y rebautizada como Hisn Kay. Sucesivamente, en el siglo XII, la ciudad fue capturada por los Artúquidas, volviendo a revivir su edad de oro. Los artúquidas construyeron el viejo puente del Tigris, el Pequeño Palacio y el Gran Palacio. Sus potentes infraestructuras, la ubicación y la importancia de la ciudad ayudó a incrementar el comercio, razones por las cuales Hasankeyf se convirtió en un punto de parada en la Ruta de la Seda. En 1232, los ayúbidas, descendientes de Saladino, capturaron la ciudad y construyeron un gran número de mezquitas haciendo que Hasankeyf se convirtiera en un centro islámico importante. Tras el ascenso otomano establecido por Solimán I el Magnífico en el siglo XVI, la ciudad pasó a formar parte del Imperio otomano en 1515.

Tumba de Zeynel Bey. Yacimiento Arqueológico de Hasankeyf

Aquí termina un viaje que ha cambiado aquel concepto histórico que teníamos de Mesopotamia, pues le hemos puesto caras, nombres, formas, olores y sabores. Todas estas sensaciones magnifican exponencialmente la importancia que culturalmente ya teníamos, entendiendo mucho mejor el papel que esta tierra jugó en la historia universal.

 

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Texto: José Manuel Gutiérrez
Fotografías: José Manuel Gutiérrez / Cardinalia Comunicación