HOSPITALITAS

Y Las Edades del Hombre se hacen camino

Texto: José Manuel Gutiérrez
Fotografías: Cardinalia Comunicación

Dos Puertas Santas, principio y final de un relato que discurre por un territorio mágico, recuperando el concepto primitivo de la solidaridad, de la hospitalidad con el forastero y del gesto generoso de compartir a través de la narrativa emocional del arte y el paisaje.

Se dice que hay tantos caminos como caminantes, que cada uno tiene sus propias motivaciones y que eso los hace diferentes para quienes los recorren. Tal vez esa es la emoción que hace universal al Camino de Santiago, pero sin duda no es la única.

Mucho se ha escrito desde que el sacerdote francés Aymeric Picaud escribiera en el siglo XII  el Códice Calixtino, cuyo Libro V está considerado como la primera guía del Camino, refiriéndose a que “todos deben acoger con respeto y caridad a los peregrinos, ya sean ricos o pobres, que van o vuelven del lugar de Santiago, ya que quien los acoja con caridad tendrá como huésped no solo a Santiago, sino también al Señor, como bien dicen las palabras de Jesús en el Evangelio: Quien os acoge a vosotros, me acoge a mí”, así que no vamos a caer en la tentación de hacer un nuevo relato descriptivo de lo que hay en el Camino. Más bien proponemos un caminar desde las sensaciones y las emociones que aguardan en cada rincón amable y hospitalario de un trazado, el último hasta cumplir el sueño, delimitado por dos Puertas Santas, la de la iglesia de Santiago en Villafranca del Bierzo y la de la catedral de Santiago de Compostela, los dos únicos lugares en los que es posible obtener la indulgencia jacobea, hoy unidos más que nunca por el valor de la hospitalidad.

Esta sucesión de etapas cargadas de tanto simbolismo es, por tanto, el escenario de Hospitálitas, el nuevo ciclo expositivo de la XXVII edición de Las Edades del Hombre. Dos localidades situadas en regiones diferentes unidas por la devoción y por un patrimonio que establece vínculos fraternales a través del Camino de Santiago.

La hospitalidad es la protagonista de la exposición, y su relato recupera el concepto primitivo de solidaridad y su recorrido y evolución hasta nuestros días. Una temática, además, estrechamente ligada a la peregrinación que hermana a estos dos importantes enclaves.

Las obras de Juan de Juni, Gregorio Fernández, Luisa Roldán, El Greco, Luis Salvador Carmona, Venancio Blanco o Vela Zanetti van trazando la exposición en la iglesia de Santiago y en la Colegiata de Santa María de Villafranca del Bierzo, así como en la cripta de la Catedral y en el monasterio de San Martín Pinario de Santiago de Compostela.

Ya lo dijo Samantha Wilson: “caminar el Camino de Santiago es emprender una aventura espiritual… una experiencia que tiene el poder de liberar, sanar y transformar”.

Un camino a la hospitalidad

Entre campos de viñedos de los que ya hablaron Plinio el Viejo y Estrabón, cuya estampa rememora atmósferas de lagar y sentimientos de amor a la tierra, el Camino se adentra en Villafranca del Bierzo junto al ábside románico de la iglesia de Santiago, conocida por su emblemática Puerta del Perdón. Durante siglos su apostolado de influencia templaria ha sido testigo de la derrota y a la vez consuelo de quienes no pudieron seguir peregrinando, obtenido aquí la deseada Compostela.

En este simbólico templo, la exposición Hospitálitas impulsada por la fundación Las Edades del Hombre alberga una experiencia audiovisual inmersiva cuyo guion está centrado en la hospitalidad. Técnicas pioneras inéditas en el patrimonio religioso convierten las paredes de este templo románico en una sala de proyección 360 grados. Con una interesante narrativa se hace un dinámico repaso por el concepto universal de la solidaridad y la hospitalidad a través de los tiempos y de las distintas civilizaciones.

Las Edades del Hombre en la iglesia de Santiago. Villafranca del Bierzo

Villafranca es antigua, muy antigua, la última villa repoblada por francos en la Edad Media, pero destila un aire señorial y sereno que invita a caminarla sin prisa.

Por la calle del Agua, jalonada de casas blasonadas, palacios y hasta una antigua casa morisca, es muy fácil hacer un ejercicio de ensoñación, imaginando las historias que podrían contar las piedras después de tantos siglos viendo pasar peregrinos, al tiempo que recordamos las románticas frases nacidas de la creatividad de Enrique Gil y Carrasco, cuya casa natal está en esta calle, la más genuina de la villa.

Peregrinos en la calle del Agua de Villafranca del Bierzo

De pronto, la Colegiata de Santa María despliega su monumentalidad y protagonismo como segunda sede de la exposición Hospitálitas. En su deslumbrante interior acoge más de un centenar de obras procedentes de todo el país, destacando la obra “La visión de San Francisco” de El Greco. La insigne muestra cultural se distribuye en cuatro espacios denominados: vinculadas con la letra, la alegoría, el sentido moral y la analogía, a las que se suma un Preludio titulado ‘Obras de Misericordia’.

Las Edades del Hombre en la colegiata de Santa María de Cluniaco. Villafranca del Bierzo

El Camino continúa por callejuelas evocadoras hasta el puente que sortea el río Burbia, siempre vigilado por la escultura de un peregrino, de cuyas limpias aguas venidas de las cumbres de las sierras de Ancares, Aymerich Picaud dijo que eran buenas para beber.

Las huellas peregrinas indican siempre el camino a seguir por el fondo del valle del río Valcarce bajo la mirada protectora del castillo de Sarracín. Entre prados, frondosos sotos de castaños y aldeas en las que el caminante siempre es bien recibido y donde nunca le faltarán mesones para reponer fuerzas, el aire trae sonidos del agua que alocada baja por los arroyos y el campo huele a vergel. Algo hay en el ambiente que atrapa los sentidos, una paz hogareña que ralentiza el paso y serena el alma. Eso debió sentir San Froilán, allá por el siglo IX, para vivir un tiempo en una gruta del pueblo de Ruitelán. Y eso que brota de la naturaleza también es hospitalidad.

Poco a poco el camino se hace más “cuesta arriba” en busca de tierras gallegas, pero la dificultad no mitiga en absoluto la serenidad del bosque poblado de robles, ni la generosidad a la hora de regalar bellísimas vistas de un paisaje vertiginoso y perfilado por la sierra de Courel.

Llegando a la aldea de O Cebreiro, ya en tierras lucenses, la recompensa emocional y física es difícil de describir con palabras. El sendero que discurre bajo la sombra de árboles centenarios es tan amigable que hace olvidar las penurias de los últimos kilómetros, a la vez que prepara los sentidos para las sensaciones que están por llegar.

Galicia siempre es mágica

Aún recuerdo la primera vez que visité esta aldea de casas de piedra y algunas pallozas que se resisten a desaparecer. Tres décadas han pasado ya desde aquella fría noche de un mes de diciembre; en las calles apenas alguna bombilla que iluminaba la gran nevada que la mantenía casi aislada, por lo que sólo se podía llegar en todoterreno. Solamente había un albergue de peregrinos junto a la iglesia, el cual supuse que estaría cerrado. Para mi fortuna no fue así y en su interior había un pequeño grupo de ancianos alrededor de la chimenea que, sorprendidos al verme llegar en una noche tan desapacible, enseguida me invitaron a sentarme al fuego, mientras que el dueño del establecimiento enseguida se preocupó de servirme un festín de delicias gallegas capaz de resucitar a un muerto.

Nadie me preguntó qué hacia allí ni hasta cuando me quedaría. Simplemente me hicieron un hueco entre ellos, me hicieron sentir como uno de ellos, se preocuparon de que me sintiera a buen resguardo de la fría noche y lo demás no importaba. Eso también es hospitalidad.

Peregrino por las calles de O Cebreiro

Hoy O Cebreiro no ha perdido un ápice de su magia jacobea, aunque ya no es tan solitario y por sus calles y mesones siempre hay peregrinos y algunos turistas que se hacen fotos delante de las pallozas y visitan la iglesia, en cuyo altar se conserva el cáliz y la patena donde, según cuenta la tradición, ocurrió en el siglo XIV el milagro de convertir la hostia sagrada en carne y el vino en sangre, la cual se conserva en dos ampollas de plata regaladas por Isabel la Católica en 1486 cuando visitó el lugar.

A partir de aquí la simbología jacobea está cada vez más presente, el paisaje se va haciendo más amable de forma paulatina, el color verde se hace infinito, los bosques son de una generosidad extraordinaria y la influencia atlántica se hace más patente. Y las gentes gallegas, esas que llevan en sus genes la sabiduría de lo que significa irse a tierras extrañas en busca de fortuna, hoy reciben al viajero y al peregrino con una sonrisa y los brazos abiertos, conscientes de lo que significa la solidaridad con el caminante y la hospitalidad con el forastero.

Así es imposible sentirse extraño en Galicia

Paso a paso llegamos a Triacastela, cuyo nombre se debe a la existencia de tres castillos en el pasado, hoy ya desaparecidos. Aquí está documentada una cárcel de peregrinos, de la que solamente se conserva una puerta con inscripciones, mientras que la tradición cuenta que, de las canteras próximas al pueblo, los peregrinos cogían una piedra en señal de penitencia y la llevaban hasta Castañeda, donde estaban los hornos de cal que abastecían las obras de construcción de la catedral de Santiago de Compostela.

Unos kilómetros más adelante, en un recodo del río Sarria, el monasterio de San Julián y Santa Basilisa de Samos capta con su monumentalidad la mirada de los peregrinos que llegan al valle por la corredoira que vertebra los sugerentes bosques gallegos.

Más allá de su importancia histórica, pues se fundó en el siglo VI como muestra también del magnetismo místico de estas tierras, o de haber sido colegio de filosofía y teología, el monasterio es un hito de referencia en el Camino de Santiago y bien se merece una visita. Arquitectónicamente es muy interesante e ilustrativo y poco se puede decir que no se haya dicho ya, pero me voy a permitir la licencia de citar dos curiosidades que me llamaron la atención. Una es la voluptuosidad de las Nereidas que sustentan la fuente barroca del Claustro Pequeño y la otra es una inscripción humorística en una de las claves del mismo claustro gótico que dice: “Qué miras, bobo”.

Destacable es también la biblioteca con alrededor de 25.000 volúmenes y la pequeña ermita mozárabe del siglo IX, situada fuera de los muros del monasterio, pero muy próxima.

Monasterio de San Julián y Santa Basilisa, Samos

De camino a Portomarín, en las afueras de Sarria, la iglesia de Santiago de Barbadelo es lo único que se conserva del primitivo monasterio del siglo X, pero el lugar mantiene viva esa sensación de paz que se siente al entrar siempre en un cenobio. Además, en el tímpano de la puerta románica se observa un extraño personaje con tintes esotéricos y los brazos en alto.

De pronto, el río Miño se despliega como un lago gracias al pantano de Belesar, bajo cuyas aguas se asienta el frondoso valle que un día albergó al viejo pueblo de Portomarín. Al actual enclave se llevaron algunas iglesias, pero entre todas destaca la de San Nicolás y su pórtico tallado con reminiscencias a San Juan de la Peña. En justicia, hay que reconocer que las actuales construcciones reproducen el aire gallego del desparecido pueblo con sus calles porticadas, su ambiente acogedor y la hospitalidad con la que las gentes reciben al viajero.

Es ese aire de ensoñación que recorre las calles gallegas el que estimula la sensibilidad para escuchar otras historias que, de alguna manera, están ligadas al Camino. Así ocurrió en Portomarín, donde me contaron que muy cerca, en la aldea de Loio, existen restos del desaparecido monasterio de Santa María de Loio, donde nació la Orden de los Caballeros de Santiago en 1170, cuando doce caballeros juraron proteger a los peregrinos.

La famosa entrada del Camino de Santiago en Palas de Rey

Poco a poco, paso a paso, se van acumulando sensaciones y recuerdos de las sorpresas que el Camino generosamente regala y sin dar tregua a los sentidos, siguen surgiendo nuevas emociones. En un lugar aparente pedido, pero muy unido a la ruta de peregrinación más antigua, surge una joya medieval en forma de templo. La iglesia de San Salvador de Villar de Donas fue fundada por mujeres en el siglo XII y es un raro ejemplo de conservación de magníficas pinturas murales medievales en Galicia. Pero todo esto no eclipsa su energía amable, aquella que debió impulsar la su construcción y la del monasterio que existió a su lado, donde se abrió un hospital de peregrinos. De nuevo vuelve a estar presente el sentir solidario del Camino.

Iglesia de San Salvador en Villar de Donas

Entre inmensos bosques de robles, castaños y eucaliptos que inundan el aire de aromas puros, el Camino de Santiago se funde con el Camino Primitivo en Palas de Rey, acentuando exponencialmente el ambiente jacobeo y la hospitalidad entre casas nobiliarias y templos románicos. A poca distancia y en medio de un entorno natural de belleza majestuosa, donde la generosidad natural de esta tierra cobra tintes de ensueño, el coqueto castillo de Pambre conserva el protagonismo secular como protector del Camino de Santiago y cobro de portazgos, además de la leyenda que cuenta que una extraña criatura lo construyó en una noche.

A partir de aquí el Camino se antoja más sugerente, mágico y animado por el aumento de peregrinos y las emociones en Melide cubren todos los espectros. En la románica iglesia de Santa María de Melide, un entusiasta bombero forestal apasionado del Camino de Santiago, emplea su tiempo libre de manera desinteresada y muy bien documentado como guía del templo, explicando las curiosidades de las pinturas murales, de los detalles arquitectónicos o de la única rejería románica que se conserva en Galicia, pero sobre todo, es de reconocer la amabilidad y atenciones que dispensa a los peregrinos cuando les invita a pasar o cuando les sella la cartilla de peregrinos.

Puente medieval de Furelos, Melide

A pocos kilómetros de Melide, en un remanso de paz dentro de un robledal susurrado por las aguas del río Iso se hallan la capilla de Nuestra Señora de la Fuente Santa, los restos de un viejo molino y una fuente de aguas sulfurosas, a donde acudían los peregrinos a curarse las llagas de sus pies. El lugar ha permanecido inalterado durante siglos y el realismo mágico se ha transformado en leyendas, como la que cuenta que aquí yace una bruja moura, es decir, un ser fantástico según la mitología portuguesa. Sus restos se transformaron en estatua de azufre, lo que causa el color y olor peculiares del agua que brota de la fuente.

Volviendo a Melide, el Camino discurre por una amable corredoira con tintes románticos y fuente de toda ensoñación. Muy concurrida en este tramo por todo tipo de peregrinos, los kilómetros que restan hasta Arzúa guardan muchas y agradables sorpresas como la del gaitero que anima el caminar junto al antiguo lavadero de Melide o la curiosa pareja formada por Marvin, un alemán y Carlota de Zaragoza, quienes con una sonrisa permanente y una amabilidad exquisita ponen un original sello de cera en las cartillas de los peregrinos justo antes de cruzar el singular Ponte Ferreiros en el corazón de un bosque autóctono de extrema belleza.

Marvin y Carlota sellando credenciales junto al río Catasol, cerca de Melide

Así, respirando hospitalidad en la naturaleza y en las gentes, nuestros pies cruzan en Arzúa, y nuestra sed se aplaca en la fuente de los Franceses, hasta cruzar el puente medieval de Ribadiso da Baixo y repongamos fuerzas en el único antiguo hospital de peregrinos que sigue cumpliendo sus funciones desde hace siglos.

Comienza aquí la última etapa antes de llegar a Santiago. Respirando hondo y con la emoción contenida, la ciudad se despliega ante nosotros desde el monte Do Gozo y nos acompaña en el caminar por sus calles hasta la plaza del Obradoiro.

¿Cómo describir las sensaciones y emociones que se pueden sentir al detenernos frente a la catedral observando el río de gentes que lloran, se abrazan, estallan de alegría o se derrumban al ver cumplido su sueño? Realmente es muy difícil de transcribir en palabras. Hay que vivirlo.

Tal derroche emocional concentrado en el espacio relativamente pequeño del Obradoiro o de las calles y plazas aledañas, tantas lenguas diferentes sonando en el mismo instante, tantas culturas y razas unidas por un deseo común, nunca podrían fundirse en armonía si no existiera la magia del Camino y la generosidad y hospitalidad reinante en esta tierra.

Descansar en la Plaza del Obradoiro, el momento soñado por los peregrinos

Y esa hospitalidad hoy se llama también Hospitálitis, el proyecto expositivo de las Edades del Hombre que cierra el círculo junto a la segunda Puerta Santa. Concretamente la cripta del Pórtico de la Gloria de la Catedral de Santiago y el monasterio de San Martín Pinario acogen alrededor de ciento setenta obras de arte llegadas desde las diócesis de Galicia y Castilla y León, así como de museos nacionales y regionales, galerías y colecciones privadas. Además, piezas de Portugal, Francia y de las Catedrales del Camino de Santiago Francés y la Vía de la Plata completan la cuidada selección de piezas.

Las Edades del Hombre. Monasterio de San Martín Pinario

La hospitalidad es la actitud de acercamiento cordial hacia el extraño, la forma de relacionarse con él, de colmar sus necesidades. Y ese valor universal es la piedra angular en la que se apoya el Camino de Santiago y la fuente de inspiración de Hospitálitis.

https://lasedades.es/

https://www.turismocastillayleon.com/

https://www.turismo.gal/

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Texto: José Manuel Gutiérrez
Fotografías: Cardinalia Comunicación