El país del sol naciente vive en permanente armonía con la naturaleza y con la espiritualidad que emana de ella, en una aptitud vital milenaria y transformadora. Con más de la mitad del territorio cubierto de majestuosos bosques sostenibles, cuidados y con la veneración propia del sintoísmo, junto a esa comunión emocional con la madre tierra, no es extraño que se produzca la magia para iniciar el Camino hacia la purificación.
El término Kumano está íntimamente ligado al ancestral legado espiritual japones y más concretamente a la ruta de peregrinación que transitan por las montañas de la península de Kii, un camino que los peregrinos llevan recorriendo desde hace más de mil años en busca de iluminación y envueltos en un silencio contemplativo.
Tradicionalmente, sobre todo entre los siglos VIII y XII, los emperadores realizaban una o dos veces en su vida el ritual de llegar a los tres templos sagrados sintoístas de Hongu, Nachi y Hayatama, efectuando sucesivas paradas ceremoniosas como danza, recitar poesía y baños en los ríos que vadeaban, pues ello constituía una forma de purificación. Esto justifica la existencia de otros noventa y nueve templos Oji, cuya misión es brindar protección y orientación, a lo largo del recorrido por los bosques de altísimos cedros mejor cuidados del país, ricos en aguas termales y fuente inagotable de leyendas. El territorio por el que discurre siempre se ha considerado un espacio con una potente carga espiritual, el paisaje natural en el que viven los dioses. Además, la ruta tiene una gran importancia histórica por ser uno de los pocos en los que pervive la relación simbiótica del budismo y el sintoísmo, a pesar de la prohibición del primero en el siglo XIX.
Declarado Patrimonio de la Humanidad, el Camino de Kumano está hermando con el Camino de Santiago español desde hace veinticinco años. Separados por miles de kilómetros, mientras en el primero amanece, en el segundo, muy próximo a Finisterre donde se creía que se terminaba el mundo, atardece. Pero muchos son los símbolos por los que, a pesar de tener raíces religiosas distintas, los peregrinos encuentran la espiritualidad.
Ambas son rutas de paz, tolerancia y espiritualidad y, entre los paralelismos, se podrían citar la vieira jacobea y el cuervo de tres patas símbolo de Kumano; los torii o puertas que señalan el carácter sagrado de los distintos lugares; las vestimentas de los peregrinos del Camino de Santiago con reminiscencias a las ropas del Apóstol, frente a Kumano que se inspira en el kimono tradicional; la naturaleza frondosa de ambas rutas con abundancia de bosques que llegan a rozar el realismo mágico y, por último, el excepcional patrimonio cultural que acompaña a ambos Caminos.
Tres santuarios para una promesa
Leyenda, historia y espiritualidad se funden en el Camino de Kumano con idéntica naturalidad a como se vive la religiosidad en Japón, un singular ejercicio ecléctico entre el sintoísmo y el budismo. Así, el caminante que cruza el angosto paso de la “piedra de la matriz de la madre” que corta la respiración, siente la purificación del alma y un renacer al salir al otro lado; o la emoción de alcanzar el collado desde el que dice la tradición que se ven tres lunas alineadas, entre otras muchas alegorías.
El Camino de Kumano es la ruta de peregrinación más arraigada del país nipón, cuyo trazado vertebra las prefecturas de Wakayama, Nara y Mie, conectando los tres simbólicos santuarios de Kumano Hongu Taisha, Kumano Nachi Taisha y Kumano Hayatama Taisha bajo la denominación de Kumano Sanzan y los lugares sagrados circundantes.
El itinerario más importante es el de Nakahechi con una longitud de cuarenta kilómetros y salvando un desnivel que oscila de los seiscientos a los mil doscientos metros de altitud. Partiendo de la capilla oji de Takijiri donde es necesario realizar el ritual de tocar la campana para avisar a los dioses de nuestra presencia, inclinarse dos veces, dar una palmada, elevar en silencio una oración y volver a inclinarse, antes de seguir la marcha.
La senda asciende por escalones desgastados de tantos pasos durante muchos siglos, jalonada por pequeñas estatuas de Buda en memoria de los fallecidos que no consiguieron llegar y bajo un inmenso y silencioso bosque que invita a pensar y a encontrarse con uno mismo. Paso a paso el camino sube y baja de las cimas a los arroyos del valle, pasando por aldeas encantadoras con sus árboles de alcanfor y cerezos en flor si se hace en primavera, en las que siempre hay casas de té y hospederías acogedoras en las que disfrutar de la gastronomía local.
El santuario oji de Hosshinmon es un indicativo de que el final de la primera etapa se acerca. Entrar por su torii es un acto simbólico del renacimiento en la Tierra Pura, pues a partir de aquí se dejan atrás los espesos bosques para dar paso a un paisaje más abierto de campos de té y bambú.
De pronto, en la lejanía, un enorme torii de casi cuarenta metros de alto rompe el paisaje en la mitad del camino de peregrinación, señalando la entrada a Oyunohara, lugar en la que desde hace mil años se alza el santuario de Hongu Taisha, el más sagrado del Camino.
Con una sensación trascendental, el peregrino siente como entra en el mundo espiritual al contemplar la bellísima silueta del santuario, cuya fachada de madera y su gran tejado de corteza de ciprés se funden en el entorno.
Acceder al recinto por la larga escalera jalonada de banderas y pasando al lado de la fuente de temizuya o de las abluciones, es emocionante, como lo es pararse frente a la puerta Shinmon. Una cuerda trenzada de caña de arroz indica que estamos en un lugar sagrado. Mientras tanto, los peregrinos siguen el ritual de detenerse delante de cada edificio para rezar a los cuatro dioses que aquí habitan.
En primavera tiene lugar el Festival de Primavera de Kumano Hongu Taisha, en el que padres e hijos se sumergen en las aguas termales y sagradas de Yunomine Onsen como acto de purificación previo a recorrer una parte del Camino. En agosto se celebra el festival del fuego Yata-no-Hi en la ubicación original del santuario, portando una capilla en llamas y fuegos artificiales.
El gran Nachi Taisha, de resplandecientes tonos naranja y blanco y consagrado a doce deidades de Kumano, está compuesto de un santuario sintoísta y un templo budista, en un entorno de bellas cascadas. Los “esposos”, una pareja de cedros de ochocientos años de antigüedad flanquea la subida de doscientos sesenta y siete escalones que dan acceso al suelo sagrado. En lo alto, un alcanforero, árbol muy simbólico en la cultura japonesa por su longevidad, de casi mil años de vida extiende sus ramas abrazando parte del santuario.
El santuario Kumano Nachi Taisha y su vecino templo budista de Seigantoji formaron una unidad espiritual en el pasado. Una conexión que hoy no han perdido, representando la armonía de la naturaleza que aquí se manifiesta maravillosa con la cascada de Nachi, un hito que ya antes de la construcción del santuario y del templo significaba una fuente de inspiración y una vía de conexión espiritual.
A los pies de la cascada de ciento treinta y tres metros de caída libre se alza el santuario Hiro en honor a la deidad del salto de agua y la entrada es gratuita, mientras que para acceder al mirador hay que pagar trescientos yenes.
Cada catorce de julio tiene lugar el Festival del Fuego de Nachi, un antiguo ritual en el que se recorre el camino que separa el santuario con la cascada portando antorchas en señal de purificación.
Situado en la desembocadura del rio Kumano, allí donde las montañas de la península de Kii se funden con el océano Pacífico, se alza el santuario de Kumano Hayatama Taisha, el tercero de ese genuino camino de peregrinación. Ese precepto sintoísta de comunión entre lo natural y lo espiritual se manifiesta a la entrada del recinto en el árbol Nagi, un espléndido ejemplar de mil años de antigüedad considerado como una de las doce deidades que aquí se veneran y las muñecas nagi, hechas con sus semillas, traen suerte en el amor y en el matrimonio, según la creencia popular.
En su interior el Salón del Tesoro custodia una docena de tesoros nacionales, ofrendas de peregrinos y alrededor de un millar de joyas antiguas donadas por la Casa Imperial en los siglos XV y XVI.
Durante más de mil años los japoneses han utilizado este Camino como un proceso de purificación a través se rigurosos ritos. Hoy, sin perder su esencia primitiva, es una manera fantástica de comunión con un paisaje cultural y natural sostenible único en el mundo.