Los vientos azulados de Miconos, las vistas mediterráneas de la peregrina Patmos, donde San Juan fue desterrado desde Éfeso y escribió el Apocalipsis, y la belleza volcánica de Santorini, son los destinos donde el navío Celestyal Olympia invita a soñar.
Cuenta la mitología que Poseidón, hijo de Cronos y Rea, dominaba los mares. En sus momentos calmados, el dios micénico creaba islas de ensueño entre aguas pausadas. Pero cuando el Agitador de la Tierra desataba su ira e hincaba su tridente en la tierra, las fuerzas de la naturaleza relataban su poder titánico entre aguas bravas, terremotos y naufragios.
En el Cabo Sunión, el templo dórico levantado por Pericles sobre los restos de uno anterior y donde Lord Byron rubricó su firma, sin aristas ni pudor, en uno de sus fustes de piedra, permanece imperturbable. La pequeñez humana resulta evidente bajo su esqueleto marmóreo y, en la distancia, la perspectiva sigue mutando: al borde del promontorio su figura de 60 metros es altiva frente al espejo de agua en calma y frágil cuando el mar se revuelve. Aquí se adoraba a Poseidón y los marineros imploraban su mesura. Y aquí, tal y como narra la Odisea de Homero, Egeo se arrojó desesperadamente al mar al que dio nombre cuando creyó que su hijo Teseo había muerto en manos del Minotauro. A medio camino entre Atenas y el Puerto de Lavrio, donde la naviera griega Celestyal Olympia comienza y finaliza su crucero por algunas islas y puertos fascinantes del Mediterráneo Oriental, este accidente geográfico penetra en el esplendor de la cuna de la civilización occidental.
De la locura de Miconos a las cinco llamadas cercanas a Éfeso
La llegada a la rocosa Mikonos hace honor a su sobrenombre como Isla de los Vientos: el Meltemi sopla con ganas entre un alboroto de belleza que se cuela entre sus molinos reconvertidos en hoteles o museos (Geronymos Mill y Bonis Mill están abiertos al público), las terrazas de sus coquetos restaurantes donde degustar delicias como bacalao frito con puré de patatas y ajo, o las vistas relajadas que chapotean en su Pequeña Venecia. También es un gusto recorrer sus calles laberínticas, cuyas esquinas redondeadas doman el aire, observar sus casas de tejados planos a modo de aljibes y posar la mirada en sus cerca de 800 gestas libradas en el mar. Cuando los marineros y capitanes volvían con vida tras naufragios o ataques piratas, levantaban una pequeña capilla en honor a su santo predilecto y en señal de agradecimiento. Antes de embarcarse rumbo al siguiente muelle, conviene perder los pasos por el Barrio del Castillo, cuyas casas medievales conforman el núcleo más antiguo de la isla y un mirador con halo veneciano de ensueño. Un encanto que también comparten las cinco iglesias de Paraportiani, declaradas monumento nacional.
La vida en las calles de este tesoro de las Cícladas, que guarda rincones añiles para los que no buscan solo la fiesta, se siente en la primera noche a bordo del crucero. Antes y después de los momentos culinarios, se suceden espectáculos de música (desde ritmos latinos hasta, como no podía ser menos, clases del sugerente Sirtaki) o música con la Banda Poseidón. Eso sí, conviene dejar unas horas para descansar porque, en el segundo día de travesía, el despertador irrumpe cuando aún es de noche y el espíritu no se ha enamorado de la grandeza pétrea de Éfeso (Turquía) y el carácter mediterráneo de Patmos, la isla más chiquitilla, y peregrina, del Dodecaneso. Ambos son, indiscutiblemente, una impresión para la vista y la memoria.
Tras echar el ancla en el puerto turco de Kusadasi, donde el trajín de su bazar se entremezcla con el sonido rítmico de las cinco llamadas a la oración, espera una de las siete Maravillas del Mundo Antiguo. Próximo a los restos del templo levantado en honor a Artemisa, la Avenida de Los Curetes renace en la imponente fachada de la Biblioteca de Celso: allí Gayo Julio Aquila Polemeano levantó este impresionante monumento para dar sepultura a su padre e inmortalizar el conocimiento, con cerca de 12.000 rollos manuscritos que llegó a albergar. La jornada prosigue, tras unas horas en el barco ideales para comer o bañarse en la piscina, en Patmos: esta pequeña isla del Egeo fue lugar del destierro de San Juan desde Éfeso y de su visión de Dios. En una pequeña cueva de granito, donde las velas no se apagan y las flores y ramos de olivo enmarcan los iconos, escribió el Apocalipsis. Desde el vecino Monasterio de San Juan, la vista se pierde en un bosque mediterráneo verde sobre un lecho azul.
Golondrinas entre el azafrán de Santorini
La isla de Santorini es de una belleza furiosa difícil de olvidar. Quizá Poseidón quedó fascinado por la rabia volcánica que, hace aproximadamente 3500 años (las dataciones oscilan entre el 1639 y el 1500 a.C.), sacudió sus entrañas y ocultó su redondez. De aquel episodio, una de las erupciones más violentas de la historia junto a la de Krakatoa (Indonesia), surgió la caldera actual y algunos datos inquietantes: las cenizas se depositaron en Groenlandia y, mucho más cerca, el tsunami provocado por el rugido infernal contribuyó, junto a movimientos sísmicos y explosiones anteriores, al ocaso de la civilización minoica, en la vecina Creta. La luz cegadora del Mediterráneo se cubrió de oscuridad durante días.
Thera en griego, este antojo de las Cícladas debe su nombre actual a los venecianos y a la patrona de la isla, Santa Irene de Tesalónica. Mucho se ha escrito sobre esta maravilla donde los azules índigos danzan entre los eléctricos y aguamarinas; sobre los acantilados rojos y blancos que han bautizado, con ambos colores, algunas de las playas más concurridas de sus islas. También de los paseos singulares en la pequeña Oia, con sus calles oscilantes y angostas, sus hoteles boutique entre buganvillas y sus cúpulas estampadas en el Egeo: por mucho que nos resistamos, ésta sigue siendo la postal por excelencia de esta belleza cicládica. Sin embargo, hay otros rincones igual de sugerentes, incluso más, para retratar un selfie a cualquier edad. No hay que olvidar que el castillo en ruinas de San Nicolás regala uno de los atardeceres más idílicos del Egeo: merece la pena subir rumbo a este bastión veneciano para deshacer una tarde entre poesías rojas.
Una manicura perfecta entre olivos antisísmicos
La sepultura de Akrotiri bajo la piedra pómez y la ceniza volcánica, podría recordar a la tragedia de Pompeya y el Vesubio. Sin embargo, una de las diferencias, además de la incomparable magnitud de la erupción en el primer caso, es que hasta la fecha no se ha encontrado ni rastro de alguno de sus habitantes, quizá porque la naturaleza fue benévola y dio señales de alarma previas a la catástrofe. La madera de olivo en los vanos, de hecho, intentaba mitigar los efectos telúricos.
Este importante asentamiento prehistórico que constituyó, entre los siglos XX-XVII a. C., uno de los puertos urbanos más importantes del Egeo, supone en la actualidad destino arqueológico para los viajeros que desembarcan en Santorini. Aunque apenas se ha desvelado un 10% de esta ciudad próspera que quedó congelada en el tiempo, el porcentaje ha sido suficiente para determinar su evolucionada arquitectura, su sistema de drenaje (aquí se encuentra el primer baño de la historia, que recubrían de estuco para favorecer su limpieza) o que las villas estaban decoradas con frescos: una fotografía de autor, que retrata la magnitud de su época floreciente. Las mujeres, por ejemplo, se maquillaban, se perfilaban las cejas con pinzas, cuidaban su manicura roja y engalanaban su cuerpo con joyas de oro que, en el siglo XXI, resultan igual de tentadoras. Sus pechos al descubierto eran un signo de fertilidad en ellas y, la piel roja de los hombres de cuerpo fornido, cabeza rapada y rastas disparatadas (ya vemos que la moda capilar del presente no aporta nada nuevo) el testimonio de sus trabajos bajo el sol.
El carácter mercante y viajero de esta civilización minoica también se adivina en las plantas que se reproducían en las pinturas, ya que muchas de ellas no eran autóctonas de la zona. Parte de ellas se han encontrado en el llamado Xeste 3, un gran edificio con dos plantas de altura y catorce habitaciones por piso. Los frescos más interesantes que ornamentaban las habitaciones interconectadas son los del Altar y los Recolectores de Azafrán. En el primero, tres mujeres se enmarcan en un campo de azafranes florecidos y un altar. En el segundo, diversas figuras femeninas se afanan en recolectarlos para ofrecerlos a una diosa custodiada por un mono azul y un grifo. Aún hoy se puede recoger esta especia valiosa en Santorini, del que obtenían las tinturas rojas para culminar un testimonio gráfico en el que se sobrevuelan algunas golondrinas.
Celestyal Cruceros, RSC sobre el mar
La importancia del destino es parte de la filosofía de esta naviera griega y de sus diferentes cruceros por el Mediterráneo Oriental, donde la cultura milenaria de Grecia se funde, con naturalidad, con ciudades donde las 5 llamadas a la oración ronronean en el aire. Tanto el pequeño Celestyal Crystal, con capacidad para 1.200 pasajeros, como su hermano mayor, el Celestyal Olympia, para 1.450 pasajeros, ofrecen un estilo clásico y un ambiente funcional para aquellos que persiguen un crucero entre culturas milenarias mecidas por la luz marina del Mediterráneo. Su tripulación hispanoparlante, reconocida como una de las más hospitalarias en el sector, es una de las ventajas que aprecian los múltiples pasajeros procedentes de España, EEUU y Sudamérica. También la facilidad en los destinos que se visitan, ya que el tamaño reducido de los barcos permite que puedan atracar en los puertos e islas más pequeñas de Grecia y Turquía.
Es el caso del llamado Egeo Ecléctico, un crucero de 7 noches que, tras visitar Estambul (Turquía), Çanakkale (Turquía) y, ya en suelo griego, joyas como Volos, Heraklion, Santorini, Mikonos, atraca en el puerto de El Pireo. Si hablamos de una travesía en el Egeo Idílico, la semana que dura el crucero permite tomar el pulso de Kusadasi, en la costa turca, y de islas míticas griegas como Rodas, Heraklion, Santorini, Milos y Mikonos. Para aquellos que desean un itinerario más corto, pero igualmente interesante, el Egeo Icónico es la opción para descubrir, durante 4 días y 3 noches, por qué las islas Cícladas siguen siendo unos de los destinos más codiciados en el mundo. En este caso, Mikonos (Grecia), Kusadasi (Turquía), Patmos (Grecia) y Santorini (Grecia), son las tentaciones elegidas. Una atmósfera parecida a la felicidad.