Aunque es menos conocida que otros territorios europeos, se podría decir que esta región de Bélgica es el secreto mejor guardado de Europa. Y razones no le faltan. En su territorio encontramos con joyas sorprendentes, como castillos, palacios medievales y barrocos y patrimonio industrial.
También, ciudades como Mons y Lieja, donde se mezcla la belleza monumental con una arraigada cultura cervecera y gastronómica, y pueblos con encanto donde las tradiciones siguen muy vivas. Sin olvidar el río Mosa y los canales adyacentes, que atraviesan todo el país, ofreciendo unos paisajes y naturaleza ideales para practicar senderismo o cicloturismo.
Pero si hay algo de lo que los valones están orgullosos es de su patrimonio industrial, perfectamente conservado, referido sobre todo a la extracción de la hulla. Valonia fue uno de los primeros territorios industrializados de Europa desde finales del siglo XVIII. Fue una industrialización muy precoz, punta de lanza de la economía valona, que tuvo su mayor auge desde la primera mitad del siglo XIX hasta la segunda mitad del siglo XX. Valonia en general y ciudades como Lieja, Charleroi o Mons se transformaron profundamente gracias a este desarrollo económico, viendo surgir en sus tierras un nuevo paisaje arquitectónico, el de las fábricas, minas, canales y de la producción de vidrio, con asentamientos obreros y mucha emigración de trabajadores desde distintos puntos de Europa, que contribuyeron a construir una identidad social compleja, diversa y profundamente vinculada al mundo industrial.
Mons: escenario del combate entre San Jorge y el dragón
La mejor manera de visitar Valonia es llegar primero a la ciudad de Mons. Una ciudad de tamaño medio con muchas calles peatonales y edificios majestuosos que hacen de ella un lugar muy agradable. No es de extrañar que fuera Capital Europea de la Cultura en 2015.
Durante los siglos XVI y XVII, Mons mantuvo una intensa relación con España, al formar parte de los Países Bajos bajo dominio de la monarquía hispánica, etapa que dejó huellas culturales, militares y arquitectónicas. Como prueba de ello, en la Grand Place, a la izquierda del Ayuntamiento, se ve en una casa con los gabletes en escalera el busto del rey Felipe IV de España. Es, desde luego, la Grand Place una de las plazas más bonitas de Europa. La preside el Ayuntamiento del siglo XV, un edificio gótico-civil de lo más interesante, sin olvidar a los demás que le rodean, con fachadas que presentan los diversos periodos arquitectónicos de la ciudad a lo largo de los siglos.
Con el buen tiempo, la plaza se llena de gente en sus bares y restaurantes, donde se puede disfrutar de la gastronomía valona con unas vistas insuperables. Detrás del Ayuntamiento se halla el antiguo Monte de Piedad, que alberga varios museos, siendo el más entrañable para los monteses el museo del “Doudou”. Todo un símbolo de la ciudad ancestral, que se escenifica a principios de junio durante las fiestas de la Ducasse, para celebrar la procesión del Carro de Oro (Car d’Or), un carro barroco que lleva las reliquias de Santa Waudru, patrona de la ciudad, y el combate llamado Lumeçon, un enfrentamiento ritual entre San Jorge y el Dragón (Doudou) que reúne a miles de visitantes justamente en la Grand Place.
La torre-campanario de Beffroi: Patrimonio de la UNESCO
Muy cerca se encuentran los escuetos restos del castillo. Aunque lo más destacable que hay en el recinto es el emblema de la ciudad, la torre-campanario de Beffroi, también conocida popularmente como el Catiau, que, con sus ochenta y siete metros de altura, es la única atalaya barroca de Bélgica. Bajando por la rue de Clercs, se encuentra la colegiata de estilo gótico-brabantino de Sainte-Waudru y sus reliquias. Una imponente iglesia donde se encuentra precisamente el Carro de Oro, que el domingo de la Trinidad se saca en procesión acompañado de músicos, estandartes, etc., que enfilan hacia la Gran Plaza en la fiesta de Ducasse. Una fiesta que ha sido declarada Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad.
Justo enfrente de la colegiata, un recoleto parque está presidido por una estatua plateada llamada “Lucía y las mariposas”, que es una de las esculturas más instagrameables de la zona.
Para saborear mejor la ciudad, hay que pasear tranquilamente por sus calles recoletas, donde encontraremos desde viviendas de estructura gótica construidas de piedra hasta numerosas casas con pinturas en sus paredes, gracias a una iniciativa del Ayuntamiento que promociona acciones de arte urbano a través de una ruta que llaman “L’art habite la Ville”. También en la peatonal calle de la Rue des Fripiers, con restaurantes y numerosas tiendas, pisaremos adoquines pintados de diferentes colores que le dan un aire muy cool a la calle. Muy cerca de aquí está el Restaurante “Boule de Bleu”, especializado en ensaladas originales, productos ecológicos y postres caseros, con la suerte de que hablan español.
El Grand-Hornu: la ciudad obrera
El Grand-Hornu, enclavada en la región del Borinage, es una de las cuatro joyas que integran este lugar cultural, que pasan por ser de las más importantes del patrimonio industrial europeo. Fueron reconocidas por la Unesco como Patrimonio Cultural de la Humanidad. Como si de un maná se tratara, pero no venido del cielo, sino de la tierra, las minas se extienden desde el este hasta el oeste de Valonia, a lo largo de una franja de terreno de casi doscientos kilómetros de largo y entre tres y quince de ancho. Su descubrimiento hizo posible que las enormes necesidades energéticas de la industria pesada naciente, junto con la evolución técnica de la Revolución Industrial, acabaran convirtiendo la explotación hullera en una gran actividad industrial de primera índole.
El Grand-Hornu se convirtió entonces en un referente de cómo conciliar las necesidades de los miles de mineros con el trabajo duro que iban a prestar. Así, se construyó una miniciudad de cuatrocientas casas, para atraer y conservar la mano de obra mediante comodidades excepcionales. En medio de esta ciudad industrial, que se edificó en forma semicircular, con los talleres y oficinas alrededor de un gran patio de ciento cincuenta metros de largo y ochenta de ancho, una copia en pequeño del Circo Máximo Romano, que constituía así el centro neurálgico de una sociedad minera que explotó más de diez pozos para extraer un carbón graso muy apreciado en la época. Aunque el recinto se abandonó en 1953, los edificios ahora restaurados se han transformado en un importante polo cultural, albergando el MACS (Museo de Arte Contemporáneo) y el CID (Centro de Innovación y Diseño).
La cervecería más antigua de Valonia
Posiblemente no hay ningún lugar mejor para beber cerveza que Bélgica, y de eso Valonia sabe mucho. Hay de todos los tipos: trapenses, de abadías, la gueuze, las kriek, de fermentaciones altas y bajas, las lambic, las doradas, espumosas, negras, burbujeantes, ligeras, fuertes, amargas, de más o menos graduación, en fin, un rosario de posibilidades. Es por ello que la cultura cervecera belga ha sido reconocida por la Unesco como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, reflejo de un saber hacer único, que se puede descubrir en más de ochenta cervecerías en Valonia.
Entre ellas destacamos la cervecería Dubuisson, considerada la más antigua de Valonia, activa desde 1769 y testigo de más de doscientos cincuenta años de tradición cervecera. Su visita permite descubrir sus salas históricas, sus métodos de elaboración tradicionales y sus cervezas emblemáticas, como la Bush, creada en 1933 y convertida en un símbolo del patrimonio cervecero valón. La experiencia se completa con el Dubuisson Beerstorium, un museo interactivo que sumerge al visitante en la historia y el saber hacer de esta casa legendaria, con degustación de cerveza incluida.
El Bois-du-Luc. La epopeya minera
El Bois -du-Luc es otro de los conjuntos obreros e industriales mejor preservados de Europa. Este yacimiento, con las minas de carbón más antiguas de todo el continente europeo, es también Patrimonio de la Humanidad.
Junto a los edificios industriales, las casas obreras edificadas en apretadas filas y todas pintadas de amarillo, a lo largo de calles anchas, lineales y pavimentadas, forman un bello conjunto. El visitante además tendrá la suerte de poder ver el interior de una de ellas, con su propio jardín, lo suficientemente grande como para que instalaran un huerto, además de agua caliente, horno de pan, etc. Las escuelas, el hospital, el hospicio y la iglesia nos hacen ver cómo funcionaba una comunidad minera completa. Los edificios restaurados y un museo minero permiten comprender de manera clara la evolución de la industria, del trabajo y de la sociedad minera valona.
El Gran Canal du Centre. Una maravilla arquitectónica
Valonia es una región de ríos y de canales. Varios son los ríos que atraviesan sus llanuras y varios los canales que lo recorren. El más importante de ellos es el Canal du Centre, una maravilla de la ingeniería industrial que ha sido reconocida como Patrimonio Mundial de la Unesco. Este histórico Canal du Centre, con sus cuatro ascensores hidráulicos, fue construido entre 1882 y 1917 para llevar el carbón de las minas del Bois-Du-Luc. El canal de unos veinte kilómetros conecta dos ciudades y dos ríos: Mons con el río Escalda y La Louvière con el río Mosa. Con el paso del tiempo se quedó pequeño porque se necesitaban barcos más grandes que no podían pasar por las antiguas esclusas, por lo que se construyó otro canal para estos barcos en 2002, dejando el histórico para barcos de recreo y de turismo. Se construyó un gigantesco edificio-esclusa, con ciento diez metros de alto y ciento treinta y cinco de largo, siendo el ascensor de barcos más grande de Europa. Ver cómo un ascensor baja o sube el barco, con el desnivel de setenta y tres metros que tiene, es toda una experiencia que no se puede olvidar. Como colofón, se pueden hacer por todo el canal rutas senderistas y cicloturistas, todas magníficas y adaptables para todos los públicos.
Entre cerámicas y castillos
Muy cerca del canal está el Centro de Kéramis, uno de los grandes grupos cerámicos europeos del siglo XIX. La instalación de la fábrica en La Louvière no fue casual, ya que el lugar ofrecía acceso directo al canal de Charleroi y los yacimientos de carbón del Bois-du-Luc. La fábrica destacó por su innovación técnica, como la instalación del primer horno túnel de gas en Europa en 1904. En su museo dedicado a la cerámica y a la industria de la loza, se podrá ver, además de los tres antiguos y gigantescos hornos-botella, las colecciones históricas de la antigua manufactura Royal Boch y una colección inédita de cerámicas de los siglos XX y XXI.
Nuestro siguiente destino es el Castillo-Palacio de Seneffe. Construido a finales del siglo XVIII, es otro ejemplo más de la corriente neoclásica de la arquitectura de la Ilustración.
Al llegar, nos recibe un majestuoso parque declarado patrimonio excepcional. Tras pasar la verja, dos anchas galerías con columnas prolongan la fachada del cuerpo central del edificio. Su interior invita a descubrir cómo era la vida en este castillo-palacio en el siglo XVIII. El Palacio también tiene un Museo de la Orfebrería que alberga una de las colecciones de platería más importantes de Bélgica.
El Bois du Cazier: la gran catástrofe de 1956
El Bois du Cazier, cerca de Charleroi, es uno de los lugares más emblemáticos del patrimonio industrial de Valonia. Antiguo complejo minero es también parte del Patrimonio Mundial de la Unesco por su importancia histórica, técnica y humana. Nuestro guía, hijo de minero italiano, pero que habla un perfecto español, nos cuenta cómo fue el escenario de la catástrofe minera más mortífera de Bélgica, una explosión que en 1956 ocasionó la muerte de más de doscientos sesenta mineros, de ellos ciento cuarenta italianos. Durante la visita nos alegraba ver cómo cientos de niños de varios colegios correteaban de aquí allá en una gincana. Una prueba más de que estos complejos mineros son parte de la enseñanza para que las generaciones futuras comprendan y aprendan una historia que no deben olvidar.
Dos museos se encuentran en sus instalaciones restauradas. Uno es el de la Industria, que enseña las formas de extracción de la hulla y todo lo que acontece a la vida minera. El otro, el Museo de Cristal, que muestra cómo se hace el vidrio valón. Para comer nos dirigimos a La Cantine des Italiens, un restaurante junto al Canal du Centre histórico, y que fue construido para alojar a los obreros italianos que trabajaban en las industrias siderúrgicas y carboníferas de la Louvière en pleno auge industrial de la posguerra. Después de visitar el complejo, realizamos una pequeña marcha ascendiendo a un “terril”, un elemento típico del paisaje minero valón. El “terril” es una colina artificial formada por los residuos minerales extraídos durante la explotación del carbón. Curiosamente, estos montículos se han convertido en espacios naturales, viéndose desde su cima panorámicas únicas sobre el antiguo recinto minero, la ciudad de Charleroi y los alrededores.
Dejamos el recinto minero, pero no nos alejamos mucho para visitar el Museo de la Fotografía de Charleroi, ubicado en un antiguo convento carmelita neogótico en Mont-sur-Marchienne, que es posiblemente uno de los museos fotográficos más importantes de Europa. En su colección se reúnen obras históricas y contemporáneas que recorren la evolución de la fotografía desde sus inicios hasta el presente.
La Fabrica de Vidrio de Val Sain-Lambert
Nuestro siguiente destino es la ciudad de Lieja, pero antes hacemos una parada imprescindible en el Val Saint-Lambert, la fábrica de vidrio y cristal más famosa de Europa que este año celebra su doscientos aniversario. Fundada en 1826 en Seraing, todavía está en plena actividad. Las prestigiosas cristalerías de VSL se distinguieron a lo largo de los años por la calidad de su talla y la investigación de los colores sobre cristal doble y triple. Los vidrieros de VSL han dominado a la perfección el arte de doblar el cristal en capas de diferentes colores, permitiendo a los artistas la creación de formas por la talla, el grabado o el ácido. Y nada mejor que visitar la exposición que recorre estos dos siglos de creación y excelencia. Un ejemplo de ello es el Jarrón de las Nueve Provincias, con un peso de doscientos kilos, meticulosamente tallado y grabado; es una imponente obra maestra de finales del siglo XIX para la Exposición Universal de Amberes. Posteriormente, disfrutamos de una demostración en vivo de soplado de vidrio. El vidriero recoge con una caña-tubo largo y hueco la masilla del horno y sopla la pieza, colocando el tallo de la copa y luego el pie, última etapa del trabajo en caliente. La decoración, grabado, talla, etc, se realiza en frío. Y lo más curioso es que los tres vidrieros que lo hacen, dos varones y una mujer, son muy jóvenes, señal de que este trabajo tendrá su recompensa para que dure por lo menos otros doscientos años.
Lieja, una ciudad hermosa y dulce
Llegamos al final de este periplo visitando la bonita ciudad de Lieja y, para comenzar, nos acercamos a la plaza de Saint-Lambert, donde se encuentra el Palacio de los Príncipes Obispos. El actual Palacio de Justicia, es un imponente edificio de estilo renacentista con influencias góticas, pero muy remodelado. Desde aquí podemos ver la fuente de las Tres Gracias y encima la Picota, convertida en el emblema de la región de Lieja.
Paseando por la Rue Hors-Château, flanqueada por hermosos edificios de los siglos XVII y XVIII, que seguía las murallas de la ciudad, nos encontramos con uno de los sitios más fotografiados de la ciudad, la escalinata que sube a la Montagne de Bueren, una empinada escalera con trescientos setenta y cuatro escalones, que recompensan el esfuerzo con unas vistas de toda la ciudad.
Varias son las colegiatas-iglesias que existen en la ciudad, que indican la riqueza y la herencia de una ciudad gobernada por obispos y príncipes a través de los siglos. Pero hay un personaje nacido en Lieja que es el más conocido en el mundo, el gran escritor Simenon, uno de los autores más prolíficos del siglo XX. Creador del famoso comisario Maigret, sus libros han sido traducidos a numerosas lenguas y ampliamente difundidos por el cine. Justo enfrente del Ayuntamiento se encuentra una estatua en su honor, en la que los turistas no dejan de hacerse fotos. Muy cerca de la estación de tren, que al igual que la de Mons está construida por Santiago Calatrava (espectacular, por cierto) está el museo de La Boverie, enclavado en una isla del río Mosa, y escenario en 1905 de la Exposición Universal. No hay que despedirse de Lieja sin conocer el barrio de Carré, con numerosos cafés, bares y vida nocturna. Y sobre todo disfrutar de la gastronomía de la ciudad, con platos como la ensalada liejesa, ideal para un día de mucho frío, los boulets â la liégeoise, que son enormes albóndigas de carne, elaboradas con una salsa a base del típico y tradicional sirope de Lieja, cebolla, azúcar moreno y pasas. Todo bien regado con unas buenas cervezas, o con el Pékèt, un aguardiente a base de ginebra, muy presente en las fiestas locales. Y de postre los pralinés, esos bombones rellenos fantásticos y, sobre todo, los inigualables e imprescindibles gofres de Lieja, conocidos en el mundo entero.