LAS MÉDULAS

Un hito de la historiografía minera

Texto: José Manuel Gutiérrez
Fotografías: José Manuel Gutiérrez / Cardinalia Comunicación

… y allí, donde un día la codicia humana resquebrajó las entrañas de la tierra, hoy se levanta un paisaje casi irreal, desafiante, enigmático y atractivo, en el que los clamores de un silencio secular dibujan en el aire el frenesí de aquellos que esculpieron un territorio preñado de riquezas con las que alimentar la gloria de Roma.

“La tierra es arrastrada por los ríos y las mujeres, después de amasarla, la lavan en tamices tejidos en forma de cesta para extraer el oro”. Así describe el geógrafo griego Posidonio la técnica empleada por las aureanas, buscadoras de oro que poblaban las riberas de los ríos del noroeste de la Península Ibérica en el siglo I antes de Cristo. Testimonios de esta naturaleza y el hallazgo de objetos de época prerromana, elaborados por hábiles orfebres, constituyen el claro exponente de que las tribus astures que habitaban este rincón berciano ya explotaban los yacimientos auríferos antes de la llegada de Roma.

Los “picachos”, formaciones típicas de Las Médulas

¿Quiénes eran estos antiguos pobladores de la tierra que hoy nos regala tanta belleza? Esta vez se hace necesario citar los textos de Estrabón, pues su meticulosidad a la hora de recopilar el modo de vida de los pueblos sometidos constituye una fuente documental inagotable, legándonos narraciones tan interesantes como esta: «Todos los habitantes de las montañas son sobrios, no beben sino agua, duermen en el suelo y llevan los cabellos largos al modo femenino, pero en la guerra se lo sujetan con una cinta o turbante. Al dios Ares sacrifican cabrones, caballos y cautivos. Practican los ejercicios corporales, luchas, carreras y simulacros de batallas en línea. En las tres cuartas partes del año no se nutren sino de bellotas y castañas que, secas y trituradas, se muelen para obtener harina. Beben zythos, bebida derivada de la fermentación de granos ante la escasez de vino, el cual, cuando lo obtienen, es consumido rápidamente en grandes festines familiares.

Los hombres utilizan vestidos y capas negras en las que se envuelven para dormir en sus lechos de paja. Las mujeres llevan vestidos con adornos florales. En el interior, en lugar de moneda practican el intercambio de especies o de metales preciosos…

A los parricidas se les mata a pedradas fuera de los poblados y a otros criminales los arrojan desde altas peñas… Primitivamente usaban cueros henchidos para cruzar ríos y lagos, pero después de la expedición romana de Bruto empezaron a usar embarcaciones construidas con troncos horadados… Son pueblos muy guerreros y de costumbres duras y primitivas debido principalmente a su aislamiento, ya que las vías de comunicación para llegar hasta ellos son prolongadas y penosas…»

No obstante y a pesar de estar considerados pueblos bárbaros, no es menos cierto que los historiadores romanos les dan el rango de pueblo al existir una clara estructura social. Este mismo ordenamiento es el que determina el urbanismo de los poblados, cuyos trazados obedecen a las directrices de la tipología de la Cultura Castreña del Noroeste. El núcleo es “el castro”, es decir, un caserío fortificado y levantado en una posición topográfica dominante desde el que poder controlar visualmente el territorio circundante. En el recinto de intramuros se construían las viviendas con piedra local y techumbre vegetal, en cuyo interior se desarrollaba la actividad doméstica y la especializada economía familiar.

La llegada de Roma

Hacia la mitad del siglo I antes de Cristo y después de dos centurias de ocupación de la Península Ibérica todavía quedaba sin romanizar el cuadrante noroccidental, tierras astures de atormentada orografía y climatología extrema, cuyos pobladores eran considerados como enemigos agresivos y violentos, según los historiadores de la época.

Las constantes escaramuzas que venían teniendo lugar desde mediados de la centuria anterior ya habían puesto en contacto a los nuevos inquilinos de Hispania con las tribus más septentrionales, pero no sería hasta el año 29 antes de Cristo cuando iniciará su andadura la maquinaria militar romana de manera intensiva. Fue la determinación del emperador Augusto por no dejar lagunas sin civilizar en las tierras imperiales y el interés despertado por las riquezas del subsuelo, según desvela el historiador romano Floro “…favorecía este designio la naturaleza del país, pues toda la región contenía en abundancia oro, borax, minio y otros productos”, lo que desencadenó el inicio de contundentes campañas bélicas que no terminarían hasta el año 19 antes de Cristo con el total sometimiento del extremo noroeste peninsular.

Al frente del ejército que subyugó al pueblo astur se encontraba el general Carisio, quien los derrotó primero en la ciudad de Lancia, muy cerca de la actual ciudad de León, para continuar con la que sería la batalla definitiva del Mons Medullius que algunos historiadores sitúan en algún paraje cercano a Las Médulas. Una vez más los historiadores romanos Floro y Orosio, a modo de notarios de su tiempo, describen la manera con que los astures, para no convertirse en esclavos, dieron fin a la contienda: “…en medio de un festín, se dieron muerte con el fuego, la espada y el veneno que aquí extraen de los tejos”.

Las Médulas desde el Camino Real

Un país convertido en yacimiento

Así fue como la mano de Roma convirtió un territorio libertario, cuyas entrañas eran un inmenso filón de oro, en parte de una provincia oligárquicamente sujeta al poder establecido y de la que extrajo ingentes cantidades del preciado metal.

“Ordenó Augusto explotar el suelo. Así, trabajando penosamente bajo la tierra, los astures comenzaron a conocer sus propias riquezas al buscarlas para otros”, según describió Floro lo ocurrido al finalizar la guerra.

La romanización y la explotación de las minas de oro en régimen de monopolio estatal supusieron, además de la transformación del paisaje, toda una revolución social, económica y tecnológica. Se fundaron notables ciudades como León o Astorga, a la que Plinio el Viejo calificaría como “urbs magnifica” al convertirse en la capital administrativa de las cuencas mineras del noroeste y punto de partida de importantes calzadas por las que se exportaría el oro hacia las principales urbes y puertos de la Península.

La permanente presencia de un importante contingente militar en la zona, además de garantizar la seguridad, sirvió de apoyo técnico en la construcción de infraestructuras como, por ejemplo, los canales que traían el agua desde largas distancias. Se construyeron poblados mineros y metalúrgicos para abastecer las necesidades de la explotación y se impulsaron los asentamientos humanos en los castros ya existentes. Se importaron nuevos métodos de producción agrícola y manufacturera. Significó, en definitiva, un complejo cambio de las costumbres y una modernización de la forma de vida de los astures, dejando atrás la economía de subsistencia, la autarquía y, en algunos aspectos, el primitivismo.

Canal romano de Pena Escribida

En el entorno de Las Médulas se han reconocido varios asentamientos de distintas cronologías y funciones que estructuraron esta metrópolis minera a lo largo del tiempo. Un ejemplo claro de poblado de tipo astur es El Castrelín de San Juan de Paluezas, cuyas cabañas circulares, protegidas con muralla, se dotan a menudo de talleres artesanales que muestran la vida de los pueblos prerromanos antes de la actividad industrial, o el castro de Borrenes, cuya construcción se vio mediatizada y atajada por la aparición del poder romano.

Un poblado de época romana, el de Orellán, nos sitúa ante un panorama de especialización característico del Imperio, pues las viviendas, ya de planta cuadrangular y distribuidas según un esquema urbanístico ortogonal, se acompañan de hornos de fundición para la confección de herramientas de hierro. Refleja así un modelo de explotación que tiene su complemento en el yacimiento de Las Pedreiras, residencia señorial atribuida a uno de los administradores del complejo minero que contaba con los lujos distintivos de una mansión romana: estancias alrededor de un peristilo o patio porticado, paredes estucadas y policromadas, etc.

Castro de Borrenes

Este viaje en el tiempo, lejos de pretender dar lecciones de historia, lo considero interesante para entender bien el contexto y las razones que dieron lugar a Las Médulas, ese tesoro cultural y medioambiental Patrimonio Mundial y único en Europa que el fuego del verano pasado no consiguió destruir. Así, el viajero que se acerque sentirá el privilegio de caminar sobre las huellas de los romanos que, con sabiduría y ambición, exprimieron muchos millones de metros cúbicos de roja tierra para extraer casi todo el oro que guardaba. Tras de sí quedó un paisaje devastado pero generoso, escarpado pero fértil y con una belleza innata que trasciende mucho más allá de los hombres y de su historia.

La Ruina Montium escultora de Las Médulas

“…hechas cuevas por largos espacios, cavan los montes con luces de candiles, y ellas mismas son la medida del trabajo y vigilias, y en muchos casos no se ve el día” “… las cabezas de los arcos se abren y hienden y dan señal de ruina. Y sólo la conoce aquel que es vigilante en la altura del monte. Este, con la voz y golpes, manda a los obreros que de presto se aparten…” “…quebrantado el monte cae por sí mismo, con tan grande estruendo y viento que no puede ser concebido por la mente humana…”. 

Así detalla el geógrafo y naturalista romano Plinio el Viejo en su obra Naturalis Historia el procedimiento de extracción de oro en algunos yacimientos del territorio astur, alcanzando su máxima expresión en Las Médulas. Consistía esta técnica en la excavación manual de una compleja red de pozos y galerías en los que, de forma repentina, se soltaban importantes cantidades de agua que, debido a la erosión y al efecto de golpe de ariete, producía el derrumbe de buena parte de la montaña. Por el contrario, cuando la perforación alcanzaba un núcleo de roca viva se hacían necesarios otros procedimientos como la aplicación de fuego y vinagre para desmenuzarla, lo cual producía un denso humo y vapor que ahogaba a los mineros. Para evitarlo se recurría a la utilización de mazas de hierro de casi cincuenta kilogramos de peso, sacando al exterior los pequeños fragmentos de forma manual, de mano en mano durante el día y la noche.

Túneles que conducen a la Galería

Paralelamente los yacimientos aluviales eran explotados por el procedimiento denominado “arrugia”, consistente en la construcción de grandes depósitos hidrológicos en las cotas superiores al filón, desde los que partían una serie de canales que conducían el agua necesaria para arrastrar la tierra hacia los lavaderos de las zonas más bajas.

Derrumbada ya la montaña y separadas las rocas, el barro es conducido hasta pequeños estanques que hoy se antojan como bellos rincones como el sugerente lago Somido en las cercanías de Las Médulas o el generoso de Carucedo. Las fosas eran construidas en forma de gradas que se recubren de arbustos ásperos para retener el ansiado metal y una vez secos los matojos se procedía a quemarlos para lavar posteriormente las cenizas y separar del oro.

Lago Somido con Las Médulas al fondo

Otro ejemplo curioso por lo infrecuente es la cueva de La Palombeira. Un poco alejada del núcleo de Las Médulas, pero parte del mismo complejo minero, es una larga galería que en algunos puntos llega a más de treinta metros de altura excavada en piedra pizarrosa. En un principio se pensó que podría ser un túnel de desagüe, pero estudios más recientes han confirmado que se trata de una mina de oro sin desechar la hipótesis de otros minerales dadas las características diversas de las rocas.

Cueva de La Palombeira

Resulta especialmente difícil calcular cuánto beneficio obtuvo Roma de la cuenca berciana, la más importante de la historia, pues los estudios más recientes no aportan una cifra clara. De nuevo, Plinio el Viejo llegó a estimar la producción en 20.000 libras, unos 6.540 kilogramos anuales, lo que representaría alrededor de casi un siete por ciento de los ingresos totales del erario romano.

Pero nada de esto hubiera sido posible sin el empleo de ingentes cantidades de mano de obra. Si bien en un principio se recurrió al empleo de esclavos nativos, posteriormente se dio paso al empleo de hombres jurídicamente libres, pero obligados a trabajar sin salario ni manutención en concepto de pago del tributo devengado por la conservación de sus derechos sobre la tierra. Tal era el grado de explotación humana que Silio, otro autor de la época, denomina “pallidus” a los mineros por el color de su piel en contacto permanente con la tierra rojiza. Coincide con la apreciación que hace Floro sobre los astures, de los que dice que son “más amarillos que el metal que buscan”.

Así continuaron llegando los lingotes de oro berciano a Roma hasta que en el siglo III de nuestra era se comenzaron a clausurar las minas del noroeste. La crisis económica que azotaba el ya decadente Imperio y el abandono del preciado metal como patrón oficial de la moneda significaron el abandono de la actividad minera de forma irreversible, entregándonos a las generaciones venideras un legado histórico y paisajístico sin precedentes.

Sin discusión posible, el referente universal de la actividad minera romana lo constituye el paraje de Las Médulas. En palabras del escritor Enrique Gil y Carrasco, son un paisaje “de aspecto peregrino y fantástico por los profundos desgarrones y barrancos de barro encarnado…”. Esta obra gigantesca de la ingeniería romana hoy se presenta como un cuento de hadas del que brotan historias y leyendas de buscadores de oro.

Desde el mirador de Orellán, en el vertiginoso límite de un barranco de cien metros de altura, el espectáculo es de una belleza difícil de describir, mientras que desde el mirador de Pedrizas o de las Medulillas de Yeres se puede apreciar la magnitud de la obra ahora que ya sabemos un poco más de su origen.

Las Médulas desde el mirador de Orellán

En el fondo, el gran circo con su suelo tapizado por miles de castaños, muchos de ellos centenarios y sobrevivientes al último incendio, sostiene un ejército de sugerentes picachos rojizos de figuras caprichosas, dando volumen al punto de fuga visual, nos lleva al pueblo de Las Médulas, pequeña y típica aldea berciana desde la que se puede iniciar un atractivo recorrido por el fondo del yacimiento siguiendo la circular senda de las Valliñas. A lo lejos, perdidos en la distancia, se extienden los llanos en los que se asentaron los lavaderos y donde hoy se localiza el entrañable lago Somido y al fondo del valle el enorme lago de Carucedo, fuente de mil y una leyendas.

Iglesia del pueblo de Las Médulas

Cerca del mirador de Orellán parte un camino descendiente hasta el pueblo entre castaños centenarios y tierras de labor por el que es fácil abandonarse bajo la estela de los pináculos, testigos de la altura que tenían la montaña antes de la actividad minera. Al final del recorrido es inevitable exclamar un suspiro de admiración al llegar a las bocaminas de La Cuevona y La Cueva Encantada, donde cuenta la leyenda que vive la bruja que cuida del tesoro de la montaña. Sus casi veinte metros de altura nos aportan una referencia real del trabajo del agua para desgastar los túneles y provocar la ruina montium. 

La Cuevona en la Senda de Valiñas

Tanto desde el mirador de Orellan como desde el pueblo de Las Médulas siguiendo el Camino Real se puede iniciar un recorrido por la senda perimetral a la explotación que nos lleva hasta el Campo de Braña, a donde llegaban los acueductos y donde se conservan varios tramos de canales, para continuar a las Medulillas de Yeres y su espectacular panorámica del resto de Las Médulas. Para los más enérgicos y tras una subida de algo más de novecientos metros, el mirador de Reirigo es un imprescindible por sus maravillosas vistas del yacimiento en todo su esplendor y de los montes Aquilianos que tanta agua aportaron a la extracción de oro.

La ruta senderista está jalonada de elementos muy interesantes como el bosque mediterráneo que la envuelve con una rica variedad botánica de encinas, castaños, alcornoques, madroños, quejigos y rebollos, además de las huellas de la minería representadas por las enormes acumulaciones de piedras, denominadas murias y las galerías perceptibles en muchas laderas.

Paseo por los alrededores del mirador de Reirigo

Sin los canales Las Médulas no existirían

La puesta en escena de toda esta infraestructura requería no pocas inversiones precedentes. El agua, elemento fundamental para el empleo de estas formas de explotación, no siempre estaba al alcance. El mencionado Plinio el Viejo cuenta que “existe otra labor más costosa todavía, y es traer ríos desde las cimas de los montes para lavar este derrumbamiento, a veces desde cien millas de distancia”.

Para paliar el problema del suministro constante de agua que la explotación necesitaba, los romanos realizaron en este territorio una obra hidráulica sin precedentes en todo el Imperio, llegando incluso a realizar el primer trasvase de agua de la historia entre dos cuencas fluviales: la del Duero y la del Sil.

Se construyó una completa red de canales y acueductos que permitieron captar el líquido elemento de los neveros, fuentes y arroyos superando algunas veces cotas cercanas a los dos mil metros de altitud.

Esta misma técnica fue la que permitió captar agua en la cabecera del río Eria, perteneciente a la cuenca del Duero, para entregarla al río Cabo, cuyas aguas son entregadas al Sil, ambos en la comarca de El Bierzo.

Canal romano de Yeres

En total se construyeron alrededor de mil kilómetros de canales que garantizaban el permanente flujo de las decenas de millones de metros cúbicos necesarias para mantener la actividad minera. Estas conducciones discurren por las faldas de los montes Aquilianos, por el entorno de las Médulas y por la cara oeste de la sierra del Teleno, pero todos con un mismo fin: abastecer de agua al yacimiento aurífero. Actualmente hay más de cien kilómetros de senderos señalizados que discurren por diferentes canales, siendo el principal el GR-292, un gran recorrido que une el paraje de Campo de Braña, junto a las Médulas con la localidad de Llamas de Cabrera en las faldas del pico de la Cruz. A lo largo del mismo hay diferentes variantes que invitan a conocer otros puntos de interés de esta compleja red hidrológica, al igual que ocurre con el resto de los kilómetros de canales que vertebran este rincón de la comarca berciana.

Otro punto interesante y recientemente acondicionado es el lecho del canal romano de Yeres, al que se accede en un cruce de la senda perimetral muy próximo al inicio de la subida al mirador de Reirigo. En los quinientos metros de longitud se puede apreciar el matemático trazado del canal para sortear las laderas, además de algunos cortes en la roca en los que se puede apreciar el nivel que tenía el agua. Y si tenemos suerte, tal vez nos sorprenda la compañía de algún habitante de los bosques.

Algunos de los escenarios descritos en este reportaje sufrieron el cruel azote del fuego el pasado verano de 2025, pero el embrujo y el valor cultural de Las Médulas han permanecido inalterados, por lo que algunas fotografías pueden diferir un poco de la realidad actual. Afortunadamente, los recientes estudios realizados por técnicos del Centro Superior de Investigaciones Científicas (CESIC) han determinado que el daño no es irreversible y que, con un poco de ayuda de la mano del hombre y la acción de la propia naturaleza, este hito de la historia volverá a lucir muy pronto con todo su esplendor. Pero no por ello debemos dejar de visitarlo y disfrutarlo.

 

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Texto: José Manuel Gutiérrez
Fotografías: José Manuel Gutiérrez / Cardinalia Comunicación