Saqueada por los turcos y codiciada por ingleses, franceses y la Corona de Aragón, ha sabido reconstruirse como un remanso de serenidad mediterránea en el que la vida fluye de manera pausada. Dejarse llevar por el embrujo de sus calles enmarcadas por coloridas casas es ir saltando de sorpresa en sorpresa, en las que no faltan nobles edificios construidos en piedra marés.
La que fuese capital de la isla hasta 1714 ha visto pasar a todas las culturas de la cuenca mediterránea y todas han dejado su huella en la cultura, el arte, la lengua y la gastronomía. Incluso aquellos primeros pobladores prehistóricos, cuyo origen sigue siendo una incógnita para la comunidad académica, dejaron un legado único en el mundo en forma de cultura talayótica y sus restos son Patrimonio Mundial de la UNESCO.
Ciutadella es una ciudad que insinúa ser paseada en un coqueteo constante con sus rincones y plazoletas, con su arquitectura nobiliaria y religiosa, con sus terrazas siempre animadas, con sus mercados ricos en atmósferas populares o con su artesanía en un juego seductor en el que las horas pasan sin darse cuenta.
El discreto tamaño urbano, en el que no hay distancias, permite recorrerla fácilmente; todo está cerca y en otoño es especialmente agradable por su clima suave, su luz especial blanca durante el día y de un anaranjado increíble al caer la tarde y la ausencia de aglomeraciones estivales.
Ciutadella paso a paso
La monumentalidad de la ciudad es consecuencia lógica de los acontecimientos que han marcado su historia, pero a pesar del convulso pasado, su catálogo artístico y arquitectónico es espectacular. Por tanto, no es extraño que ya en 1964 su centro histórico fuese declarado Patrimonio Arquitectónico Artístico Nacional.
La Catedral de Santa María de Ciutadella se alza en el punto más elevado del corazón del casco antiguo. Sobre los restos de una mezquita, fue construida inicialmente como iglesia en estilo gótico catalán por mandato del rey Alfonso III de Aragón tras la conquista de la isla a finales del siglo XIII. A lo largo de su historia ha sufrido multitud de asedios, ataques y saqueos que han obligado a realizar sucesivos trabajos de reconstrucción. Esto explica que se observen diferentes estilos arquitectónicos como el neoclásico o el barroco.
En 1986 se acometió un proyecto de restauración integral que ha mejorado de manera espectacular la imagen del templo; se han recuperado la sillería del coro, la barroca capilla de las Almas del siglo XVII, la neoclásica de la Purísima de principios del siglo XIX y la del Santísimo.
Exteriormente, además de su contundente silueta, se puede apreciar lo que fue el primitivo minarete convertido posteriormente en torre del campanario.
Sin apartarnos del hilo de la arquitectura religiosa, la iglesia del convento de los Agustinos, denominado Els Socors es un hito único en Menorca por su estilo renacentista con influencias castellanas. Es destacable también por su triple portalada clasicista en el exterior y por la exquisita decoración mural del interior.
Adosado a este templo se ubica el claustro del Seminario, obra de la segunda mitad del siglo XVII. Se trata de un espacio ajardinado muy agradable y delimitado por hileras de arcadas de medio punto, sobre las que se despliega otra galería con vidrieras barrocas. Actualmente alberga el Museo Diocesano de Menorca.
En este ejercicio de callejear, es inevitable encontrar otra joya arquitectónica. La iglesia del Roser, hoy destinada a Sala Municipal de Exposiciones, está construida en un incipiente barroco entre los siglos XVII y XVIII, pero lo que más llama la atención es su portada con una riqueza ornamental extraordinaria.
Ejemplos de magnífica arquitectura civil los encontramos con frecuencia. Can Saura es una casa nobiliaria de finales del siglo XVII, cuya fachada, presidida por el escudo de la familia Saura, es uno de los mejores exponentes del barroco menorquín. En su interior destacan una monumental escalera y la gran cúpula octogonal que inunda de luz el vestíbulo, desde donde se accede a las diferentes salas del Museo Municipal de Ciutadella instalado en este palacio. La propuesta museística, además de una sala específicamente dedicada a las Fiestas de Sant Joan, cuenta la historia del municipio a través de interesantes colecciones etnológicas y arqueológicas como las piezas encontradas en las cuevas de Mussol y des Càrrtitx. Las labores más académicas del museo se desarrollan en el Bastió de Sa Font, el antiguo baluarte de la muralla del siglo XVII, donde se realizan las tareas de clasificación, documentación y conservación de los fondos museísticos.
Cuenta la tradición que el relieve de una cara femenina con los ojos vendados que decora la entrada al Palau Torre-Saura – Cas Comte traslada la idea de que, al no ver quién cruza el umbral de la puerta, todo aquel que entre es bienvenido. Estamos ante una de las joyas de la arquitectura civil neoclásica. Entre sus muros han tenido lugar acontecimientos extraordinarios para la ciudad y para la familia de los condes de Torre-Saura, quienes desde 1818 tienen relación directa con la Casa Real hasta la actualidad. En 1860, la reina Isabel II, acompañada de su familia y un extenso séquito en viaje oficial, se dirigía a Maó, pero el mal tiempo les obligó a desembarcar en Ciutadella. Se alojaron en la residencia de los condes Torre-Saura, donde se habilitó una sala con un sencillo trono a modo de Salón Real. Aquel asiento hoy está girado hacia la pared en señal de que no puede volver a ser utilizado nunca.
Desde Alfonso XII hasta el actual rey don Felipe VI, muchas han sido las personalidades que han visitado el Palau Torre-Saura.
Otra casa señorial visitable y no menos interesante es Ca n’Olivar. Construida en la primera mitad del siglo XVII frente a la catedral, es un buen ejemplo del modo de vida de la nobleza menorquina de la época.
La Plaça des Born es el centro neurálgico de la ciudad desde el que se accede al casco histórico, al viejo puerto o a cualquier punto de Ciutadella. En este espacio de referencia se alzan el teatro Des Born y el Cercle Artístic, además del edificio de la Casa Consistorial. Inaugurado en 1925, llama la atención por su estética árabe, siguiendo el estilo arquitectónico del antiguo alcázar y posterior palacio del Gobernador Militar sobre el que se reconstruyó. A su lado se encuentra el Bastión del Gobernador, un espléndido mirador con magníficas vistas sobre el puerto viejo, uno de los pocos vestigios que quedan en pie de la muralla del siglo XVII, construida sobre la medieval destruida en 1558 durante el ataque turco.
A sus pies, el antiguo puerto rebosa tipismo y animación. Además de sus muchas propuestas gastronómicas y de ocio nocturno, se está convirtiendo también en un espacio cultural con una agenda de actividades cada año más completa.
La entrada al puerto de Ciutadella está vigilada por la Torre de Sant Nicolau, construida en 1680. Su construcción en piedra marés y su planta octogonal le confieren un aspecto rotundo, como corresponde a una edificación defensiva. En su interior, una columna sostiene la estructura para soportar el peso de las ocho piezas de artillería que defendían la bocana de entrada a la ciudad.
De regreso al casco antiguo, la mejor propuesta es hacerlo por Ses Voltes, como se conoce popularmente a la calle más señera de Ciutadella. Además de su pintoresco trazado porticado lleno de restaurantes y tiendas, es el escenario más espectacular en el desfile de los caballos en las fiestas de Sant Joan.
Sin soltar el encanto de los espacios urbanos, la Plaça des Peix, también conocida como plaza del Mercat, es uno de los rincones más auténticos de la ciudad, además de uno de los más animados. Una pequeña construcción de hierro forjado decorado con tejas y azulejos blancos y verdes con aire de quiosco y los soportales que perimetran la plaza albergan un universo vibrante. Pescaderías, carnicerías, puestos de verduras, quesos y embutidos y sobrasada de la isla, cafés desde los que observar el trajín de las gentes mientras se disfruta de una auténtica ensaimada o tomando un vino de la tierra como alguno de los excelentes caldos elaborados por Bodegas Binitord. Si te pilla la tarde, la plaza del Mercat también es un buen lugar para poner en práctica eso que tan de moda está: el tardeo. Buen ambiente y música en directo invitan a disfrutar de algo tan de aquí como la ginebra de Menorca en cualquiera de sus formas.
Una curiosidad de algunos restaurantes de la plaza es que aceptan cocinar y comer en el establecimiento el pescado que previamente hemos comprado en el mercado, pero no es la única. Dentro del casco urbano, Ciutadella conserva un auténtico molino de viento, el único de estas características que se conserva en la isla. Molis des Comte fue construido en 1778 para dar servicio a los agricultores de la zona. Dentro había sitio para la maquinaria de molienda, almacén y vivienda del molinero hasta que cesó su actividad en 1905. Actualmente, alberga un restaurante en su interior.
La creación artística contemporánea también tiene su espacio dentro del casco histórico de Ciutadella. En Carrer del Santíssim, 8, Rovellart es mucho más que una tiend; es un taller de creación, de pensamiento y de color que da vida a obras expuestas y vividas en los cinco continentes.
La Galería de Arte Pedrín, en Carrer Seminari, 30, expone y vende obras del escultor Pedro Rodríguez, inspiradas en la naturaleza y con una clara influencia de la luz mediterránea.
Luz y piedra en el paisaje
El entorno natural que rodea Ciutadella es indiscutiblemente fascinante. Al igual que el resto de la isla, es Reserva de la Biosfera de la UNESCO, lo que ya indica por sí solo el valor medioambiental que tiene. Además, su mágica luz mediterránea blanca y limpia en las horas centrales del día se transforma en tonos anaranjados al caer la tarde, regalando puestas de sol hipnóticas por su belleza extrema.
El monte Toro es la cima más alta de la isla y, al elevarse en el centro de esta constituye un balcón privilegiado para admirarla a vista de pájaro. En días claros se tiene una visión panorámica de todo el litoral menorquín desde la bahía de Fornells en el norte hasta las playas de arena blanca de Son Bou, pasando por el faro de Artrutx en el extremo suroeste. Se mire hacia donde se mire, lo que siempre acompaña es la extensa superficie boscosa que tapiza la isla. En lo alto del monte se halla el santuario de la Mare de Déu del Toro, regentado por una comunidad de monjas franciscanas, una tienda de recuerdos y un restaurante.
Con esa imagen global del territorio, damos un paso atrás en el tiempo en busca de los orígenes. Las investigaciones apuntan a que los primeros asentamientos humanos en la isla datan del tercer milenio antes de nuestra era, desarrollando una cultura y un modo de vida propios hasta la llegada de los romanos en el 123 a. C. Hasta ese momento de inflexión es lo que se conoce como cultura talayótica, entendiendo esta como las costumbres y técnicas sociales prehistóricas de los habitantes de Mallorca y Menorca. Si bien es en esta última donde se concentran los principales vestigios repartidos en doscientos ochenta yacimientos. Su conjunto se ha denominado Menorca talayótica y en 2023 fue reconocida como Patrimonio Mundial de la UNESCO.
A cinco kilómetros de Ciutadella se encuentra el monumento talayótico más emblemático de esta cultura. La naveta des Tudons es un tipo de tumba colectiva construida con la denominada técnica ciclópea por la utilización de piedras de medio tamaño encajadas en seco. Su forma recuerda a una nave invertida y de ahí su nombre de naveta. Internamente, está distribuida en tres niveles separados por estructuras construidas con grandes losas.
En su interior se hallaron los restos de cien individuos de ambos sexos y de todas las edades datados en el siglo IX a. C., además de abundantes ajuares funerarios como pulseras de bronce, objetos de cerámica, botones de hueso, armas de bronce y un tapón de hueso decorado y que formaba parte de un estuche con cabellos de algunos difuntos como parte del ritual funerario.
Por motivos de conservación y de seguridad, no está permitida la visita a su interior ni subir a la cúpula, pero aun así es uno de los monumentos imprescindibles por su alto valor cultural.
Cala Morell, en la costa norte de Ciutadella, es un pequeño puerto natural en cuyo cortado rocoso se extiende un conjunto de catorce cuevas artificiales, constituyendo un excepcional cementerio rupestre prehistórico. Los trabajos arqueológicos aseguran que estuvo en uso desde la época talayótica en el 1700 a. C. hasta el siglo II d. C.
Las hay de diferente tamaño, desde las más pequeñas de planta circular y techo abovedado hasta las más monumentales, destacando una con motivos arquitectónicos clásicos en su fachada, lo que demuestra la llegada de influencias culturales de otros pueblos de la cuenca mediterránea en la fase final del periodo talayótico.
En un plano más social, el poblado talayótico de Torretrencada es un interesante museo al aire libre que cuenta cómo era la sociedad del periodo final talayótico y post-talayótico a través de sus restos arqueológicos.
Entramos ahora a una narrativa más actual sin dejar el lenguaje de las piedras. Las Canteras de s’Hostal son el yacimiento calcáreo del que salía la piedra marés para la construcción de edificios. Tras cerrar su actividad en 1994, su destino estaba encaminado a ser rellenadas y reforestadas, desapareciendo así un monumental paisaje artificial que en buena medida había contribuido a crear otro, el urbano con sus bellos monumentos.
En ese momento aparece en escena Líthica, una fundación privada sin ánimo de lucro creada para evitar la desaparición de las canteras de marés. Desarrolla un plan integral de rehabilitación para convertirlas en un espacio divulgativo, cultural, natural y de ocio y en 2017 fueron declaradas Bien de Interés Etnológico, pasando a formar parte del catálogo de Patrimonio Histórico de Menorca y en 2019 recibe el premio Europa Nostra de patrimonio.
Su agenda de actividades es muy completa y diversa a lo largo del año; se imparten talleres para niños y adultos, las visitas pueden ser guiadas o individuales en un juego personal para descubrir el entorno. Cada verano, en Lithica se reúnen músicas y culturas de todo el mundo con el festival Fosquets de Lithica. Una serie de conciertos con los que las Canteras de s’Hostal se llenan una vez más de vida, armonía y creatividad.
Siempre desde el más absoluto respeto al medio natural y a su conservación, a través de los diferentes laberintos, uno de ellos inspirado en el del Minotauro, se propone una experiencia inmersiva en los trabajos de cantería, en las especies vegetales y animales que han ido colonizando el espacio o, simplemente, en el saludable ejercicio de disfrutar de nuestro tiempo de manera individual o colectiva, pero siempre enriquecedora.
Líthica ha convertido un espacio industrial decadente en un escenario de creatividad en el que la naturaleza, el arte y el ser humano dialogan en la misma frecuencia.
Aquí termina nuestra visita a Ciutadella, con la serenidad que nos ha contagiado su atmósfera, con el paladar saciado, con un poco más de cultura y, sobre todo, con el calor de sus gentes.