Con su más de medio siglo de historia moderna, en el que la multiculturalidad y el mestizaje han ido forjando el carácter alegre y acogedor se sus gentes, la “perla del Caribe” es el idílico escenario de un legado cultural milenario abrazado por aguas de color turquesa.
Basta con poner un pie en Puerto Rico para sentir el alma Boricua, ese estado de ánimo, el sabor, la esencia y la genuina forma de vida que sólo aquí se da y que invita a todo el que llega a sumergirse en este paraíso a través de la danza, la música, la gastronomía o la cultura.
La coqueta isla caribeña es un mosaico de posibilidades para disfrutarla de múltiples maneras. Arquitectura colonial y criolla, una biodiversidad asombrosa, playas de arena blanca, paisajes tropicales de ensueño, bahías luminiscentes y su excelente gastronomía son sólo una pequeña muestra de las maravillas que atesora este vergel de apenas cien kilómetros de largo.
San Juan de Puerto Rico
Considerada la ciudad más fortificada de Puerto Rico, la misma que resistió el infructuoso asedio del famoso corsario inglés Francis Drake, es un fascinante conjunto de calles coloniales, ritmos caribeños y aromas de ron.
El casco histórico de la capital puertorriqueña responde al nombre de Viejo San Juan y está catalogado como Patrimonio de la Humanidad. Por sus calles adoquinadas y flanqueadas de edificios de los siglos XVI y XVII pintados en alegres tonos pastel se suceden exquisitos hoteles con encanto, históricos restaurantes con más de cien años de vida, artesanos, tiendas de lujo, estudios de importantes diseñadores, galerías de arte y mucha animación. Recorrerlas es como abandonarse al deleite, a la ensoñación romántica mezclada con la vida vibrante y acogedora que sólo los puertorriqueños saben brindar, principalmente en la plaza de Armas o en las calles de San Sebastián y del Cristo.
En este contexto histórico con esencia propia se encuentra el Sitio Histórico Nacional de San Juan formado por los castillos de San Felipe del Morro y de San Cristóbal, la Fortaleza, las murallas del Viejo San Juan y el fortín de San Juan de la Cruz, popularmente conocido como El Cañuelo, en la cercana isla de Cabras. La situación estratégica de la isla justifica la existencia de este impresionante conglomerado defensivo, pues no debemos olvidar que el puerto de San Juan fue uno de los más importantes, tanto mercantil como militarmente, durante los cuatrocientos años en los que Puerto Rico formó parte de la Corona Española.
El castillo de San Felipe del Morro, más conocido simplemente como “del Morro”, presenta hoy una estampa amable, un lugar agradable donde los puertorriqueños suelen pasar en familia los días de fiesta. Basta una atenta mirada a sus muros de más de cuarenta metros de alto y cinco de ancho en muchos tramos para comprender lo inexpugnable que convirtieron los españoles a la ciudad en el siglo XVI. Pasear por las murallas es como asomarse a un maravilloso balcón al mar Caribe, disfrutando de espléndidas vistas del entorno.
Siguiendo el recinto amurallado en dirección este se llega al castillo de San Cristóbal, considerado el más grande construido por los españoles en América. Finalizado en 1783, reforzaba la protección de la ciudad y soportó innumerables asedios, pero el laberinto de fosos, puentes, garitas y los seis fuertes comunicados entre sí que completaban la estructura defensiva lo hacían imposible de conquistar.
La Fortaleza o palacio de Santa Catalina fue la primera edificación defensiva de la ciudad y desde 1540 cumplió la funcionalidad para la que había sido concebida, así como de residencia oficial del gobernador. Construida bajo un concepto medieval de planta cuadrada, patio interior y torreón circular, en el siglo XIX sufrió una profunda remodelación, de la que se hereda el aspecto que presenta actualmente.
Frente al castillo de San Felipe del Morro se halla la isla de Cabras, donde en 1610 se construyó un primer fuerte de madera. A consecuencia de un ataque holandés fue pasto de las llamas y en 1670 fue reconstruido por los españoles con el aspecto que presenta en la actualidad. Desde este punto estratégico se pueden disfrutar de algunas de las mejores vistas de la bahía.
Volviendo al Viejo San Juan, es muy recomendable la visita al Museo de las Américas, pues a través de sus cuatro salas expositivas permanentes se sintetiza la historia y la cultura de Puerto Rico y del continente americano, ya sea a través de las artes populares, la herencia africana, la cultura indígena con especial atención al pueblo taíno o lo que significó la conquista y colonización como germen del nacimiento de Puerto rico.
Muy cerca de aquí, en pleno corazón del casco histórico, se alza la Catedral Metropolitana Basílica de San Juan Bautista de Puerto Rico. El estilo neoclásico que presenta en la actualidad es consecuencia de la reconstrucción realizada en 1529, tras la destrucción del anterior edificio por una tormenta. De planta de cruz latina, en su interior se conservan los restos del explorador y conquistador Juan Ponce de León, además de otras curiosidades como la vestimenta que llevó el papa Juan Pablo II en su visita a la isla en 1984.
Un moderno puente comunica el islote en el que se asienta en Viejo San Juan con el moderno y vanguardista Distrito T-Mobile, muy próximo al Centro de Convenciones Pedro Roselló González, un complejo tecnológicamente avanzado con una docena de restaurantes en los que saborear auténtica cocina puertorriqueña y disfrutar de la danza, de la música, de la cultura del ron y del arte local.
Muy cerca, el Museo de Historia, Antropología y Arte presenta el desarrollo y la evolución de las culturas precolombinas desde diferentes disciplinas.
En el lado oeste de la bahía de San Juan, en un espacio art decó tropical junto al popular barrio de Cataño, la Casa Bacardí es también conocida como la catedral del ron y el paraíso de los catadores de cócteles más exigentes. La visita guiada por las instalaciones y el museo de la destilería más grande del mundo es una experiencia única que muestra el esplendor de la legendaria marca, finalizando con una degustación en la que no falta el mítico ron Don Facundo.
La isla de mil sensaciones
Conocida y disfrutada la capital, es muy fácil dejarse llevar por los infinitos matices que atesora Puerto Rico.
En la costa norte se halla Arecibo, también conocida como “Ciudad Esmeralda”, es una singular mezcla de historia y naturaleza. Su principal hito monumental es la catedral de San Felipe Apóstol terminada de construir a mediados del siglo XIX tras sufrir daños ocasionados por terremotos en varias ocasiones.
Dentro de la colorista arquitectura colonial, destaca la casa Ulanga, un singular edificio de 1854 lleno de historias. Originariamente fue la residencia de un militar español de alto rango, pasando posteriormente a ser banco, tienda, sede consistorial, hospital, tribunal y cárcel, hasta ser hoy el Centro Cultural de Arecibo, un espacio de festivales y de actividades culturales permanente.
Por sus alrededores se extienden paisajes deslumbrantes que se extienden desde las fantásticas playas de fina arena, acantilados y formas naturales caprichosas surcadas por piratas en el pasado, hasta los valles ricos en biodiversidad como el Parque Nacional del Bosque Cambalache o la Cascada del Obispo, en cuyas laderas se abren balcones naturales de impresionantes vistas como la Cueva Ventana. El subsuelo también abre un universo fascinante con forma de complejos kársticos de cuevas y ríos subterráneos.
Al sur de la isla hay dos localidades imprescindibles de visitar por su rica aportación cultural. Ponce, también conocida como “La Perla del Sur”, es una ciudad vibrante y colorista. Llama poderosamente la atención su arquitectura neoclásica, pero entre todos sus atractivos destaca la Catedral de Nuestra Señora de Guadalupe construida en 1670, sin olvidar el teatro La Perla o las antiguas refinerías de azúcar, hoy convertidas en centros temáticos y en alojamientos exclusivos.
Otro hito interesante es el Museo de Arte de Ponce, considerado uno de los mejores de Puerto Rico por su extensa colección de piezas puertorriqueñas, americanas, africanas y una importante colección de arte europeo del siglo XIX, de todas las disciplinas.
El castillo Serrallés, situado en lo alto de la colina que domina la ciudad, propone una agradable visita por su museo de rica ornamentación, por sus bellos jardines del entorno y conocer de cerca como vivían sus burgueses propietarios, dueños también de la famosa destilería de ron Don Q.
Al lado del castillo se alza la esbelta Cruceta del Vigía, construida en el siglo XIX para controlar la llegada de piratas y barcos mercantes, ofreciendo una espectacular panorámica de Ponce y el Jardín Japonés, un singular espacio natural poblado de árboles exóticos, bonsáis y estanques.
El espacio urbano gira en torno a la plaza Las Delicias con su simbólica fuente de los Leones y flanqueada por edificios coloniales, aunque uno de los más llamativos es el Parque de Bombas, una antigua estación de bomberos convertida en museo sin perder un ápice de su encanto original.
Muy cerca en dirección oeste, la localidad de Yauco mantiene viva la cultura cafetera de Puerto Rico, lo que le ha servido para ser conocido también como “El Pueblo del Café”, aunque también goza de otro apelativo enraizado en lo más profundo de la esencia puertorriqueña, la “Capital Taína” por ser este el epicentro del pueblo taíno que ya habitaba la isla antes de la llegada de los españoles.
Además de su semblanza histórica, Yauco se ha convertido en un referente de arte urbano gracias a un grupo de artistas puertorriqueños que han puesto en marcha dos interesantes proyectos: Yaucromatic y Y2. Con esta iniciativa han convertido las blancas paredes de los edificios en impresionantes murales a cada cual más elaborado con alegres colores en un ejercicio de virtuosa creatividad. Entre todos destaca una obra enorme llamada Brisa Tropical que une visualmente diecinueve casas y escaleras del barrio de La Cantera. Este mosaico cromático y de talento se ha convertido ya en una imagen icónica de Puerto Rico.
La herencia boricua
El patrimonio inmaterial puertorriqueño es el rico y vibrante fruto de la mezcla de culturas, desde la indígena a la africana pasando por la española, que han ido dejando su huella a lo largo de los siglos. Es lo que también da sentido a la esencia boricua, ese modo amable y generoso con el que las gentes comparten y viven el día a día, algo que se percibe en las manifestaciones artísticas, en la forma de celebrar las fiestas y en la conservación de ritos y costumbres.
Se dice que Puerto Rico tiene la Navidad más larga del mundo, pues todos los días son motivo de celebración con un clima ideal garantizado. Tanto si es en la cena de la víspera de Año Nuevo en un restaurante frente al mar o en el festival de las Máscaras en el pueblo de Hatillo el 28 de diciembre, una manifestación colorista que contrasta con la trágica historia de los Santos Inocentes en la que se inspira.
En diciembre también se celebra el Festival del Macabeo, en el que se rinde homenaje al principal manjar de la cocina boricua: el macabeo, una deliciosa y artesanal fritura. La trova, un género musical propio del jíbaro puertorriqueño y su arte de improvisación, ameniza la fiesta, junto con los concursos de trovadores.
El tercer fin de semana de enero y como colofón de la Navidad, las fiestas de la calle San Sebastián en el Viejo San Juan se llenan de artistas y artesanos, de música en vivo, danza y actividades circenses.
La herencia de los bailes africanos también tiene su propio festival de Bomba y Plena, una de las manifestaciones coreográficas más antiguas de la isla.
El Carnaval Ponceño inunda durante una semana las calles de la ciudad de Ponce de color, actividades, bailes de máscaras y representaciones burlescas.
Una biodiversidad fundida en las raíces
Desde las playas prístinas hasta los bosques tropicales, Puerto Rico es una caja de sorpresas en la que es posible disfrutar de entornos naturales idílicos salpicados de los símbolos indígenas de otros tiempos.
El pueblo taino pobló la isla desde mucho antes de la llegada de los españoles. Se organizaban en clanes estructurados jerárquicamente, con una religiosidad animista y eran hábiles en la caza, en la agricultura y en la manufactura de utensilios y ropa.
Aunque la llegada de los conquistadores supuso casi su desaparición, su legado ha sobrevivido al tiempo y a las influencias externas en la tierra Boriquen, cuya traducción sería “tierra del Señor valiente”, una seña de identidad de la que los puertorriqueños se enorgullecen, al tiempo que honran a sus ancestros y a la cultura tradicional.
La Ruta Taína pone en comunión los valores identitarios en un recorrido de norte a sur, pasando por las cadenas montañosas del centro, en la que el protagonismo se lo lleva la etnia taína y la naturaleza desbordante.
En la costa norte, en un espacio natural del municipio de Arecibo con maravillosas vistas al mar, la Cueva del Indio es un paraje lleno de magia, un lugar de reunión de los antiguos taínos para venerar a sus deidades, lo que justifica la enorme concentración de petroglifos grabados en las rocas.
La Cordillera Central vertebra la isla de Puerto Rico. Es un paisaje cambiante de montañas y cuevas, de cañones y ríos y de singularidades propias que convierten la región en un territorio cafetero por excelencia en el que perviven haciendas en funcionamiento que ofrecen deliciosas degustaciones de café, un destino ideal para las actividades de aventura y de exquisita gastronomía local.
En medio de este vergel, en el municipio de Utuado, se encuentra el Centro Ceremonial Indígena de Caguana, sin duda el más importante yacimiento arqueológico de la isla compuesto por bateyes o casas de azúcar, diez plazas, veintiún petroglifos y multitud de utensilios de la vida indígena cotidiana.
Sin abandonar el municipio, es muy interesante visitar el cementerio indígena Joya de Santana y sus inscripciones en las piedras del río Jauca y los petroglifos del Río Grande de Arecibo, toda una lección de historia al aire libre.
En la cara sur de la Cordillera Central, en el extrarradio de la ciudad de Ponce, el Centro Ceremonial Indígena de Tibes explica en detalle las singularidades de la cultura Ignari del periodo pretaíno y el proceso de transición hasta el asentamiento global del pueblo taíno. Dos plazas ceremoniales, siete campos de pelota, sepulturas, petroglifos, arte figurativo de deidades taínas, adornos personales y objetos cotidianos dan sentido a este impresionante yacimiento arqueológico.
No muy lejos, el municipio de Jayuya atesora una interesante sorpresa. A orillas de un afluente del río Saliente se encuentra uno de los petroglifos más impresionantes de la isla, la Piedra Escrita, una gran roca tallada con una gran variedad de formas como caras o espirales.
El Sol de Jayuya es otro impresionante petroglifo que forma parte del Mural Tallado de Zamas, pero en este caso es monotemático al representar una simbología dedicada al dios Sol.
La Ruta Taína puede ser un buen hilo conductor para acercarse a conocer los parajes más sugerentes de Puerto Rico, como es el litoral de Ponce con su isla Caja de Muertos, una reserva natural deshabitada y rodeada de aguas cristalinas.
Chorros La Planta, en el entorno de Arecibo, es un paraje singular en el que se suceden piscinas naturales, cascadas y arroyos de alto valor ecológico, lo mismo que ocurre con el lago Dos Bocas y con el Parque Nacional del Bosque Cambalache.
En la costa norte, al oeste de San Juan de Puerto Rico y en el entorno del municipio de El Dorado se suceden playas de fina y dorada arena con palmeras incluidas como Boquerón o Mayagüez, pero sin duda la más sugerente es Aguadilla con su aire de antiguo pueblo de pescadores y sus coloridas barcas atracadas en la playa.
No muy lejos, las playas de Rincón e Isabela tienen las mejores olas caribeñas para la práctica del surf.
A una hora de navegación desde el puerto de Fajardo en dirección noreste, la isla de Vieques, “tierra pequeña” en taíno, es un paraíso para los amantes de la naturaleza. Pasear sus caminos en los que es fácil encontrar manadas de caballos en libertad, adentrarse en sus Reservas Nacionales de Vida Silvestre con sus bosques subtropicales, lagunas costeras y manglares o abandonarse en cualquiera de sus playas vírgenes supone entrar en un estado de comunión con la naturaleza imposible de olvidar.
Pero esto no es todo. Viques posee las tres lagunas luminiscentes más hermosas del Caribe, incluida la bahía de Mosquito considerada como la más brillante del planeta. Este fenómeno se debe a la oxidación de una proteína en el plancton y en otros organismos, convirtiendo la superficie del mar en un manto estrellado que bien puede parecer a un reflejo del firmamento.
Antes de volver a tierra firme es muy sugerente una visita a la isla Culebra, famosa por sus playas de arena blanca, por sus aguas con todas las variantes de tonos azules y por sus arrecifes de coral ideales para la práctica del submarinismo. Aquí se extiende playa Flamenco con más de dos kilómetros de longitud, considerada como una de las más bellas del mundo. Pero no es sólo su belleza extrema la que le ha dado fama, sino también por la curiosidad de que en su orilla se mantengan algunos tanques oxidados de la II Guerra Mundial, convertidos hoy en un original soporte para todo tipo de grafitis.
De vuelta en tierra firme, no puede faltar una visita al Parque Nacional El Yunque, el más importante de la isla y de un inmenso valor medioambiental gracias a su selva tropical. En su interior hay rincones mágicos como la cascada La Coca con un salto de veintiséis metros de caída, además de albergar más de doscientas cuarenta especies de árboles repartidas en cuatro biotopos.
Puerto Rico es mucho más que todo lo contado anteriormente, es un paraíso en medio del mar con infinitos matices, pero eso lo contaremos en otra ocasión.