Bajo nuestros pasos cotidianos late otra realidad en forma de metamorfosis entre la huella del hombre que habitó los territorios y una biodiversidad que reclama su sitio en un lento retorno al estado inicial. Por ello, las huellas del pasado irradian una extraña y fascinante alianza entre naturaleza y cultura en un sereno y frágil equilibrio imposible de reproducir de manera artificial. Y es que hay tantos legados como historias pasadas…
Castilla y León define hoy su personalidad en torno a dos valores esenciales que se conjugan con rotundidad simbiótica en este caso: la herencia natural y el patrimonio histórico. En ambos casos es vital la conservación, mediante el conocimiento y la protección como la única alternativa con visión de futuro y el único comportamiento con visión de pasado.
En una tierra de biodiversidad universal perviven cimientos dispares o armónicos que afirman el triunfo de su existencia, permitiéndonos ejercitar una libertad evocadora, y a veces de ensoñación, imposible de experimentar en otros lugares.
Un territorio se puede conocer de múltiples maneras, pero hacerlo en Castilla y León siguiendo el hilo conductor del legado que dejó Roma desde el siglo I a.C., es adentrarse en la narrativa de la llegada del conocimiento, de la cultura, del arte y del poder que dejaron una huella identitaria presente en nuestros días.
Con esta sensibilidad entra en escena la Red Patrimonial A-Roma, proponiendo un emocionante viaje al pasado que ayude a construir futuro sostenible, tanto cultural como turísticamente.
Las huellas de Roma en Castilla y León siguen estando más vivas que nunca y su presencia es amplia y extraordinaria, constituyendo un importante activo que nutre la nómina de los más de 2.600 Bienes de Interés Cultural. Dos de ellos, el acueducto de Segovia y Las Médulas, declarados Patrimonio Mundial por la UNESCO.
La creación de la Red Patrimonial A-Roma pretende sumar sinergias, potencialidades y un itinerario común que contribuya al desarrollo local en un sentido trasversal. Como fruto de todo ello, se proponen diferentes itinerarios para descubrir los principales bienes culturales de época romana en Castilla y León a través de vestigios arqueológicos de ciudades, villas palaciegas, campamentos militares y grandes obras de ingeniería y minería.
Este novedoso proyecto ha sido promovido por la Fundación Las Médulas como entidad impulsora de proyectos de investigación, conservación, protección y difusión del patrimonio cultural, natural y social de la región. Estas actividades se complementan con la organización de campañas arqueológicas, proyectos de puesta en valor, consultoría en materia turístico-cultural, publicaciones, participación en ferias, diseño y comercialización de productos, jornadas y seminarios.
Se trata de un proyecto pionero y transversal de ámbito autonómico, que persigue la creación de un producto cultural y turístico centrado en el patrimonio más destacado de la época romana en la región, seleccionado según criterios de conservación, relevancia, interés y accesibilidad.
Un mosaico patrimonial romano
A lo largo y ancho de Castilla y León la sucesión de enclaves de alto valor cultural se antoja extraordinaria. Aunque los hay más y menos conocidos, todos juegan un papel importante para conocer cómo era la vida cotidiana en la época, la estructura social y económica, la estrategia seguida para la total romanización del territorio y, sobre todo, cuál fue su impronta en el desarrollo a través de la trasmisión del conocimiento. Un ejercicio que permitió la transformación de las sociedades castreñas, haciéndolas participes de la organización más vigorosa y compleja que ha creado el ser humano: las ciudades, a lo que hay que sumar impresionantes obras de ingeniería hidráulica, vías de comunicación, elementos que posibilitaron la transición de la Antigüedad a la Edad Media y un largo etcétera.
Villas romanas
Las villas romanas son un caso singular. Florecientes cuando la ciudad romana inicia su declive en el siglo III, las villas constituyen un universo dotado de muchos de los caracteres urbanos: ambición de autonomía, especialización y distribución espacial de las tareas, regímenes de jerarquía establecidos para su funcionamiento, pretensiones arquitectónicas y urbanísticas. Además, son un elemento clave para entender el tránsito histórico entre Antigüedad y el mundo medieval, pues las complejas relaciones de dependencia establecidas al amparo de las villas serán proyectadas durante siglos en el régimen feudal.
Villa romana de El Vergel
A veinte kilómetros de la capital abulense se halla la villa romana de El Vergel, un enclave que evolucionó de explotación agrícola a símbolo de opulencia campestre.
Hoy, lo que queda de sus muros y sus mosaicos deslumbrantes nos hablan de un pasado vibrante, donde la agricultura y el conocimiento técnico fueron las piezas clave en esta transformación, permitiendo que la vida rural romana se afianzara con una estructura palaciega propia.
El Vergel, a las afueras de la localidad de San Pedro del Arroyo (Ávila), muestra la perfecta simbiosis entre pragmatismo y lujo, una excepcional muestra del esplendor romano en Hispania.
Fundada en el siglo I d.C. y activa hasta el siglo V d.C., se organizaba alrededor del peristilo y la galería cubierta que lo rodeaba, articulando el paso a los espacios domésticos. La galería y las estancias estaban pavimentadas con mosaicos de motivos geométricos y figurativos como una muestra del poder económico y cultural de sus dueños, mientras que las termas o baños privados hablan de lujo y refinamiento. El triclinio (triclinium) o salón principal estaba destinado a la celebración de banquetes con los invitados más ilustres. El pavimento de esta señera estancia está decorado con un mosaico que representa la escena mitológica de naturaleza y caza de Meleagro. Afortunadamente, ha permanecido hasta nuestros días en el lugar original para narrarnos su historia.
Destaca también de manera especial la escena de las perdices que adorna la antesala del triclinio, preludio a la impactante representación de la cacería de Meleagro y el imponente jabalí de Calidón, eje central del mosaico de la estancia principal.
Villa romana de Orpheus
En la localidad zamorana de Camarzana de Tera se halla esta suntuosa villa tardorromana habitada entre los siglos II y IV d.C., siendo uno de los más sofisticados enclaves de la red patrimonial A-Roma.
Los ricos mosaicos componen una narrativa que cobra vida a través de las minúsculas teselas de mármol, vidrio y cerámica. Un universo decorativo de gran refinamiento para crear impresionantes escenas geométricas hipnóticas y figurativas.
El magistral ejercicio artístico representa el gusto, cultura y creencias de sus antiguos moradores, tal y como indica la imponente presencia del enigmático Orfeo que amansa a las fieras con su música rodeado de una cohorte de animales.
Llama poderosamente la atención el excepcional mosaico con la figura de una mujer joven a tamaño real que algunos investigadores asignan a Ariadna, la legendaria princesa de Creta, víctima del amor y la traición. Fue abandonada por Teseo, después de ayudarle a vencer al Minotauro, mientras dormía en Naxos, isla donde la halló Dioniso, el dios del vino y la celebración para convertirla en su esposa, elevándola a diosa del Olimpo griego.
En el centro de la residencia se despliega un mosaico de excepcional belleza que domina el pavimento central. Esta obra, una de las más sobresalientes de la villa, se encuentra enmarcada por elegantes cenefas que guían la contemplación hacia su escena principal: el rapto de Europa.
El conjunto forma parte de la pars urbana o zona residencial donde habitaba el propietario y su familia con todo el lujo y las comodidades de la época. Con su emplazamiento la villa también gozó de una posición estratégica comercial al hallarse junto a la vía romana que conectaba Asturica Augusta (Astorga) con Bracara Augusta (Braga).
Villa romana de Santa Cruz
En Baños de Valdearados (Burgos), ha vuelto a la luz un interesante complejo residencial de refinada arquitectura y simbología datado en el s. V d.C. Ocho habitaciones organizadas en torno a cuatro pasillos y dos estancias de menor tamaño dibujan un entramado que exhala el esplendor de una élite impregnada de helenismo y sofisticación, donde no faltan baños, aljibes, cisternas o un sistema de calefacción.
Tres de sus habitaciones muestran suelos revestidos con exquisitos mosaicos, entre los que destaca el de temática figurativa dedicado al triunfo de Baco y su regreso de la India. En el triclinium o salón principal, la geometría ornamental alcanza su máxima expresión: un tapiz de teselas entrelaza complejos diseños geométricos alrededor de un gran círculo central rodeado por escudos, evocando el gusto por la armonía y el refinamiento estético de su tiempo.
El esplendor de la villa se extendió mucho más allá de los umbrales del mundo romano. Así lo sugiere el hallazgo de una pequeña necrópolis medieval (siglos IX-X) como prueba que este enclave rural, símbolo de prestigio y poder que permaneció en uso, probablemente como un edificio religioso, sobreviviendo durante siglos a la presencia imperial de Roma.
Complejos mineros
Durante siglos el Imperio Romano fue dueño y señor de la Península Ibérica, pero hay que remontarse al siglo I a.C., momento en el que después de más de dos siglos de ocupación parcial, todavía quedaba sin romanizar muchas zonas del cuadrante noroccidental, siendo las riquezas del subsuelo una de las razones que empujaron al emperador Augusto a iniciar una dura campaña para hacerse con el control de los ricos territorios.
Las Médulas
La enorme extensión ocupada por el complejo minero y metalúrgico de Las Médulas, en la comarca leonesa de El Bierzo, supone uno de los paisajes arqueológicos más vastos y espectaculares de Europa occidental, reconocido en 1997 como Patrimonio Mundial por la UNESCO.
Fue la mayor mina de oro a cielo abierto del Imperio Romano, fruto de un ingente trabajo que llegó a mover en torno a ochenta millones de metros cúbicos de tierra y del que, según Plinio el Viejo, se extraían unas veinte mil libras (6.540 kg) anuales de oro. Los datos que se manejan en la actualidad calculan que en todo el periodo de explotación se extrajeron unas cinco toneladas.
La riqueza aurífera de este rincón leonés ya fue explotada de manera artesana por los pueblos indígenas, bateando y fundiendo el oro en joyas de singular preciosismo, lo que resultó un atractivo indiscutible, y casus belli inconfesable, para los dominadores latinos, cuyas campañas de conquista tuvieron especial relevancia.
A partir del s. I d.C. Las Médulas se convirtió en el inmenso escenario de una empresa titánica, cobijo de las expectativas creadas por una “fiebre del oro” que dio lugar a un verdadero complejo urbano. Éste dispersa sus instalaciones y asentamientos en una enorme extensión y debió implicar a contingentes de población numerosos, posiblemente poco relacionados con la romántica idea de los esclavos obligados a la fuerza.
Destaca entre todos los elementos, el enorme cráter del circo minero que se contempla desde el mirador de Orellán. En esta colosal corta, de tierras rojizas con sugerentes policromías cuando el sol las anima, desembocan los canales que acarrean el agua por las laderas de los montes Aquilanos hasta los conductos horadados en el subsuelo para provocar la ruina montium, procedimiento de derrumbe por presión hidráulica que arrastraba las tierras para la decantación del mineral en el valle. Los canales, excavados en la pura roca y, en ocasiones, complementados por paredones de mampostería, conforman una red que implica un área enorme y de relieve abrupto que alcanza más de mil kilómetros lineales en otra comarca, La Cabrera. Las grandes acumulaciones de derrubios y el Lago Somido, estanque artificial consecuencia de la actividad minera, completan un paisaje transformado radicalmente por la mano del hombre hace dos mil años.
En su entorno se han reconocido varios asentamientos de distintas cronologías y funciones estructurados como poblamientos aislados y de pequeñas dimensiones. Pueden visitarse poblados de tipo astur, como El Castrelín de San Juan de Paluezas, cuyas cabañas circulares, protegidas con muralla, se dotan a menudo de talleres artesanales que muestran la vida de los pueblos prerromanos antes de la actividad industrial, o el castro de Borrenes, cuya construcción se vio mediatizada y atajada por la aparición del poder romano. Ya de época romana es el de Orellán con un panorama de especialización con hornos de fundición para la confección de herramientas. Por el contrario, el yacimiento de Las Pedreiras fue residencia señorial de los administradores del complejo con estancias alrededor de un peristilo o patio porticado, paredes estucadas y policromadas.
En las inmediaciones de Las Médulas pueden visitarse distintos monumentos de máximo interés, amparados, además, por una naturaleza en estado de gracia. El castillo de Cornatel se aúpa en un farallón que domina el valle del Sil y sus restos actuales, pese a otros dominios que incluyen a los templarios, corresponden sobre todo al condado de Lemos, en el s. XV. No menos interesante es la cueva de Palombeira, aunque no es una cueva como tal, sino un túnel de evacuación de Las Médulas excavado en roca que llega a alcanzar una altura superior a los treinta metros.
El hermoso Espacio Natural de Las Médulas es hoy la cicatriz que dejo la ambición de Roma para sustentar durante siglos las arcas imperiales. pero no por ello deja de ser un enclave único e importantísimo culturalmente.
Pino del Oro
Bajo el mandato de Augusto, el primer emperador de Roma, el Imperio ya extendía sus dominios hasta los confines de peninsulares y el oro fue esencial para la estabilidad económica.
En la Hispania Citerior el poder de Roma reorganizaba sus posesiones y en el suave paisaje alomado de Pino del Oro, (Zamora), explotó durante los siglos I y II d.C. un tesoro oculto entre encinas y canchales de granito que se quiebran vertiginosamente en el sobrecogedor cañón de Arribes del Duero.
En este rincón agreste, el rumor del agua y el susurro del viento entre la tupida vegetación evocan una actividad minera que marcó para siempre la fisonomía del entorno. Los romanos heredaron el conocimiento de los pueblos indígenas que ya desde el siglo IV a.C. extraían el oro de la zona mediante el bateo en los arroyos.
El resultado fue un paisaje marcado por la mano del hombre, dejando una huella que aún hoy se percibe en más de un millar de cazoletas excavadas en el granito para moler el mineral. Esta práctica es la más repetida, visible y llamativa en el paisaje de Pino del Oro y la huella más exclusiva de aquella actividad minera que alimentó el esplendor imperial.
El trabajo era arduo y meticuloso, y recaía en manos de los propios habitantes prerromanos de la región. Estos mineros locales, lejos de ser esclavos, operaban en las minas como parte de su tributo al Estado romano, integrando su esfuerzo estacional minero como tributo imperial.
Pero la huella de Roma no se limitó a la minería. La romanización no fue una colonización al uso: la sociedad hispanorromana surgió de la propia población local, cuyos líderes, lejos de ser forasteros, provenían de las antiguas élites prerromanas.
El yacimiento de Pino del Oro desvela los secretos de un escenario donde la historia y la naturaleza se funden en un abrazo milenario. Uno de los más extraordinarios hallazgos de la minería antigua visible en Europa.
Ciudades y campamentos
La ciudad es la organización más vigorosa y a la vez más compleja que ha creado el ser humano desde que deambula sobre la tierra. Cada época y cada región propone un significado diferente, aunque todos determinan que una ciudad, independientemente de su tamaño y forma, es un lugar de reunión de una comunidad en la que distintas personas, saberes y formas de vida adquieren una interdependencia que les confiere unidad, seguridad y, en los mejores casos, una personalidad única.
Clunia
La ciudad romana es fruto de la romanización de un asentamiento indígena (arévaco) durante la fase de conquista militar hacia el 55 a.C. El emplazamiento en un altiplano rocoso y su situación intermedia en las vías que conectaban el Asturica Augusta, Astorga a Caesaraugusta, Zaragoza la convirtieron en municipio ya en época tiberiana y en capital de un extenso convento jurídico, el cluniense, desde época del emperador Claudio.
Pero fue con Galba cuando Clunia tuvo su momento de gloria, pues en esta ciudad se refugió el general insurrecto con su legión, la VI Victrix y aquí se autoproclamó emperador el 68 d.C. para derrocar a Nerón. De ahí nacería la Colonia Clunia Sulpicia, epíteto familiar de Galba.
En sus más de 130 hectáreas se encuentran manifestaciones de toda la riqueza de la vida pública y privada de Roma. En la ladera que asciende a la ciudad se excavó, a la manera griega, la vasta cavea o graderío de un teatro con capacidad para unas ocho mil personas. Ya en las calles de la ciudad, el foro imperial, un enorme rectángulo de 150 x 100 metros, organiza una zona pública de mercados y templos; mientras que no demasiado lejos, unas termas o baños públicos igualmente formidables disponen su clásico esquema funcional en dos partes simétricas.
Varias viviendas, auténticas domus romanas, como la “casa de Taracena”, con su peristilo columnado y bellos mosaicos en los suelos, componen un panorama de esplendor urbano que se mantuvo hasta el siglo III y, con un cierto repunte en el IV, decayó hasta abandonarse definitivamente la ciudad a finales del siglo VII.
Astorga
La resistencia de los pueblos cántabros y astures a la romanización desencadenó las guerras cántabras (29-19 a.C.) que requirieron un gran despliegue militar en la península. En el 14 a.C., sobre un promontorio rodeado por los ríos Tuerto y Jerga, con una magnífica situación estratégica en el paso natural entre el páramo leonés y los montes de León, perfecto para vigilar el camino natural hacia Galicia, se instaló a la Legio X Gemina para el control y pacificación de los pueblos autóctonos.
Asturica se constituyó como encrucijada neurálgica de comunicaciones y enclave estratégico para garantizar la gestión, el almacenamiento y el posterior traslado a Roma de los abundantes recursos minerales del territorio extraídos en sus minas, principalmente el oro de Las Médulas, el mismo que sembró su prosperidad, convirtiéndola en asentamiento civil a comienzos del siglo I a.C. Esto la situó dentro de la división judicial romana de la Tarraconense, la mayor y más importante provincia romana de la península Ibérica.
Fue el emperador Augusto quien le otorgó el título de Augusta, pasando a denominarse Astúrica Augusta. La prosperidad económica fue construyendo una ciudad magnífica, dotada de foro, muralla, notables edificios termales y saneamiento urbano. Tal fue su importancia que incluso sus habitantes hispanos llegaron a ser considerados ciudadanos libres por el derecho romano. Su esplendor prosperó hasta que en el siglo III d.C. comenzó el declive del Imperio. Afortunadamente, el paso del tiempo ha conservado algunas de sus más sobresalientes huellas como atestiguan los vestigios arqueológicos que la ciudad exhibe en la actualidad.
Astorga ofrece un itinerario arqueológico, la Ruta Romana de Astorga, para recrear su pasado histórico. El Museo Romano de Astorga, situado sobre la Ergástula romana, una llamativa galería abovedada sobre la que se situaba el Ara Augusta, un altar en el que se celebraban ceremonias de culto imperial. Esta monumental construcción evolucionó para convertirse en el centro del foro y epicentro de la vida pública. El museo reúne gran parte de la cultura material recuperada que ilustra sobre el modo de vida de los pobladores de esta ciudad romana, así como de su origen y evolución.
León
Tres legiones del exercitus Hispanicus tenían un encargo directo del emperador Augusto: fortalecer la frontera meridional del Imperio junto a las principales vías de comunicación romanas.
Nacida como campamento de la Legio VII, León conserva murallas, termas y huellas romanas que narran su origen militar en la Hispania del Imperio. Previamente, la Sexta Legión Victoriosa (Legio VI Victrix) había levantado el castrum Legio en la confluencia de los ríos Bernesga y Torio. Un asentamiento que, debido a la importancia que suponía para el control del tránsito desde la meseta hacia la costa Cantábrica, tenía la vital misión de salvaguardar los depósitos auríferos explotados en Las Médulas y su transporte protegido por los escoltas de esta división imperial.
El campamento permaneció habitado casi un siglo hasta que la legión fue movilizada al frente germano, siendo sustituida en el año 74 por la Legio VII Gemina, la única que permaneció desde entonces en Hispania. Se levantó un nuevo campamento aledaño y un espacio para población civil que se sumaron al asentamiento primero, cuyos restos aún son visibles junto a la Real Colegiata de San Isidoro.
En el casco histórico de la ciudad actual todavía se distinguen elementos de aquella ordenación urbanística en forma de recinto rectangular organizado en torno a dos vías primordiales (Principalis y Decumana), facilitando el reparto del espacio en forma de retícula. El conjunto estaba protegido por una muralla defensiva dotada de cuatro puertas situadas en los extremos de dichas calles principales.
Con la decadencia imperial llegó el declive, hasta que la repoblación desde el reino astur del siglo IX promovió su prosperidad, llegando a erigirse en la capital del reino de León.
Ha llegado el momento de volver A-Roma, a través de un viaje en el tiempo hacia el León del Imperio romano y escuchar cómo la historia aún resuena entre sus piedras milenarias, siguiendo los pasos del león rampante, símbolo heráldico de la ciudad y uno de los más antiguos de Europa, porque guarda el secreto de las legiones que aquí se asentaron a través de la visita guiada al León romano.
Pisaremos la misma tierra que los soldados imperiales, recorreremos sus murallas, imaginaremos el clamor popular del anfiteatro y el sosiego de las termas, cuyos restos se extienden bajo los cimientos de la catedral. Descubriremos mil detalles arqueológicos que guardan la herencia de aquel campamento militar, muchos de los cuales se exponen en el magnífico Museo de León. Una aventura que comienza en el Centro de Interpretación del León Romano, ubicado en la emblemática casona de Puerta Castillo, donde se revive la gloria del ejército imperial y la vida cotidiana que floreció a su alrededor.
Numancia
El año 133 a.C. es una fecha mítica en la historia de la Península Ibérica. Después de quince meses de asedio y dos guerras de conquista que se prolongaron por espacio de más de dos décadas, los ejércitos romanos entraban en Numancia, “el terror de la república”, la cabeza de la resistencia de los arévacos y la ciudad insignia de la cultura celtibérica. Para tomar este imponente castro aupado a un collado rocoso y amurallado con piedra y adobe, Roma debió utilizar un cerco en el que participaron siete campamentos y un muro de más de nueve kilómetros, convocando al más famoso general de la república, Publio Cornelio Escipión “el Africano”, vencedor de Cartago.
El asedio por hambre y agotamiento, que también dramatizó Cervantes, concluyó con la romanización del lugar y la reconstrucción urbana según los patrones latinos: calles rectas y ortogonales con viviendas rectangulares de mayor amplitud convivieron, sin embargo, con modos de vida y construcciones autóctonas. Todo ello puede apreciarse hoy día tanto en los restos arqueológicos como en las reconstrucciones didácticas que en ambos casos hacen de Numancia uno de los yacimientos más señeros de la región.
Entre los restos más elocuentes destaca la muralla, con sus monumentales puertas, una gran mansión romana de peristilo, las casas indígenas y los aljibes para garantizar el abastecimiento de agua.
La actividad pública de la ciudad decayó en el siglo III, como sucedió en casi todos los enclaves imperiales hispanos, y, pese a ocupaciones circunstanciales visigoda o románica de culto, el lugar se despobló definitivamente a comienzos de la Edad Media para sumirse en la bruma de la leyenda.
El yacimiento cuenta con una sala de apoyo y el Aula Arqueológica de Garray escenifica muy adecuadamente la historia del cerco y de ambos contendientes, mientras que el Museo Numantino, en realidad el museo provincial de Soria, conserva tanto su añejo nombre como los vestigios más relevantes de esta cultura, a la que se dedica especialmente.
Ciudad celtíbero-romana de Tiermes
La ciudad arévaca de Tiermes tiene una historia paralela a la de Numancia. Recinto inquebrantable durante parte de las guerras celtíberas, fue doblegado el año 98 a.C. y su población, como era costumbre romana, obligada a habitar las tierras bajas de la vega para abandonar la posición estratégica tan favorable. De esta manera, hoy día la mayor parte de las construcciones que han perdurado son de adscripción romana, pues la ciudad de Tiermes se mantuvo durante el bajo Imperio, sobrevivió al dominio islámico y a los primeros siglos medievales. De aquellas fechas queda la ermita románica de Nuestra Señora de Tiermes del s. XII con bellos capiteles historiados.
Pero lo que sin duda singulariza esta ciudad es el peculiar uso de la dúctil arenisca que sirve de fundamento a las construcciones, cuya facilidad de talla ha permitido que muchas de ellas se hayan labrado en la propia piedra, conformando una arquitectura rupestre, casi troglodítica en ocasiones, de gran belleza plástica y originalidad.
Las viviendas semirrupestres excavan su parte trasera aprovechando una ladera y completan la edificación con mampostería, logrando así un mayor aislamiento para enfrentarse al duro clima soriano, mientras que muchos otros elementos eran más sólidos y económicos si se tallaban directamente excavando la roca. Entre estos destacan los dedicados a traer el agua a la ciudad, en especial un castellum aquae o cisterna de decantación y un acueducto que perfora, corta o sobrevuela la piedra. Estas infraestructuras dieron respuesta a una de las preocupaciones del mundo romano, la de la salud pública mediante el empleo del agua. Otras construcciones de interés son el sugestivo graderío, una serie de bancadas superpuestas excavadas en la roca, cuyo uso pudo ser el de un teatro o lugar de espectáculos públicos, pero también el de un lugar de reunión para actos comunitarios. Edificios de más de tres pisos, una muralla imponente, canales y hornacinas por doquier, calles amplias, una casa de 35 habitaciones en varios niveles llamada la “casa del acueducto”, un foro o espacio público predominante con las tabernae de un mercado y un templo… una ciudad en plena posesión de una destacada personalidad nutrida de la piedra que la cobija y del agua que aún parece discurrir por sus canales.
Fuerte romano de Petavonium
Entre las localidades zamoranas de San Pedro de la Viña, Rosinos de Vidriales y Santibáñez de Vidriales aún resuenan en el imaginario los posibles sonidos de la maquinaria militar de Roma en Hispania.
En ese límite con la provincia de León se asentó a finales del s. I a.C. la Legio X Gemina tras finalizar las Guerras Cántabras, casi seis mil soldados que construyeron un recinto campamental de unas diecisiete hectáreas, descubierto gracias a las fotografías aéreas y al hallazgo de objetos como un monumental brazo de bronce, hoy expuesto en el museo de Zamora. El control estratégico de mercancías por la vía Bracara Augusta (Braga) y Asturica Augusta (Astorga) y, por ende, el del oro de Las Médulas y los abastecimientos relacionados provocaron que, cuando ese cuerpo militar acude al “limes” del Rin, sea sustituido por la unidad de caballería del Ala II Flavia Hispanorum civium Romanorum. Esta unidad de caballería auxiliar compuesta por quinientos jinetes hispanorromanos permaneció en el campamento hasta el siglo III d.C. y fue la encargada de levantar un campamento de menores dimensiones dentro del campamento primitivo.
Actualmente puede reconocerse el muro defensivo de este último provisto de un terraplén interior que facilitaba el acceso a la zona superior en caso de defensa. Torres y puertas, almacenes, cocinas, aljibes para recoger el agua de lluvia, calles y barracones (contubernia) son reconocibles, algunos de ellos reconstruidos para la visita, lo que permite hacerse una idea cabal de la vida castrense, apoyada por la disponibilidad del Aula arqueológica en Santibáñez de Vidriales. Es la otra cara de la moneda del modo de vida astur, pero en ambos casos han dejado cicatrices que aún recorren la tierra como recuerdo de una contienda hoy olvidada.
A-Roma nos lleva a Petavonium, uno de los vestigios más excepcionales de Roma en el noroeste peninsular para revivir el periodo imperial más épico que moldeó Hispania.
Los caminos A-Roma están abiertos y con una investigación meticulosa y una narrativa atractiva, el pasado despierta y se revitaliza con autenticidad y relevancia para que este viaje deje una huella única en ti.