EL MOSAICO SEFARDÍ CACEREÑO

Un viaje a la herencia judía

Texto: El Arte de Viajar en Moto
Fotografías: Cardinalia Comunicación

Es imposible encontrar un país fuera de Israel en el que el judaísmo haya jugado un papel tan importante en la cultura y en el discurso de la historia, como lo hizo en España hasta la expulsión decretada por los Reyes Católicos en 1492. Recorrer en moto estos escenarios de la provincia de Cáceres es adentrarse en ese momento clave de la historia, justo en el cambio de era y de la sucesión de acontecimientos que marcaron el curso de siglos venideros, entre paisajes únicos y rincones urbanos ensoñadores.

Aunque las primeras referencias de la existencia de pobladores sefardíes en Extremadura se remontan al s. I d. C. tras la expulsión de los judíos de Jerusalén ordenada por el emperador Tito, no es hasta el siglo XIII cuando se tiene constancia documental del aumento de estas comunidades. Extremadura fue una de las pocas regiones que escaparon de los disturbios contra los judíos del año 1391 que se iniciaron en Sevilla, extendiéndose a buena parte de España. Esto propició su exilio y el posterior asentamiento, principalmente, en lo que hoy es la provincia de Cáceres, con especial importancia de las aljamas de Cáceres, Trujillo, Plasencia y Hervás.

Una canción popular sefardí dice “¿qué va a ser de mí? en tierras extranjeras voy a morir”, una nostálgica composición de 1492, momento en el que fueron expulsados de España, que se volvió a escuchar en los campos de exterminio alemanes durante la II Guerra Mundial. La dramática brecha que su marcha significó para el desarrollo social y económico de la joven España, sumida en el integrismo y la mediocridad de sus gobernantes, supuso para el progreso un paso atrás con una sombra muy larga.

Pese a ello, su legado cultural, artesanal, gastronómico y del conocimiento, además de los trazados urbanos de los barrios que se vieron forzados abandonar, de las composiciones literarias de Lope de Vega, de las Leyendas de Bécquer y de las novelas de Galdós y Blasco Ibáñez nos recuerda que dieron forma a una parte de nuestra historia que no podemos olvidar.

Con el absoluto respeto a la historia y la admiración hacia aquellas gentes no siempre tratadas con justicia, nos disponemos a poner en marcha nuestras motos para hacer un recorrido circular de unos setecientos kilómetros aproximadamente que, partiendo de una de Hervás, nos acerca los más importantes hitos de la presencia judaica en la provincia de Cáceres. Pero, aunque este sea el hilo conductor de este sugerente viaje, hecho en invierno para disfrutar más de la intimidad que esta tierra lleva en su esencia y para poner en valor que no importa la estación del año para disfrutar de la provincia cacereña, nada nos impide disfrutar los otros muchos atractivos que jalonan la ruta.

Arranca una ruta de ensoñación

Hervás, a los pies de mágicas montañas y en el vergel que recrea el río Ambroz y que según la tradición fue fundada por los templarios, es el punto de partida de este increíble viaje en moto por las páginas de la historia sin dar tregua ni opción para que los sentidos se relajen. 

Su judería, una de las más hermosas de este país, mantiene nítidas las señas de identidad de su pasado, conservando incluso la artesanía de entonces basada en la manufactura del cuero, la madera, la forja o el vidrio.

Recorriendo su casco viejo es imposible resistirse a la evocación emocionante de lo que fue y de lo que significo. Sus calles y rincones flanqueados por esplendidas casas tradicionales construidas con entramado de castaño y adobe son un ejercicio magistral de sabiduría. Mantenidas perfectamente durante siglos, pues aquí la conversión fue masiva evitando el éxodo sefardí y garantizando la pervivencia de su cultura, el serpentín de casas atrapa la mirada, sobre todo en la actual calle Rabilero, en cuyo número 19 se cree que estaba la sinagoga, y en sus alrededores, provocando un auténtico viaje en el tiempo.

La judería de Hervás está declarada Conjunto Histórico-Artístico y es uno de los barrios judíos mejor conservados de España, esforzándose incluso por homenajear su pasado judío dedicando una calle a la «amistad judeo-cristiana» y, sobre todo, con una recuperación y restauración extremadamente cuidada de ese casco viejo.

Todo el barrio medieval de Hervás está decorado con símbolos como la Estrella de David o menorás, que recuerdan permanentemente su pasado sefardí, pero quizá el momento más vistoso sea durante el festival Los Conversos, que se celebra todos los años en los primeros días de julio con diversas actividades y, sobre todo, una gran representación teatral sobre el momento histórico de la expulsión que tiene como inmejorable escenario la ribera del río Ambroz, en el límite del barrio medieval.

No podemos dejar Hervás sin probar la deliciosa repostería judía sabiamente recuperada, ni olvidarnos de una visita al Museo Pérez Comendador-Leroux, en cuyas salas del palacio Casa de los Dávila, disfrutaremos de buena parte de la producción escultórica de Enrique Pérez Comendador (Hervás, 1900-Madrid, 1981) y la pintura de su mujer, la pintora francesa Magdalena Leroux (París 1902- Madrid 1985).

Otra de las sorpresas que depara la joya hervasense es el museo de la Moto y el Coche Clásico, un sueño de Juan Gil Moreno que, enamorado de su pueblo, hizo realidad creando este espacio museístico para albergar una de las mejores colecciones de coches y motos europeas y americanas fabricadas entre 1920 y 1970.

Barrio judío de Hervás

Apenas media hora de camino nos separa de nuestro siguiente destino, la Noble, Leal y Benéfica Ciudad de Plasencia fundada por Alfonso VIII de Castilla en 1186. Poco después se documenta la primera comunidad judía con cierta autonomía, derechos y administración de justicia que se impartía en el tribunal que se reunía en la puerta de la iglesia de San Nicolás.

Durante varias centurias la comunidad judía habitó mayoritariamente la zona conocida como de la Mota, concretamente el espacio que actualmente ocupa el Parador de Turismo, en el antiguo Convento de San Vicente, alrededor de la sinagoga, aunque otras familias judías que residían en lo que hoy son las calles Trujillo y Zapatería, así como en la Plaza Mayor. De las dos sinagogas que hubo sólo se conservan algunos restos bajo el Parador de Turismo y en lo que hoy es el bello palacio renacentista de Carvajal Girón

Plasencia es tan monumental que fácilmente eclipsa los detalles, pero en su conjunto es hechizante, sobre todo al pasear sus recoletas calles y rincones en los que se respiran aromas de aljama venidos de las cocinas de algunos restaurantes que elaboran comida sefardí.

Sin duda la joya de la judería lo encontramos en extramuros, en la zona conocida como El Berrocal donde se halla el cementerio judío con decenas de tumbas antropomorfas excavadas en la roca y mirando a Jerusalén perfectamente visibles.

Más allá de la huella judía, Plasencia es un universo cultural que tiene su máximo exponente en las dos catedrales, una junto a la otra, en cuyas fachadas se transcribe la herencia cristiana de la ciudad, sin olvidar el interior de la seo Nueva con su majestuoso retablo y con el sublime ejercicio de talla del Coro de los Reyes Católicos.

Palacios, casas señoriales, la muralla, el acueducto y mil rincones, a los que se llega por sugerentes callejuelas llenas de encanto, son parte de un conjunto urbano que nos habla de siglos de historia que bien justifican el sobrenombre de “Perla del Norte”.

Antes de abandonar Plasencia merece la pena acercarse a la Plaza Mayor para visitar a Ana y Gloria, dos emprendedoras hermanas que pusieron en marcha Plasencia Sabores, una tienda gourmet donde encontrarás los mejor de Extremadura y algún producto de otras regiones; además de los sabores más deliciosos de la tierra extremeña sus vitrinas están repletas de cosmética, suvenires y artesanía.

Casco histórico de Plasencia

Coria es nuestro siguiente destino, la urbe más importante del noroeste cacereño, atesora entre sus muros el sugerente legado de dos mil setecientos años de historia.

“Al atardecer, se puso a la mesa con los doce” (Mateo 26,20) y, sobre aquella mesa, un mantel de lino blanco que acogía los alimentos y manjares con los que Jesucristo celebraría la Pascua y su Última Cena. Bienvenidos al lugar donde se custodia una de las reliquias más importantes de la cristiandad.

Nacida con el nombre vetton de Caura mantuvo su cultura hasta la ocupación romana y con ella su nueva realidad, pasando a ser denominada Caurium y convirtiéndose en una de las más espléndidas ciudades de la provincia de Lusitania.

En el siglo VIII, ya en poder musulmán, paso a denominarse Madinat Qüriya, plaza que por su enclave estratégico en el corazón del fértil valle del rio Alagón, fue codiciada durante siglos por árabes y cristianos hasta que en el año 1213 fue reconquistada definitivamente por el leonés rey Alfonso IX.

De todo aquel legendario pasado hoy la ciudad de Coria conserva un rico patrimonio que muestra todo su esplendor en el casco histórico declarado Bien de Interés Cultural en la categoría de Conjunto Histórico. Tanto la arquitectura religiosa como civil o militar tienen aquí magníficos ejemplos como la catedral gótico-plateresca construida entre los siglos XV y XVIII, en cuyo museo catedralicio se conserva el Sagrado Mantel de la Última Cena que según la tradición fue el usado por Jesús y sus apóstoles antes de la Pasión, iglesias como la de Santiago Apóstol o el convento de la Madre de Dios. La arquitectura militar encuentra sus mejores exponentes en las murallas romanas del siglo I, conservando algunas puertas originales como la de la Guía que posteriormente se modificó en el s. XVI para colocar el escudo de los duques de Alba y el Castillo de los Duques de Alba del s. XV.

Interesantes testimonios de arquitectura civil los encontramos en la Cárcel Real del s. XVII, en el palacio de los Duques de Alba del s. XV, así como en los puentes, tanto de piedra como de hierro. 

Otro interesante entramado urbano es el que delimita la plaza de la catedral con las calles Albaicín, Alojería y Las Cuatro Calles, pues ahí se localizaba la almaja judía, donde se sitúa la antigua casa de la Inquisición y bellos ejemplos de portadas clásicamente sefardís.

Entrando en el barrio judío de Coria

Por caminos imperiales

Proseguimos nuestro camino tras las huellas sefardíes en la provincia cacereña dejando atrás la ciudad de Coria y poniendo rumbo sur hacia Valencia de Alcántara.

Bajo un cielo azul intenso de belleza casi hipnótica y un aire que evoca tierras de frontera, entre campos de labor y dehesas cargadas de romanticismo que guardan magníficos ejemplos de arquitectura popular, las curvas se suceden manteniendo la coreografía que nos entretiene hasta que, de pronto, el puente romano de Alcántara fija nuestra atención, haciéndonos soltar gas, con su potente estampa.

Sin duda estamos ante uno de los máximos exponentes de la ingeniería civil romana. “El puente que permanecerá en pie por los siglos del mundo” tal y como reza en la inscripción del pequeño templo romano que antecede el acceso este, bien pudiera parecer una profecía. Construido en los primeros años del s. II d.C. en honor al emperador Trajano salvando el cauce del río Tajo a una altura de 58 metros, comunicaba los núcleos urbanos de la actual Cáceres con la antigua ciudad romana de Conímbriga en territorio portugués.

Los 194 metros de longitud se apoyan en seis arcos de sillares colocados con excepcional maestría y utilizando técnicas constructivas muy avanzadas para la época, lo cual justifica una vez más que haya llegado hasta nuestros días casi intacto.

En el centro del puente se alza un arco original de la época trajana, en cuya cara sur se colocó un escudo imperial en el sglo XVI rememorando la profunda restauración que se realizó por orden de Carlos V. El paso de los siglos y las huellas de las históricas contiendas dejaron mella en esta insigne obra, tanto en la Edad Media a causa de las batallas entre cristianos y musulmanes como durante la contienda contra las fuerzas napoleónicas, pero nada pudo con su magistral concepción y su brillante ejecución, por lo que ha llegado hasta hoy manteniendo la sobrecogedora estampa que tanto significa.

Puente romano de Alcántara

Valencia de Alcántara, asentada en medio de un entorno natural de alto valor ecológico en el que los protagonistas son los alcornoques y las encinas, allí donde el paisaje toma tintes internacionales entre España y Portugal, es el centro neurálgico de un territorio habitado desde hace miles de años. Así lo atestiguan los más de cuarenta dólmenes construidos en piedra en el periodo neolítico y calcolítico, constituyendo uno de los conjuntos megalíticos más importantes de Europa y declarado Bien de Interés Cultural.

Pero el casco urbano de Valencia de Alcántara guarda otras interesantes joyas culturales como el barrio Judío-Gótico que se extiende a lo largo de diez y nueve calles jalonadas por doscientas sesenta y seis portadas de estilo ojival, principalmente, aunque también tienen cabida otros estilos. Sus calles estrechas y largas de marcado carácter medieval delimitan la antigua aljama poblada desde el siglo XIII, en la que la imaginación recrea tiempos pasados con sus luces y sus sobras.

Una de las curiosidades de este barrio es la sinagoga que ha llegado hasta nuestros días, conservando entre sus muros muchos e interesantes testimonios de la importancia que gozó hasta la expulsión de los judíos.

El catálogo patrimonial de Valencia de Alcántara se completa con bellos ejemplos como la Iglesia arciprestal de Santa María de Rocamador, templo en el que un 7 de octubre de 1497 contrajo matrimonio la infanta Isabel, hija de los Reyes Católicos, con rey de Portugal Don Manuel «El Afortunado»; la Iglesia de la Encarnación, del antiguo convento de Santa Clara; el Ayuntamiento; el Castillo-Fortaleza del siglo XIII, el acueducto, las calzadas romanas, el Puente de Piedra y la Fuente de Monroy.

Barrio gotico de Valencia de Alcántara

Paso obligado de la Vía de Plata en tiempo del Imperio Romano, Garravillas de Alconétar vio la luz en la Baja Edad Media cuando Garrovillas acogió a los habitantes de otra aldea, Alconétar, que fue destruida por las tropas musulmanes. Recuperada en 1167 por el rey Alfonso VIII hizo entrega de su castillo a la Orden del Temple que lo erigieron como cabeza de la Encomienda.

Surcada por el río Tajo, “esconde” en sus calles y plazas importantes tesoros que atestiguan un importante pasado que se remonta a la prehistoria con los dólmenes de Guadancil y Cerro Garrote.

En la visita a esta tierra que en su día inspiró al célebre Calderón de la Barca, siete son los puntos patrimoniales que no hay que perderse: su maravillosa plaza declarada Monumento Histórico Artístico de Interés Nacional; las iglesias de San Pedro Apóstol y Santa María de la Consolación, el Santuario de Nuestra Señora de Altagracia, los conventos de San Antonio de Padua y el de las Monjas Jerónimas y el Palacio de los Condes de Alba de Aliste. Visita que se completa con el Corral de Comedias situado en la misma plaza y construido en el Siglo de Oro siguiendo el estilo del corral de comedias de Almagro.

Y por supuesto, el Barrio Judío. Conocido como barrio de “Los Castillejos” presenta la tipológica típica de este tipo de barrios, calles estrechas y sinuosas con casas con portones de madera, rejas en ventanas y balcones y numerosos elementos que combinan el gótico y el mudéjar.

Adentrarse en el casco histórico de Cáceres, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, es sumergirse en un sinfín de sensaciones que nos trasladan en el tiempo.

Calles empinadas flanqueadas por sugerentes edificios y rincones recoletos que desatan la imaginación nos invitan a recrear, detrás de cada esquina, escenas cotidianas propias de otro tiempo.

Pero lo que esta vez nos ha traído hasta aquí es conocer una de las joyas que la cultura sefardí dejó en España: su barrio judío. Documentado desde primeros del siglo XIII en el Fuero de Cáceres que otorga en 1229 el rey Alfonso IX tras la conquista de la ciudad. Pero es posible que un siglo antes ya existiera una pequeña comunidad judía, tal y como se constata en diversos elementos visitables en el Museo de Yusuf al Burch.

La primera judería se extiende por lo que hoy es el barrio de San Antón, donde la comunidad vivió y creció en calma durante dos siglos y medio. De toda aquella herencia hoy es palpable la atmósfera que impregna la Judería Vieja donde, una pequeña ermita ocupa el solar que antaño ocupó una gran sinagoga, manteniendo una perfecta armonía de modesta belleza con el resto de pequeñas casas encaladas. Este entramado urbano vertebrado de callejones, como el de Don Álvaro, por los que los judíos estaban obligados a salir y entrar de la aljama al amanecer y al anochecer para no llamar la atención, es un ejercicio de ensoñación imposible de olvidar. Muchos y relevantes son los testimonios que han llegado hasta nuestros días de aquellos tiempos, como el Arco del Cristo que, aunque de origen romano, estuvo muy vinculado a la comunidad sefardí por ser el punto más frecuentado para salir y entrar de la ciudad, así como el Huerto de la Judería, un delicioso jardín que recuerda la manera de vivir de una poderosa familia de la época.

Muy cerca de la plaza Mayor, al otro lado de la ciudad, se extiende la Judería Nueva, el que fuera un asentamiento provisional, pero en el que varias familias judías decidieron quedarse después de la expulsión de 1492. Contó con una sinagoga sobre la que se construyó en el siglo XVI el espléndido palacio renacentista de la Isla.

Después de esta maravillosa experiencia por el Cáceres antiguo y de haber colmado nuestras ansias culturales vamos a saciar otro tipo de apetito que nuestro paladar agradecerá. Sin salir de la Judería Nueva, concretamente en la calle Paneras, encontramos Gadi Extrem, el paraíso de los sabores extremeños. Tienda gourmet de productos típicos de la tierra y dehesa de Extremadura, de sus paredes cuelgan los jamones más deliciosos: ibérico D.O. Dehesa de Extremadura, ibérico de bellota, ibérico cebo campo; sin olvidar la paleta ibérica de bellota y todo tipo de embutidos ibéricos. Y sus vitrinas se encuentran a rebosar de quesos de cabra y oveja, de la famosa torta del Casar, de pimentón de la Vera, así como patés, mermeladas, bombones de higo o de cereza y aceites de la Sierra de Gata. Además, ofrecen catas de vino y degustaciones de sus productos y si vais en grupo, las degustaciones son gratuitas.

Hay tanto que ver que en Cáceres que un solo día es poco para descubrirlo, por lo que a la hora de buscar alojamiento una excelente opción es Apartamentos Turísticos Moret 11 (calle Moret, 11). Situados en el centro histórico de la ciudad, en un edificio completamente restaurado y dotado de todas las comodidades, cuenta con ascensor, wifi, cocina equipada, cuna bajo petición y gratuita, Smart TV en los salones y ofrece desayuno incluido en las estancias, información turística y parking público a poca distancia de los apartamentos.

Arco de la Estrella. Cáceres

Trujillo, también conocida como Ciudad de Conquistadores, pues aquí nacieron Francisco Pizarro y Francisco de Orellana, entre otros, también fue ciudad romana y medieval, por lo que pasear su intrincado casco histórico es un ejercicio cultural sorprendente.

Aunque ya fuera relevante durante la época romana por ser una importante fuente tributaria de Emérita Augusta (Mérida) y tras el esplendor alcanzado con la ocupación musulmana que trajo consigo el amurallamiento de la villa y uno de los mayores esplendores económicos, fue el Descubrimiento de América el que puso a Trujillo en el mapa.

Descolgado por las laderas del cerro sobre el que se levanta el castillo construido entre los siglos IX y XII sobre los restos de una antigua alcazaba, en cuyo interior se conserva la ermita de San Pablo, una alberca y un aljibe hispano-musulmán, el entramado urbanístico está definido por recoletas calles flanqueadas por sobresalientes ejemplos de arquitectura civil y religiosa como la iglesia de Santiago, además de sugerentes rincones impregnados de una atmósfera de grandes aventureros de ultramar.

A los pies del caserío en forma de torrente de historia, la plaza Mayor se antoja como un espacio grandioso y renacentista. Presidida por la estatua ecuestre de Francisco de Pizarro, el que fuera espacio de comerciantes y artesanos es hoy un emblema de la villa, en cuyo perímetro se levantaron en el siglo XVI los palacios de los linajes más importantes de la época como la Casa de la Cadena, la de los Orellana, la de los Chaves-Cárdenas, el palacio de la Conquista, el de los Duques de San Carlos, el de Piedras Albas o el de los Carvajal-Vargas, además de la imponente iglesia de San Martin de Tours.

Trujillo es un mosaico de sorpresas no sólo dibujado en piedra, sino que la oferta cultural se completa con un buen número de museos, fiestas como la Semana Santa y eventos que hacen de la visita una experiencia inolvidable, además de la sabrosa gastronomía cuyo mayor exponente se focaliza en la Ferian Nacional del Queso.

Además de admirar los muchos atractivos de la villa, lo que nos ha traído hasta aquí es la herencia judía que aún se mantiene. Trujillo contó con una de las comunidades más importantes de Extremadura, de cuyo legado se conservan algunos restos de la sinagoga. El espacio que ocupó la aljama se extiende por las calles que parten de la plaza Mayor hacia el este, donde es posible contemplar el trazado característico y algunos restos repartidos por espacios privados.

Casa Museo de Pizarro. Trujillo

Cuentan que un pastor, a finales del s. XIII, encontró una talla de la Virgen María junto al río Guadalupe. En ese lugar se construyó una pequeña ermita y a su alrededor se fue edificando un caserío conocido como la Puebla de Santa María de Guadalupe, germen del actual pueblo.

Pero si por algo Guadalupe brilla con luz propia es por su santuario declarado Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO, el cual pronto se convirtió en el centro de peregrinación más importante de España, junto a Santiago de Compostela. Construido en 1340 por el rey Alfonso XI de Castilla, en su factura encontramos elementos mudéjares, góticos, renacentistas y barrocos. Si espectacular resulta su arquitectura no lo es menos la cantidad de tesoros artísticos que custodia tanto en escultura como en pintura, destacando las obras de Zurbarán, Goya, El Greco, Pedro de Mena o Juan de Flandes.

El caserío de Guadalupe, declarado Conjunto Histórico Artístico, recrea un escenario de ensoñaciones con sus recoletos rincones y bellas callejuelas flaqueadas por magníficos ejemplos de arquitectura serrana, así como por magníficos monumentos, tanto civiles como religiosos.

A esta bella localidad cacereña, al igual que a otras muchas que hemos visitado, más allá de su excepcional patrimonio, nos ha traído esta vez su legado judío, cuyos orígenes se remontan a finales del s. XIII. La fuerte presión antisemita por parte de la comunidad eclesiástica y la llegada de la Inquisición marcaron una existencia convulsa de la comunidad. Los vestigios de aquellos tiempos los encontramos en la antigua calle Veneno que actualmente es un ramal de la plaza Mayor que concluye en el arco del Chorro Gordo. Pero no son los únicos. La antigua pila bautismal del monasterio que hoy preside la plaza en forma de fuente frente al santuario o la estrella de David de la portada mudéjar de la antigua farmacia, situada en el ala norte del claustro gótico, además de otras en la puerta principal de entrada al templo son testimonios incontestables del legado sefardí.

Barrio judío de Guadalupe

Abandonamos la comarca de Los Ibores con rumbo norte siguiendo serpenteantes carreteras de buen asfalto, pero siempre acompañados de un paisaje espectacular hasta llegar a Villanueva de la Vera.

La comunidad judía en el valle de la Vera fue una de las más florecientes del reino, gozando al principio de un buen número de privilegios, de jurisprudencia propia y de una posición social estratégica hasta la caída en desgracia con el decreto de expulsión decretado por los Reyes Católicos en 1492.

A poca distancia Valverde de la Vera, también famosa por su singular procesión de Los Empalaos que cada Jueves Santo sobrecoge los corazones por su enorme carga emocional, nos sorprende con su arquitectura popular fiel a la técnica del “entramado”. Por su casco antiguo, declarado conjunto histórico-artístico por el que discurren las “regateras”, acequias construidas desde antiguo para canalizar el agua de lluvia. En el siglo XV el barrio judío de Valverde de la Vera era uno de los núcleos más emergentes y poblados de Extremadura, dedicándose principalmente a oficios como zapateros, herreros, hojalateros, carpinteros, orfebres, peleteros, sastres, médicos o boticarios, aunque también a servicios financieros.

Continuamos viaje a nuestro siguiente destino con una parada obligada en la garganta de Cuartos para admirar el trabajo escultórico y caprichoso, de la naturaleza y sus piscinas naturales. Un poco más adelante Losar de la Vera nos sorprende con su arte topiario, es decir, esculturas de caprichosas formas hechas con arbustos. Esta pequeña y agradable localidad contó en la Edad Media con otro importante núcleo judío llegando a ser un concejo con legislación propia.

Jarandilla de la Vera es una de esas localidades que emanan una esencia especial que se aprecia nada más entrar. Habitada desde la prehistoria, son sus condiciones ambientales protagonizadas por el agua abundante y por una climatología muy agradable todo el año, junto a su rico patrimonio, lo que le da ese toque especial.  El casco urbano está presidido por el castillo de los Condes de Oropesa y hoy convertido en parador de turismo. En esta fortaleza estuvo alojado un tiempo el emperador Carlos V a la espera de terminar las obras de la casa palacio adosada al monasterio de Yuste, lugar que sería su última morada. Aunque la importancia histórica de Jarandilla, junto a los muchos ejemplos arquitectónicos de multitud de estilos nos puedan deslumbrar, no podemos olvidad que aquí también hubo una importante comunidad judía, de la cual quedan muchos testimonios a lo largo del casco antiguo.

Protegidos de los vientos del norte por la sierra de Gredos y disfrutando de un paisaje sorprendente llegamos Garganta la Olla. Declarado conjunto histórico-artístico, es un genuino catálogo de arquitectura civil y religiosa que compiten en hermosura y recorrerlo nos permite conocer algunas curiosidades. Tal es el caso de la ermita del Santísimo Cristo del Humilladero, en cuyo interior destaca un original altar del s. XVI realizado en azulejo talaverano. Pero si algo encontramos realmente singular es la Casa de Muñecas, el edificio que albergó un prostíbulo utilizado por el séquito del emperador Carlos V cuando este se alojaba en el monasterio de Yuste. Actualmente conserva el color azul original, el cual facilitaba su localización. El barrio de la Huerta es uno de los mejores y más homogéneos ejemplos de arquitectura popular que hereda la traza urbanística del antiguo barrio judío, pues en Garganta la Olla hubo una importante comunidad desde el s. XII.

A través de un exuberante entorno natural bañado por el río Tiétar llegamos a Cuacos de Yuste, universalmente conocido por ser la localidad en la que se enclava el monasterio de Yuste, el que fuera la última morada del Emperador Carlos V. Declarada Bien de Interés Cultural, la localidad presume de un bellísima arquitectura popular y nobiliaria, destacando la plaza porticada y la iglesia de la Asunción y su órgano del s. XVI fabricado en Amberes.

Por encima de todo, el más importante monumento de Cuacos de Yuste es el monasterio de San Jerónimo Yuste. Construido en el s. XIII, es en el s. XVI cuando sufre una profunda transformación tras el deseo del emperador de fijar aquí su última residencia, pues el monarca siempre estaba acompañado de un numeroso séquito. El resultado fue la construcción de una casa palacio adosada a la iglesia del monasterio con estancias diseñadas y decoradas de manera acorde a la importancia de tan insigne huésped. Este es el final también de la Ruta de Carlos V que comunica la localidad cántabra de Laredo, lugar de desembarco del monarca en su último viaje, con Cuacos de Yuste.

De camino al monasterio es interesante hacer una parada en el Cementerio Alemán, en el que descansan los restos de 180 soldados alemanes de la I y II Guerra Mundial. Se trata de tripulantes de aviones, barcos y submarinos caídos en nuestro territorio o hundidos en nuestras aguas. Hasta los primeros años de la década de los años ochenta del siglo pasado los restos de los soldados estaban repartidos por distintos lugares de España, momento en el que una organización alemana para la conservación de cementerios de los caídos en guerra decidió reagrupar los restos en un único lugar: Cuacos de Yuste.

Cementerio Alemán de Cuacos de Yuste

Jaraíz de la Vera, también conocido como la capital mundial del pimentón, es nuestro siguiente destino. Al igual que sus hermanos geográficos, cuenta con un importante patrimonio monumental civil y religiosos, destacando la iglesia de Santa María de Altagracia declarada monumento histórico-artístico. Una visita obligada y muy didáctica es el museo del Pimentón, en cuyas salas se ofrece un acercamiento a la historia del producto estrella del valle y a sus características y modo de producción. Nada más abandonar la localidad nos detenemos unos minutos en el Mirador de Gredos para disfrutar de unas increíbles vistas de la cordillera, al tiempo que rendimos un homenaje a los moteros caídos frente a la escultura en su memoria.

El punto final de esta ruta lo tenemos en Pasarón de la Vera, otro conjunto histórico-artístico de los muchos que jalonan este valle de naturaleza prodigiosa. Además de sus magníficos ejemplos de arquitectura popular y sus bellos monumentos, destaca por su originalidad el museo Pecharromán. Se trata de un espacio creado en la casona construida por la familia Manrique de Lara en el siglo XVI para albergar la obra y el fondo bibliográfico de Ricardo Pecharromán y Morales, pintor, promotor cultural y mecenas.

Dejamos atrás Pasarón de la Vera rumbo al valle del Jerte, donde arranca nuestra ruta por uno de los valles más fotogénicos de España, sobre todo cuando en primavera florecen los dos millones de cerezos que lo pueblan.

De camino a Piornal por la serpenteante carretera que hace las delicias de todo amante de las curvas, el paisaje guarda algunas sorpresas como la cascada de la Desesperá, un recoleto rincón por el que se precipita agua cristalina y desde el que se tiene unas vistas realmente espectaculares del valle de la Vera.

Coronamos el cordel serrano en el municipio de Piornal y a la salida no podemos resistirnos a parar en el mirador del Balcón del Valle. Con la luz del atardecer la majestuosidad del valle del Jerte a nuestros pies cobra una dimensión sugerente y romántica que invita a dejarnos llevar.

A partir de aquí la ruta se pone interesante en la bajada por las acusadas pendientes y las divertidas curvas. Entre bosques de castaños la carretera se abre camino ofreciendo estampas únicas, pero la sorpresa más excitante la encontramos en la garganta Bonal y en la cascada del Coazo, perfectamente señalizada en una cerrada curva. Después de unos seiscientos metros de pista nada problemática el murmullo del agua precipitándose desde más de 30 metros de altura traspasa nuestros cascos. Basta caminar unos cien metros por una senda ascendente entre un sugerente arbolado de robles, fresnos y alisos para sobrecogernos con el espectáculo que forma el alocado torrente en su precipitado camino por una pared granítica.

Cascada de Coazo. Entre Piornal y Valdastilla

Volvemos sobre nuestros pasos en dirección a otro punto muy simbólico y cargado de emotividad. Siguiendo en dirección a la localidad de Casas del Castañar y continuando hasta encontrarnos con la N-110, giramos a la derecha unos metros y volvemos a girar a la izquierda por la CC-51, un precioso trazado vial que despierta de nuevo la divertida sensación de curvear. De pronto, recortando la misteriosa luz del atardecer, las esculturas que dan alma al Mirador de la Memoria nos frenan en seco y nos invitan a reflexionar. Este campo escultórico, realizado en 2009 por Francisco Cedenilla al amparo de la Ley de la Memoria Histórica, está formado por cuatro figuras humanas desnudas que representan una mujer, un anciano y a dos jóvenes colocados sobre grandes moles de granito que pretende homenajear y recordar a las víctimas de la Guerra Civil, así como a todas las personas que fueron encarceladas, torturadas, exiliadas y desplazadas durante la dictadura.

Sin poder evitar esa reflexión dolorosa de la sinrazón de las guerras continuamos nuestra ruta hacia Cabezuela del Valle, justo en el epicentro del valle del Jerte. Declarado conjunto histórico-artístico, su casco antiguo conserva el trazado urbanístico medieval original. Llama la atención lo pintoresco de las calles empinadas y laberínticas, como corresponde a las características de las juderías del medievo. Tanto es así que la iglesia de San Miguel Arcángel se edificó sobre lo que fuera la sinagoga hebrea. Por lo demás, Cabezuela del Valle cuenta con un interesante patrimonio de arquitectura popular y nobiliaria, por lo que es fácil encontrarnos con todo tipo de escudos y referencias a la nobleza de la época, lo que atestigua la importancia histórica y cultural de esta localidad que bien merece un pausado paseo.

Entre Cabezuela del Valle y Hervás

Volvemos a la carretera para encarar el último tramo del periplo por tierras cacereñas por una de las rutas más atractivas y sugerentes que todo motero ansía. Se trata de la CC-102 que comunica el valle del Jerte con el valle de Ambroz por el puerto de Honduras. Tanto los diecisiete kilómetros de subida como los otros diecisiete de bajada ofrecen algunas de las más colosales vistas de ambos valles, sucesiones de curvas encadenadas y buenos niveles de adrenalina, tanto por las exigencias de conducción como por la lucha por no distraernos ante semejante espectáculo natural. 

Finalmente llegamos al punto y final de nuestro recorrido por las juderías más significativas de la provincia de Cáceres, allí donde empezó todo: Hervás, el mejor exponente de la herencia sefardí en esta parte de España.

https://www.turismocaceres.org/

Haz click en la imagen y visita nuestra edición clásica
Texto: El Arte de Viajar en Moto
Fotografías: Cardinalia Comunicación