Allí donde la dorada arena se funde con el infinito Atlántico se extiende una tierra de leyendas y tradiciones, de mar y de pesca, de gentes sencillas y hospitalarias, de aires de libertad traídos por jóvenes venidos de todos los rincones buscando las más bravas olas y de una autenticidad que inspiró a escritores y artistas.
Cuenta la leyenda que allá por el s. XII D. Fuas Roupinho, un noble y guerrero posiblemente templario, perseguía a caballo a un venado, pero antes de darle caza lo perdió de vista para encontrarse súbitamente con un imponente acantilado. Sin tiempo de reacción para frenar a su montura y presa de la desesperación rezó a la Virgen implorando por su salvación. Milagrosamente él y su caballo salieron ilesos y en su honor el caballero mando construir una capilla en lo alto del precipicio, dando lugar posteriormente al nacimiento de un caserío alrededor que serían el germen de Nazaré.
Considerada por muchos artistas como la “décima musa”, la villa tiene un encanto especial que trasciende lo material. Pasear sus recoletas calles al abrigo del sereno clima y acompañado de la suave brisa marina es una experiencia ensoñadora única. Las gentes saludan al pasar, aunque no te conozcan y aún hoy es posible ver alguna mujer ataviada con las exclusivas faldas de franela de siete colores conocidas como “As sete saias”, algo que sólo verás aquí y que acentúa más la sensación de estar pisando un lugar único.
Descubrir Nazaré es abandonarse a la magia de una de las villas más típicas de Portugal, un lugar donde lo exótico se transforma en armonía cotidiana, con jóvenes enfundados en modernos trajes de neopreno portando sus tablas de surf y enmarcados en rincones donde el tiempo parece haberse detenido.
Una villa que se abraza al mar
Nazaré está dividida en tres zonas, Praia, Sítio y Pederneira, cada una con una esencia diferente, pero que juntas recrean una atmósfera que parece diseñada para levantar pasiones.
Las reseñas humanas más antiguas datan la prehistoria, cuando las gentes se asentaban alrededor de lo que era una extensa lámina de aguas tranquilas, abrigadas y ricas en pesca denominada “la Lagoa da Pederneira”.
Ya en la Edad Media este enclave pertenecía al cercano monasterio de Alcobaça, para el cual la práctica de la pesca era una importante fuente de riqueza. Fue a partir del s. XII cuando paso a llamarse Pederneira y debido a su tradición marinera varios reyes de Portugal concedieron privilegios que impulsaron el desarrollo de una importante industria naviera, gracias a la construcción de astilleros para la fabricación de barcos.
Todo cambia en el s. XVII cuando la laguna desaparece por la disminución del nivel del mar, distanciando mucho la población de la nueva línea del litoral, lo cual unido a la aparición de la nueva playa y el crecimiento de Sítio gracias al aumento de las peregrinaciones al santuario mariano, hace que la población de Pederneira descienda sustancialmente.
Poco a poco, bajo la protectora estampa del promontorio del Sítio de Nazaré y a lo largo de una playa de arena dorada que parece no tener fin, se fueron construyendo las primeras casas de pescadores hasta un primer recuento en el año 1780 con un censo de 58 viviendas.
Sin perder la esencia marinera con la que nació, en 1915 ya es considerado oficialmente sitio turístico, una nueva seña de identidad que ha sabido crecer sin eclipsar la belleza sencilla original. Tanto es así que es posible pasear por la bellísima playa y contemplar la exposición de tradicionales barcas multicolores de pesca con inscripciones sobre la vida, así como los secaderos de pescado, principalmente jurel y los puestos de venta atendidos exclusivamente por mujeres, quienes diariamente se encargan también de la limpieza y preparación de los peces recién pescados. Los secaderos de pescado, el Centro de Interpretación y la zona de Preparación del Pez constituyen el museo del Pescado Seco-Museo Vivo.
El origen de esta técnica de conservación es poco conocido, pero en Nazaré consiste en quitarle las vísceras al pez antes de lavarlo y colocarlo en una solución de salmuera. Posteriormente se abre, se extiende sobre los soportes y se coloca al sol. Esta práctica ancestral es visible cada día, la cual pone el punto folklórico a los agradables paseos matutinos mirando al mar, sin prescindir de la tentadora visita al mercado lleno de frutas y verduras frescas o de disfrutar de un exquisito café y dulces típicos.
Desde Praia hay una visión hipnótica que atrapa nuestra atención, tanto por la desafiante mole sobre la que se asienta Sítio como por el constante flujo de gente que lo visita. Inevitablemente la pregunta es: ¿cómo llego hasta allí arriba? Muy fácil, basta con subirse al ascensor de “Nossa Senhora da Nazaré”, la icónica construcción diseñada por uno de los discípulos de Eiffel inaugurada en 1889. Esta ingeniosa solución que recorre 318 metros con una inclinación del 42% termino con la dificultad para llegar a Sítio, favoreciendo el desarrollo social y económico, además de la llegada de peregrinos al santuario de Nossa Senhora da Nazaré.
Sítio, un enclave de fe y tradición
Situado en el punto más alto de la villa, es el mejor mirador imaginable y recorrerlo implica sucumbir a la tentación de fotografiar mil y un detalles, cientos de encuadres y de jugar con la luz cambiante a lo largo del día. Aquí arriba todo gira entorno al santuario, uno de los lugares de culto mariano más antiguos de la Península Ibérica y el segundo más importante de Portugal después de Fátima.
El culto a María, de cuya imagen encontrada en las laderas de Sítio cuenta la tradición que hizo un largo viaje desde Galilea a un monasterio en Mérida y, de allí, a la villa atlántica, está asociado a la leyenda del rescate de D. Fuas Roupinho, quien mando construir la que hoy conocemos como Capilla de la Memoria, situada en el otro extremo de la plaza que preside el santuario. Éste fue construido en el s. XIV y tras muchas remodelaciones, en 1691 se le da la configuración de planta de cruz latina similar a la apariencia actual.
En 1709 y por encargo del rector D. Antonio Caria se decora el interior con seis mil quinientos sesenta y ocho azulejos realizados por una firma holandesa y diseñados por el ceramista Williem Van der Klöet. Este conjunto decorativo está considerado como el mejor ejemplo de cerámica holandesa en Portugal, representando episodios bíblicos de José y David y dos escenas de la vida de Jonás.
El altar mayor está presidido por un retablo de finales del s. XVII con tallas doradas y columnas salomónicas talladas en mármol. En el trono se encuentra la venerada imagen de la Virgen de la Leche con el Niño en brazos, una talla realizada en madera oscura de olivo rodeada por un mando bordado en oro.
Detrás del santuario y en un plano muy discreto se alza el teatro Chaby Pinheiro, posiblemente el edificio civil más representativo de Nazaré. Construido a principios del s. XX por Ernesto Korrodi &Thierega, destaca por el sublime trabajo en madera del auditorio y de las galerías, así como la obra pictórica de Francisco Aires que firma los frescos del techo y la mampara que abre el escenario.
La plaza de generosas dimensiones que se extiende delante del santuario, en cuyo centro se levanta un romántico templete de música, es un constante ir y venir de peregrinos y de turistas llenando de vida y color la antesala de las vistas naturales que ofrece el enclave.
Saliendo de la plaza en dirección oeste, un agradable paseo con increíbles vistas al mar y a la mítica playa Norte de Nazaré, llegamos al “Fuerte de São Miguel Arcanjo”, donde se exponen las tablas que ofrecen los surfistas en señal de respeto a las olas sobre las que cabalgan. Levantado en el s. XVI sobre un espigón rocoso, su carácter defensivo de la playa y de la villa frente a los ataques de piratas argelinos, marroquíes y normandos, se mantiene palpable en cada una de sus estancias.
Del mar las olas y una nueva peregrinación
En las últimas décadas Nazaré se ha convertido en el destino soñado del todo amante del surf en busca de las olas gigantescas, aquellas que entre noviembre y febrero ejercitan una coreografía única en el mundo.
El origen de este fenómeno natural excepcional hay que buscarlo a muchos metros debajo de la superficie del mar. El Cañón de Nazaré es una depresión submarina en forma de embudo decreciente hacia la costa de cinco mil metros de profundidad y una longitud de doscientos treinta kilómetros. Por esta autopista subacuática el agua entra a presión desde alta mar hacia el litoral delante del acantilado sobre el que se levanta el fuerte de San Miguel Arcángel, emergiendo y encontrándose con el viento de Peniche para formar enormes olas tubulares que hacen de Nazaré un destino de surf de renombre mundial.
Praia do Norte es un escenario de contrastes, pasando de su paradisíaca estampa de arena dorada y aguas cristalinas fuera de la temporada de surf, a las temibles y amadas olas de casi treinta metros de altura.
En este marco de belleza extrema el 29 de octubre de 2020 el alemán Sebastian Steudtner consiguió un récord mundial sobre la ola más grande jamás surfeada, con una altura de 26,21 metros de altura.
Pero el mar es muchos más que surf en Nazaré y hay un sinfín de actividades para explorarlo de manera más tranquila. El fondo marino aquí es un universo de flora y fauna, en muchos casos, inédito e ideal para la práctica del buceo, sin olvidar la pesca deportiva. Desde el puerto pesquero parten embarcaciones adaptadas para el avistamiento de delfines que, además, proporcionan bellísimas vistas panorámicas de la costa.
A ambos lados de la villa se extiende un litoral de belleza casi insultante, en el que las playas vírgenes se extienden hasta perder la vista entre el vaivén de las aguas y espacios naturales de plantas autóctonas que crecen sobre las dunas.
Al sur de Nazaré se encuentra la sierra de Pescaria con una altitud máxima de ciento setenta y siete metros, donde se encuentran las rocas más antiguas de la zona. Esta formación geológica es la que permitió la existencia de la “Lagoa da Pederneira” y en sus laderas crecen especies como la sabina de las playas, el lentisco, el carrasco, el brezo, el pino marítimo y el pino piñonero, además de ser refugio de aves como la curruca cabecinegra, entre otras.
En la dirección opuesta, hacia el norte, llegamos a San Pedro de Moel, el corazón de pequeñas playas al abrigo de paredes rocosas escarpadas. Llegar hasta aquí significa atravesar un impresionante corredor verde que cruza el “Pinhal do Rei”, siguiendo el trazado de la carretera del Atlántico que une Oporto con Lisboa por el litoral.
Junto al casco urbano se alza el imponente faro de Penedo da Saudade que con sus cincuenta y cinco metros de altura ilumina el mar desde 1922, el cual es un signo de identidad de esta villa de marcado carácter turístico, pero que ha sabido mantener un crecimiento moderado para garantizar la intimidad y el bienestar de los habitantes.
Muy cerca la “Praia das Conchas” y la “Praia das Velha”, ambas en el bellísimo espacio natural de “Pinhal de Leiria” son dos mundos contrapuestos gracias a la sucesión de espectaculares acantilados y largas playas de fina arena dorada. En este pareje se alza el monte de San Blas, una excepcional elevación de origen magmático que emerge en medio de las dunas.
Siguiendo la costa el “valle Furado” se antoja un remanso de paz entre sorprendentes acantilados de tonos rojizos erosionados por la acción del viento.
Siguiendo el litoral en dirección a Nazaré, la playa de Paredes de la Victoria se abre como una inmensa extensión de arena fina, tan sólo interrumpida por un pequeño riachuelo de agua dulce. El extremo norte está delimitado por el “castillo”, una curiosa formación rocosa con la que el viento y el mar se encapricharon para esculpir lo que podría ser un león que descansa mirando al Atlántico.
Ya en la parte final de nuestro viaje volvemos a Nazaré para disfrutar de su interesante cultura culinaria basada en los pescados y mariscos. Fieles a su tradición marinera, saben muy bien manejar la excelente y variada materia prima y degustar una caldeirada o una massa de peixe se convierte en una experiencia inolvidable.
Con un recuerdo entrañable termina este viaje sorprendente, el cual cumplió con creces mis más optimistas expectativas. Nazaré nunca defrauda.