CAMINO A VADINIA

Un nuevo reencuentro

Texto: José Manuel Gutiérrez
Fotografías: Javier Gutiérrez / Cardinalia Comunicación

“…La tierra es nuestra madre. Lo que afecte a la tierra, afectará también a los hijos de la tierra. Si los hombres escupen a la tierra, se escupen a sí mismos. Porque nosotros sabemos esto: la tierra no pertenece al hombre, sino el hombre a la tierra. Todo está relacionado como la sangre que une a una familia. El hombre no creó el tejido de la vida, sino que simplemente es una fibra de él. Lo que hagáis a ese tejido, os lo hacéis a vosotros mismos…”.

Así reza un párrafo del mensaje que el jefe indio Seattle hizo llegar al entonces presidente de los EE. UU., Franklin Pierce en 1854, cuando pretendían comprar a los indígenas los territorios en los que habitaban. 

Esta carta, distribuida a menudo por la ONU por considerarse como uno de los más bellos y profundos pronunciamientos hechos sobre la defensa del territorio, puede que os extrañe que la utilice para empezar un reportaje con tintes moteros.

Puede que ahí esté la diferencia, pues mi lado de motero irremediable siempre busca en cada ruta la esencia que le da un sentido, más allá del simple hecho de curvear y esto es lo que me ha traído a este rincón leonés. En él la naturaleza ha permitido al hombre integrarse para escribir parte de la historia, para desarrollar modos de vida y para dejarnos un legado cultural sorprendente.

Río Esla

Amanecía un día soleado del verano pasado cuando recordé un pedazo de mi tierra leonesa que he pisado muchas veces, pero siempre con la presión y las prisas del trabajo, dejándome en un segundo plano el deseo de escuchar sus silencios, de observar pausadamente la ensoñación de una luz que cambia a lo largo del día y de cómo, a medida que ruedo hacia el norte, el libro de la historia me va mostrando las huellas de quienes caminaron esta arteria de vida cristalina.

Sin más, me dispuse a recorrer en sentido inverso el valle del río Esla, el mítico Astura citado ya por historiadores romanos como Floro en el siglo III. Un viaje a través de la herencia de más de dos mil años por un paisaje cambiante que me llevaría al corazón del enigmático territorio vadiniense.

Siguiendo los ecos de un viejo reino

Las orillas del río Esla son el hilo conductor de un viaje a contracorriente que enlaza un bello reguero de monasterios medievales con el devoto silencio de sus piedras, yacimientos arqueológicos, bosques de ribera y pueblos tranquilos por una ruta muy intensa en sorpresas.

El principal afluente del Duero en su generosidad irriga una tierra fértil como pocas. Al recorrer el camino hasta su confluencia con el Porma, entre espléndidos campos de labor, se entienden las razones por las que los reyes leoneses fijaron la mirada en estas tierras fronterizas repobladas en el alto medievo para la fundación de monasterios como centros de control territorial, espiritual y cultural.

Así, este curso medio del Esla se convirtió en un crisol donde se mezcló la tradición visigoda, el arte mozárabe de repoblación y más tarde el románico con la llegada de monjes cluniacenses en el siglo XI.

En medio de esa paz que solamente se percibe en los lugares que emiten buenas vibraciones, se resisten al olvido los restos del monasterio de Santa María de Sandoval. Cisterciense del siglo XII, constituyó un importante centro de poder gracias a un patrimonio que fue creciendo por las sucesivas donaciones que recibió de la nobleza leonesa, incluida la emblemática reina Doña Urraca, cuya memoria e importancia se está poniendo en valor este año en la ciudad de León con motivo del noveno centenario de su muerte con una completa agenda de actividades.

A pesar del estado de ruina que diferentes actuaciones intentan contener, pasear entre sus muros y algunas de las estancias que se conservan en pie es un ejercicio sensorial que facilita el imaginarnos como era la vida hace siglos. Además de los muros exteriores en los que se abren varias puertas románicas, las partes mejor conservadas son la iglesia donde aún se siguen celebrando actos litúrgicos y el claustro neoclásico del siglo XVII.

El monasterio estuvo habitado hasta 1835, momento en que fue abandonado por efecto de la desamortización de Mendizábal. Con ella llegó la ruina, el espolio y el deterioro extremo que casi supuso su desaparición. Afortunadamente se consiguió parar y hoy sigue siendo un hito en la historia leonesa y en el Camino de Santiago.

Bajo una serena luz de una mañana de verano y con el frescor de una tierra bien regada que invita a llevar el casco abierto, el ronroneo de la GS rompe el silencio de la campiña con la mirada puesta en el altozano que rompe el cercano horizonte.

A medida que me acerco a él me siento observado por aquello que parecen ser los ojos del montículo, pero no, se tratan de las Cuevas Menudas de Villasabariego.

Antiguamente se sostenía que eran neolíticas, pero estudios más recientes han determinado que trata de unos antiguos eremitorios altomedievales datados entre los siglos IX y X de nuestra era. Una cómoda pasarela permite, además de disfrutar de unas espléndidas vistas de la campiña formada por los ríos Esla y Porma, acceder a las diferentes cavidades excavadas en la roca arenisca. La mayor parte de ellas serían estancias de pequeñas dimensiones a modo de habitaciones de los monjes y en muchas de ellas se aprecian grabados de cruces latinas, salvo una de cruz patada con los extremos ensanchados que se interpreta como propio de un espacio litúrgico.

Cuevas Menudas. Villasabariego

A poco más de un kilómetro por una pista de tierra que hace las delicias de los amantes del Trail, el yacimiento arqueológico de la ciudad astur-romana de Lancia abre un capítulo muy importante de la provincia de León. La que fuera considerada por fuentes clásicas como Plinio el Viejo o Ptolomeo, entre otros, como “la más importante ciudad de los astures,” plantó una dura resistencia a los romanos hasta que cayó fruto de una traición, en plenas Guerras Cántabras, en poder del general Publio Carisio en el año 25 a.C. De las treinta hectáreas que ocupaba la ciudad, tan sólo hay una pequeña parte excavada en campañas impulsadas por la Diputación de León y gran parte de los hallazgos se exponen en el Museo de León, por lo que la emblemática ciudad seguirá siendo una fuente inagotable de conocimiento.

De nuevo en carretera atravieso pequeños pueblos de clara actividad agrícola en los que aún se percibe vida hasta Santa Olaja de Eslonza. Me asalta la duda de parar o no parar, pero un café de media mañana a veces resulta clarificador.

En esta pequeña localidad se mantienen milagrosamente algunos restos del que fue el segundo monasterio más grande de la provincia. Fundado en el 912, el monasterio benedictino de San Pedro de Eslonza tuvo vida hasta 1835, fue arrasado por Almanzor en el 988 y restaurado por Doña Urraca en 1099, dándole su antiguo esplendor. Aunque hoy apenas se conservan unos muros y sus obras repartidas, como la portada que hoy puede verse íntegra en la iglesia de San Pedro de Renueva en León, decido hacerle una visita, aunque solamente sea por respeto a lo que un día fue.

Vuelvo a la carretera por un trazado tranquilo y divertido que comunica los pueblos ribereños. De pronto, tras una curva en bajada en la que hay que prestar mucha atención a las irregularidades del asfalto, en solitario y mirando hacia la vega del Esla se alza una de las joyas monumentales de la provincia. La iglesia de San Miguel de Escalada es lo que queda del monasterio homónimo construido en el siglo X.

Más allá de lo sorprendente que resulta encontrar en estas latitudes un estilo arquitectónico más propio del sur de España, la razón es que fue construida por un grupo de monjes cordobeses que acompañaron en el 913 al abad Alfonso huyendo de las revueltas anticristianas. Curiosidades históricas aparte, deambular por el templo invita a detenerse ante las columnas que de abajo hacia arriba condensan mil años de historia escrita en piedra, pues las columnas de mármol son romanas traídas de la cercana ciudad astur-romana de Lancia, los capiteles son visigóticos y los arcos de herradura son de clara influencia musulmana.

Aquí se gestó la edición del Beato de San Miguel de Escalada, en el que se copió el Comentario al Libro del Apocalipsis del Beato de Liébana. Actualmente el original se encuentra en la biblioteca Morgan de Nueva York, pero en el cercano monasterio de Santa María de Gradefes se conserva una edición facsímil magistralmente realizada.

Iglesia de San Miguel de Escalada

Es precisamente hacia este último donde me dirijo por una divertidísima carretera de curvas, con poco tráfico y un asfaltado aceptable, pero antes de llegar quiero satisfacer mi curiosidad con un modesto hito que no conocía. La pequeña aldea de Rueda de Almirante, cuyo nombre evoca un pasado más esplendoroso, guarda una sorpresa en forma de fuente romana de la cual sigue manando agua, la única que se conserva por esta parte de la provincia.

Como si de un cortejo de frailes se tratara, ya que vengo saltando de monasterio en monasterio, tomo una carretera flanqueada por un rosario de enormes árboles que refrescan el ambiente, recreando un juego de luces y sombras que invitan a exprimir un poco el motor de la GS.

En ruta entre San Miguel de Escalada y Gradefes

Dentro de lo pequeños que son los pueblos por aquí, Gradefes es uno de los que más vida tiene durante todo el año, lo cual no impide detenerse y observar el pausado ritmo cotidiano. Tal vez tenga que ver con la influencia del monasterio de Santa María la Real situado dentro del casco urbano.

Construido en el siglo XII en estilo románico, como bien corresponde a los gustos cistercienses, desde sus orígenes ha sido femenino y es el único habitado en la actualidad por esos rincones leoneses. Pese a su condición de clausura es visitable en parte y una vez dentro, la serenidad del ambiente entra por los poros de la piel que llegan dilatados dentro del traje de cordura.

Su estado de conservación es magnífico y merece la pena disfrutarlo admirando la girola que recorre el ábside y sus pequeños altares, algo único en España en un monasterio femenino. A través de la rejería del coro se puede admirar una magnifica talla del maestro Gregorio Fernández y sobre el altar mayor, una muy buena réplica de la virgen gótica del siglo XIII, cuyo original se encuentra en la zona de clausura. Llamando a un timbre se puede visitar la sala capitular, otro bello ejemplo de arquitectura románica.

Facsímil del Beato de San Miguel de Escalada. Monasterio de Santa María la Real de Gradefes

Dejo atrás el hilo conductor de los monasterios del valle del Esla como silenciosos testimonios de un importante pasado del Reino de León y como el calor aprieta un poco, decido pasar a la otra margen del río a refrescarme en la sugerente playa fluvial de Sahechores de Rueda, un remanso que invita a escuchar el fluir del río o de las muchas actividades para las que está acondicionado.

El territorio vadiniense

Llego al final de lo que se ha venido a denominar la ruta de los monasterios, pues son los hitos que me han traído hasta aquí siguiendo una senda ancestral presuntamente romana. Un itinerario que en los últimos tiempos también ha acuñado el nombre de Camino Vadiniense como ruta de peregrinación.

Pues bien, según algunas fuentes académicas de absoluta confianza que he consultado no hay ninguna prueba documental en la que argumentar que este itinerario fuese una calzada romana secundaria, ni que fuese una vía de peregrinación que uniese el Camino de la Costa en Cantabria con el Camino Francés en la leonesa localidad de Mansilla de las Mulas, pues esto supondría el superar la Cordillera Cantábrica siguiendo un itinerario muy duro.

Que algún peregrino hiciese este camino, es probable. Que las legiones romanas lo utilizasen en su asedio a las tribus cántabras, también es probable, pero lo que es incuestionable es que esta ruta ya existía mucho antes, pues suponía la vía natural de comunicación del pueblo vadiniense con la meseta.

¿Quién era Vadinia? Fue una tribu cántabra de origen céltico que habitó el valle de Liébana en Cantabria, la comarca asturiana de Cangas de Onís y el noreste de la provincia de León que es donde más vestigios han aparecido, sobre todo de lápidas vadinienses y hacía allí encamino mi ruta.

Me dejo guiar por las nuevas señales jacobeas por una carretera provincial de la que la Diputación parece haberse olvidado, pues en algunos momentos pensé que mi BMW se iba a desmontar. Aun así, ha merecido la pena, pues el paisaje es realmente atractivo al formar un escenario de transición entre una submeseta más árida a mi izquierda y el vergel húmedo y fértil por el que circulo.

Atravieso el puente medieval de Modino y sigo en dirección norte hasta atravesar la población de Cistierna, verdadero centro neurálgico de la montaña oriental leonesa. Un poco más adelante me desvío unos kilómetros para visitar el Museo de la Siderurgia y la Minería de Sabero. Mi interés en él, más allá de conservar una hermosa estela vadiniense, es que constituye un referente de la cultura minera que durante varios siglos determinó el modo de vida de este rincón montañés.

Si interesante es el contenido, no lo es menos el continente. Esta antigua ferrería del siglo XIX obra del ingeniero francés Philipe Paret es una enorme construcción de ladrillo de estilo neogótico que ofrece una mirada de amplio espectro de la historia minera en el valle de Sabero.

Ahora sí voy directo al corazón del territorio vadiniense con la imponente silueta de Picos de Europa recortando todo horizonte posible.

Museo de la Siderurgia y la Mineria de Sabero

Es ahí, circulando despacio y dejando que el ronroneo a bajas revoluciones del motor bicilíndrico suene como una melodía, cuando siento que hay ocasiones en que la naturaleza obsequia al hombre con lugares donde el paisaje y la historia parecen destinados a su goce personal, enclaves en lo que todo parece hacer referencia a otro tiempo y donde las sensaciones se mezclan con la tierra para proporcionarle su verdadera identidad. Son lugares especiales, únicos, diferentes, que invitan a observarlos en detalle.

La montaña cortada a un lado para hacer sitio a una carretera serpenteante con un Esla cada vez más bravo a la derecha como compañero de viaje y en el pueblo de Crémenes, de pronto, un indicador de dirección: calzada romana.

Ya había oído hablar de ella y aunque los expertos justifican que no es romana, sino medieval, pues los ingenieros imperiales jamás proyectaban vías con más de un 3% de desnivel y ésta lo tiene. Romana o no, merece la pena detener la moto y recorrerla a pie con la luz de la tarde iluminando el valle, siendo objeto de la mirada de alguna de las rapaces en un cielo de azul infinito e imaginando las penurias, los deseos y las razones de tantos como la recorrieron a lo largo de los siglos.

Subida al camino medieval en Crémenes

Metro a metro, por una carretera que cada vez se antoja más divertida, de pronto se abre un mar entre las montañas. La inmensidad del Embalse de Riaño, allí donde algunos recodos se merecen el nombre de “fiordos leoneses” se antoja como un escenario casi irreal presidido por el nuevo pueblo de Riaño con su iglesia románica trasladada piedra a piedra del fondo del valle para salvarla de las aguas. Sigo en territorio vadiniense, pero a partir de aquí se abre la puerta a la Tierras de la Reina, una comarca histórica que porta el nombre desde que la reina Doña Berenguela de Castilla recibiera estas tierras en el siglo XIII.

Entre hermosos pueblos de piedra y madera que han sabido adaptarse a las duras condiciones climáticas propias de la alta montaña, pervive un modo de vida muy ligado a la ganadería en medio de un ecosistema excepcional. Los robledales albares crecen sobre las areniscas y cuarcitas, y suelen acompañarse por serbales, acebos, piornos y manzanos silvestres. Los encinares, muy resistentes a las duras condiciones del suelo, junto con el sabinar albar, participan de la riqueza del entorno, conformando los extraordinarios parajes en los que los pinares se convierten en protagonistas de excepción.

Atravesando el Embalse de Riaño de camino a Cantabria

En Portilla de la Reina se me abren dos posibilidades, así que elijo las dos ante la difícil elección. Giro a la izquierda en dirección a Santa Marina de Valdeón por una estrecha carretera en la que la recta más larga no es de más de trescientos metros con un firme muy parcheado, pero en un entorno de gran belleza a pesar de la deforestación de algunos tramos para destinar la tierra a los pastos.

Entretenida carretera que nos lleva al Puerto de Pandetrave

El recorrido termina en el Puerto de Pandetrave, pues a partir de ahí el viejo camino ya sólo está habilitado para labores ganaderas, por lo que está prohibida la circulación. No hay que olvidar que estoy ya en pleno Parque Nacional de Picos de Europa. La pista de tierra conecta por la localidad cántabra de Fuente Dé a través del macizo central del Parque.

Vistas desde el Puerto de Pandetrave

Vuelvo sobre mis pasos y de nuevo en Portilla de la Reina giro a la izquierda. La carretera se hace cada vez más estrecha, pero más y más hermosa hasta coronar el Puerto de San Glorio por encima de los mil seiscientos metros de altitud.

Al cruzar el límite de provincia parece que he cambiado de país. La carretera es ancha y el asfalto impecable, por lo que no me extraña la cantidad de motos con las que me voy cruzando. En la bajada hay varios lugares de parada en los que se abren impresionantes vistas del valle de Liébana, algo que me hace entender mejor la dura resistencia que plantaron las tribus cántabras, vadinienses incluidos, a la invasión romana, hasta el punto de que el propio emperador César Augusto se vio obligado a venir para terminar la campaña.

Famosa estatua del rebeco en el puerto de San Glorio

Mi ruta termina en Potes, pero antes es imprescindible hacer una parada en el monasterio de Santo Toribio de Liébana y no por una cuestión religiosa, sino por la importancia cultural del propio cenobio. Fundado en el siglo VI, es el segundo centro de peregrinación más importante de España después de Santiago de Compostela, pues custodia el “Lignum Crucis”, el fragmento más grande conocido de la Cruz de Cristo según cuenta la tradición.

De sorpresa en sorpresa he llegado a Potes, final de este personal viaje. La capital de la comarca de Liébana a orillas de los ríos Deva y Quiviesa y a los pies de la cara norte de Picos de Europa, también conocida como la villa de los puentes y de las torres, remonta sus orígenes a mediados del siglo IX. Su casco antiguo es un entramado de callejuelas salpicadas de caserones que le impregnan de un encanto especial, destacando sobre el resto la torre del Infantado y la de Orejón de Lama, ambas del siglo XV.

Potes, la villa de los puentes y de las torres

Apago el motor de mi GS pensando en el camino recorrido y si bien la ubicación de la ciudad de Vadinia, capital del pueblo vadiniense según los escritos clásicos, sigue siendo un misterio, lo que no me deja absolutamente ninguna duda es que esta tierra tiene una magia especial, un magnetismo más cercano al realismo mágico que a lo tangible pero que siempre te deja las ganas de volver.

Haz click en la imagen y visita nuestra edición clásica
Texto: José Manuel Gutiérrez
Fotografías: Javier Gutiérrez / Cardinalia Comunicación