Bastión de una cultura secular, tanto por su historia y patrimonio como por los modos de vida que se mantiene en armonía con su biodiversidad fascinante, Galicia derrocha esa magia que atrapa a quien la conoce y visita para hacerle sentir que después no necesita más, que allí lo tiene todo.
Tierra de leyendas y de culto al fuego, donde los romanos pensaban que se acababa el mundo, es en sí mismo un universo lleno de sorpresas; un mosaico abrazado por un litoral con playas paradisiacas que dan paso a perfiles quebrados y retorcidos, según la descripción del geógrafo romano Plinio el Viajo en su obra Historia Natural. Pero este es sólo un lado del tablero, pues en su interior la puesta en escena está protagonizada por sus ríos, por el vino de sus viñedos desafiantes, por los horizontes teñidos de azul y los verdes que rompen el cielo, por el patrimonio arquitectónico que presume de su propio esplendor, por las sendas que recorren parajes poco conocidos, por los caminos purificadores, por el sentir de verdadero hogar que renace al sentarse a la mesa, por los ojos que nunca se cansan de admirar el paisaje gallego y por la sana envidia hacia quien puede disfrutar su tranquilidad y su sosiego arrancando las hojas del calendario.
Esa es la esencia del concepto Galicia Calidade, una simbiosis entre paisaje, cultura, población y forma de vida que caracteriza a la comunidad; la experiencia, los distintos momentos, sabores y rincones que hacen de Galicia un destino único.
Del interior a la costa
Cuenta la leyenda que un día Júpiter contempló la bella Galicia y quedó prendado. Mientras pensaba cómo hacerla suya, su esposa Juno que paseaba cerca descubrió los nuevos deseos de Júpiter. Encolerizada ante semejante belleza quiso destruirla y provocó en Galicia una herida tan profunda que formó unos vertiginosos cañones. El enamorado Júpiter decidió cubrir esta cicatriz con las aguas de un hermoso río, el Sil, y castigar a su celosa esposa a vagar eternamente por la tierra que había intentado destruir. Júpiter perdonó a su esposa y desde el Olimpo contempla la tierra que no pudo poseer, la misma que gracias a Juno y a sus celos, posee uno de los más maravillosos paisajes que se pueden contemplar y disfrutar.
La Ribeira Sacra es ese escenario a caballo entre lo real, lo místico y lo mitológico imposible de olvidar, tan sublime que remueve nuestras emociones con los aromas de lavanda, orégano silvestre o laurel, con la hipnótica y vertiginosa estampa de miles de cepas de viticultura heroica, con el sosiego de navegar las aguas de los ríos Miño y Sil, con sus rincones mágicos e inspiradores o con el magnetismo espiritual de los dieciocho monasterios, entre los que destaca el de Santo Estevo de Rivas de Sil, hoy convertido en Parador de Turismo, el de Santa Cristina de Ribas de Sil o el barroco Santuario das Ermidas en O Bolo formando la quintaesencia de esa mezcla, en la que las historias y tradiciones de siglos se engarzan con en marco natural que atesora la mayor concentración románica de Europa.
Navegar las aguas de la Ribeira Sacra es adentrarse en un escenario de rincones bucólicos de gran carga romántica, allí donde los sonidos de la naturaleza brotan de las cascadas y de las hojas mecidas por el viento. El serpenteante cauce en el
que pasamos de abruptos encañonamientos, con desniveles que pueden alcanzar los quinientos metros de profundidad, a un paisaje suave de bosque atlántico, es un rosario mágico de ensoñación próxima al éxtasis, mientras que bordear el Cabo do Mundo, uno de los hitos más simbólicos de la mágica Galicia, es una experiencia realmente inolvidable. Desde lo alto, la silueta de Santa María de Nogueira de Miño, la “Capilla Sixtina gallega”, observa nuestro navegar sin descuidar la custodia de su tesoro interior, un magnífico conjunto renacentista de pinturas murales del siglo XVI que hacen de este modesto enclave una excepcional joya patrimonial.
De naturaleza saben bien en la sierra de O Courel o en el bosque dos Grobos, en Lugo. En O Courel se encuentran algunas de las cimas más altas de Galicia, con lagunas de origen glaciar junto con bosques como la Devesa da Rogueira.
Extendiéndose desde O Cebreiro y atravesada por el río Lor, es uno de los parajes con mayor belleza natural y uno de los territorios más viejos de la península. Sus picos más altos son Formigueiros, Montouto y Pía Paxaro donde fue encontrada un águila metálica de época imperial romana, montañas muy apropiadas para realizar rutas de senderismo y disfrutar de la naturaleza en su estado más salvaje y vivo.
Además de ser un magnífico exponente de la transición entre el clima atlántico y el mediterráneo en el que se alternan bosques frondosos y dehesas como la de Rogueira, una de las reservas botánicas más bonitas y ricas de Galicia, es un maravilloso paraíso geológico repleto de cuevas vivas, gateras y plegamientos como el de Campodola. El manto vegetal es muy abundante y rico, cubierto de brezo y robles antes de dar paso en las zonas altas a los bosques de encinas y otros árboles autóctonos.
Una sugerente manera de conocer la sierra de O Corel es empezar por la aldea de O Cebrerio y disfrutar de su magnífica arquitectura popular, su simbólico santuario o de su genuino ambiente jacobeo. También se puede comenzar en Samos, donde es muy interesante visitar el monasterio de San Xulián, fundado en plena época visigoda por San Martiño de Dumio y construido en diferentes períodos con estructuras románicas, góticas, renacentistas y barrocas. La sierra de O Courel es la más significativa joya natural gallega, pues alberga la mayor biodiversidad del oeste peninsular.
El bosque de Os Grobos, con sus características rocas kársticas, alberga algunas de las muestras más características de bosques autóctonos con ejemplares de castaños, robles y otras especies propias de la región que tapizan el cielo y juegan con la luz que logra penetrar entre las ramas de los altos árboles.
Situado a los pies del soto de castaños de Agüeira, entre los municipios de Becerreá y As Nogais, es rico en imponentes afloraciones de roca caliza modeladas por la humedad que dan a este lugar un ambiente mágico. En este laberinto de rocas kársticas se puede disfrutar de un colorido espectáculo de contrastes entre los pasadizos y la densidad de una vegetación que invita a adentrarse en un universo paralelo.
El patrimonio arquitectónico gallego es también un importante activo cultural y turístico, en el que destacan con luz propia los característicos pazos. Algunos de estos genuinos espacios históricos, muy vinculados al pasado de la región, son visitables, como el Pazo de Ribadulla en A Coruña o el Pazo Rubianes en Pontevedra. Desde Turismo de Galicia se han puesto en marcha productos como la Ruta de Trenes Turísticos, en colaboración con Renfe y el Inorde con trayectos como la Ruta dos Pazos o la Ruta da Camelia para visitar los hermosos y románticos jardines que rodean muchas de esas magníficas construcciones.
En Galicia es afortunadamente imposible olvidar el maridaje entre naturaleza, arquitectura, historia y patrimonio inmaterial, siendo uno de sus mejores exponentes el Camino de Santiago en todos sus trazados, es decir, que al popularmente conocido como Camino Francés hay que sumar el resto de rutas jacobeas que vertebran la región desde todos los puntos cardinales, cada una con sus singularidades, pero todas ellas con un denominador común: sumar otra experiencia de la Galicia auténtica a través de joyas menos conocidas como, por ejemplo, la catedral de Mondoñedo entre otras muchas.
Ya en la costa
Si delante de un mapa que se abre ante nosotros nos detenemos y observamos la costa gallega, preferentemente la bañada por el Atlántico, tendremos la sensación de que sus perfiles han sido desgarrados, de que el mar ha ido arrancando a jirones pedazos de tierra que ha engullido sin dejar rastro, pero dibujando uno de los escenarios naturales más hermosos del mundo, aquellos en los que la bravura del mar parece domesticada por la belleza de atardeceres increíbles y por el romanticismo abnegado que aún perdura en la cultura marinera.
Galicia cuenta con casi mil quinientos kilómetros de costa, la región española con mayor litoral marítimo y más allá de enclaves universalmente conocidos como puede ser el cabo Finisterre, existen otros con un magnetismo singular como el de Silleiro, donde el mar rompe en armonía en los días calmados y donde se puede apreciar en toda su fuerza cuando hay temporal. Muy cerca de Baiona, este cabo cuenta con dos faros que se encargaban de guiar a los barcos a su paso por la ría de Vigo: el faro Pequeno, situado en primera línea de costa y el faro Silleiro, inaugurado seis décadas más tarde y localizado en un promontorio a ochenta y cinco metros sobre el nivel del mar.
Actualmente, el faro Pequeno acoge una taberna atlántica donde se degustan deliciosos platos, ya sea en su terraza o en el interior de las antiguas instalaciones. Para quienes quieran completar la experiencia, el faro Silleiro, aún en funcionamiento, es actualmente un hotel boutique con habitaciones desde las que admirar el mar en todo su poderío.
La playa de Carnota con su arena dorada es otro de esos lugares dignos de conocer y disfrutar. Con su forma de medialuna y sus siete kilómetros de largo, es un espacio de alto valor ecológico con reconocimiento internacional que alberga un conjunto único de dunas, marismas y una laguna interior; un magnífico lugar para el avistamiento de aves como el chorlitejo patinegro.
La ría de Pontevedra con la isla de Tambo es otro de esos enclaves que algunas veces pasamos por alto. Misteriosa hasta hace poco y fuente de muchas leyendas, fue escenario de la fundación de un pequeño monasterio por San Fructuoso en el siglo VII, saqueada por el pirata Sir Francis Drake en el siglo XVI y lazareto hasta el siglo XIX para cumplir la cuarentena obligatoria a los marineros de ultramar y garantizar la prevención frente a enfermedades contagiosas, para terminar albergando a una extensión de la Escuela Naval de Marín hasta 2002, momento en el que se desmilitarizó.
Actualmente es un fantástico paraje natural de gran pureza, en el que se alzan algunos de los eucaliptos más antiguos de Galicia y tapices de helechos gigantes, rodeado de playas de arena inmaculada y aguas transparentes.
Respondiendo a la pregunta del subtítulo de este artículo, sí, la calidad es un lugar y está en Galicia.