“Concebido como espacio de reflexión sobre la herencia indígena de la nación mexicana, está considerado un referente global en el estudio de la humanidad.” Estas son las razones que argumentó el jurado para concederle el Premio Princesa de Asturias de la Concordia 2025, además de establecer un diálogo poético entre la arquitectura prehispánica y la contemporánea.
Inaugurado el 17 de septiembre de 1964 con la misión de investigar, conservar, exhibir y difundir las colecciones arqueológicas y etnográficas más importantes del país, este icono de la arquitectura urbana del siglo XX diseñado por el insigne arquitecto Pedro Ramírez Vázquez condensa en sus cuarenta y cinco mil metros cuadrados la rica herencia indígena mesoamericana.
A lo largo de sus once salas arqueológicas con más de siete mil setecientas piezas se establece una narrativa con el crisol multicultural mexicano, donde las luces y las sombras recrean ambientes entre lo mágico y lo tenebroso. Así, el dramatismo de la historia o la monumentalidad de piezas tan importantes como la Piedra del Sol, también conocida como Calendario Azteca, la Coatlicue, la Piedra de Tízoc, las cabezas colosales de la cultura olmeca de unas quince toneladas y consideradas piezas clave de la cultura madre mesoamericana de la zona de Veracruz, datadas unos 3.000 años antes de Cristo o el Disco de Mictlantecuhtli cobran un especial protagonismo en el diálogo entre pasado y presente.
En las cinco salas etnográficas se exponen más de cinco mil setecientos objetos, una generosa colección de alto valor inmaterial por lo que significan respecto a la cosmovisión y a la vida cotidiana de los pueblos indígenas que habitaron el actual territorio mexicano.
Un hito mundial
En el corazón del bosque de Chapultepec, el espacio natural urbano más grande de América, se extiende el Museo Nacional de Antropología, reconocido como uno de los diez más importantes del mundo en su género. Una vista aérea del recinto da la medida de sus gigantescas dimensiones.
“Entrar al Museo de Antropología es penetrar en una arquitectura hecha de la materia solemne del mito”, dijo el Nobel mexicano Octavio Paz, quien afirmó que era lo más parecido a un templo, porque tiene dos alas y al fondo, como en un altar, la Piedra de Sol, mientras que el paraguas gigante del patio central, sostenido por una sola columna de once metros, filtra la luz como los antiguos templos mayas, al tiempo que sostiene una de las cubiertas colgantes más grandes del mundo.
En el patio central un estanque es un guiño al pasado lacustre de la capital del imperio mexica, la Gran Tenochtitlan, actual Ciudad de México.
El museo está pensado para que el visitante se abandone a un pasado representado en una monumental estructura simétrica de piedra que evoca los antiguos espacios ceremoniales precolombinos. “Indigenismo y modernismo”, como lo calificó el antropólogo Claudio Lomnitz.
“Nuestro sol se ocultó, pero sabemos que otra vez volverá.” Esas palabras pronunciadas por Cuauhtémoc, el último monarca mexica días antes de ser apresado por Hernán Cortés, resuenan premonitorias ante lo que significa este museo con su ambicioso diseño, sus dimensiones colosales y la riqueza de sus colecciones, convirtiéndolo en uno de los grandes e importantes del mundo.
El sol representaba para los mexicas tanto la creación como la destrucción del mundo. La Piedra de Sol o Calendario Azteca, un enorme monolito de veinticuatro toneladas y tres metros con sesenta y cinco centímetros de diámetro tallado sobre una piedra volcánica en forma de rueda, es el menor ejercicio de síntesis de esa concepción circular del tiempo en el periodo prehispánico. Su grafismo describe los movimientos de los astros y algunos ciclos en donde los meses duran veinte días, los años dieciocho meses y los siglos cincuenta y dos años.
Primeramente, fue colocada a un costado de la catedral, luego enterrada bajo tierra por los curas españoles y tiroteada por los soldados estadounidenses durante la invasión del siglo XIX, pero finalmente se rescató y resguardado para convertirse en una de las joyas de la cultura universal.
Resulta especialmente interesante el sarcófago de Pakal, el gran gobernante maya. En su lápida el monarca vuelve desde el inframundo como una semilla de maíz que brota de la tierra en forma de mazorca.
O la reconstrucción de la fachada frontal de un templo teotihuacano, la misteriosa civilización antecesora de los mexicas. En concreto, la pirámide de Quetzalcoatl, la serpiente emplumada, un mito hecho de otros mitos, una figura que recorre todas las épocas y que encarna la fusión panteísta del cielo representado por el pájaro quetzal y la tierra por la serpiente.
México es un crisol de culturas, moldeado a lo largo de los siglos por la sabiduría, la creatividad y la resistencia de sus pueblos originarios, afrodescendientes y migraciones diversas. Cada lengua hablada, cada territorio habitado y cada expresión cultural han tejido una identidad nacional rica y en constante evolución, donde la memoria colectiva se convierte en el alma de la nación.
En palabras del presidente de México, Adolfo López Mateos, en cuyo mandato se edificó «El pueblo mexicano levanta este monumento en honor de las admirables culturas que florecieron durante la era Precolombina en regiones que son, ahora, territorio de la República. Frente a los testimonios de aquellas culturas, el México de hoy rinde homenaje al México indígena en cuyo ejemplo reconoce características de su originalidad nacional.»