SENEGAL

El país de la “teranga”

Texto: José Manuel Gutiérrez
Fotografías: Cardinalia Comunicación | Tourisme Sénégal

La tierra de la eterna sonrisa, de la amabilidad, de la música, del color y de la tolerancia, esa que según la leyenda debe su nombre al río Sunu Gaal que separa el África negra del África árabe, es un caleidoscopio cultural en el que grupos étnicos, religiones, lenguas y sistemas de valores coexisten armónicamente en un juego constante de espejos e identidades.

Wólofs, sereres, diolas, tuculores, mandingas, fulanis y bassaris conforman el pueblo senegalés que tiene mil caras, pero juntos constituyen la imagen del África icónica representada en sus cuentos populares, en sus griots o narradores de historias, en su cultura animista, en sus paisajes cambiantes en los que tan pronto crece el “árbol de la vida” o baobab como corre el agua salada por los manglares del sur, mientras los dromedarios recuerdan la cercanía del Sáhara en el norte del país.

Pero Senegal es también esa otra África, la actual, segura y donde las tradiciones ancestrales se respetan sin renunciar a la modernidad, donde la hospitalidad es un valor innato más profundo que un gesto amable; es un país de valientes pescadores y barcas coloristas bajo un eterno sol en el que a cada destino se llega por un camino poético.

Danza tradicional de la tribu Bassari

Dakar, la capital con nombre de tamarindo

Situada en el extremo oeste del continente africano con la mirada puesta en el océano Atlántico como si perpetuase la memoria de los esclavos que una vez partieron hacia nuevas tierras para no volver, la capital del país es una ciudad dinámica y vibrante, en constante expansión y con una animada vida nocturna.

Cuna de grandes músicos, como Youssou N’Dour; escritores de la talla de Boubacar Boris Diop, artistas de la altura del escultor Ali Traoré o el genio plástico Fodé Camara, además de reconocidos luchadores. Desde cualquier parte de la ciudad llama poderosamente la atención la descomunal escultura Monumento al Renacimiento Africano, la más grande del continente y firmada por Pierre Goudiaby, simbolizando la apertura del continente al resto del mundo, así como un recuerdo de la resistencia y el renacimiento africano.

Monumento al Renacimiento Africano, Dakar

Para conocer mejor el contexto en el que nos movemos, es imprescindible una visita al Museo de las Civilizaciones Negras (MCN) y realizar un instructivo recorrido por los pueblos del África negra, desde sus orígenes hasta la actualidad a través de sus creencias y sus diferentes culturas. Además, pretende llegar a ser un espacio de referencia de estudios científicos y culturales de la civilización negra como germen de la humanidad, impulsando así la conciencia colectiva de la unidad de África.

No menos interesante es dejarse llevar en la Casa Museo de Ousmane Sow, donde la perspectiva del artista nos presenta su particular visión de los pueblos africanos a través de gigantes esculturas.

Dakar es ante todo una ciudad cosmopolita heredera de su pasado colonial francés cuando llegó a ser el principal puerto marítimo de esta región africana. En medio de este torbellino de emociones propias de una ciudad tan colorista y llena de vida, no podemos dejar pasar una escapada al barrio de Plateau de Dakar, donde se conservan algunos de los mejores edificios de influencia francesa, la plaza de la Independencia y el ayuntamiento; la medina y la Gran Mezquita que, sin tener la estampa de los zocos árabes, es un laberinto de calles vibrantes de vida y de color, destacando especialmente el mercado HLM donde se venden las coloridas telas de los trajes senegaleses.

En las cercanías de Dakar hay varias citas imprescindibles que dejaran una huella imborrable en nuestra memoria.

Soumbedioune es una playa de la capital playa donde las piraguas de vivos colores llamadas gaal descargan cada tarde miles de kilos de pescado para entregarlo a las mujeres encargadas de venderlos.

Al caer la tarde y bajo una luz cálida realmente espectacular, muchas playas, como La Route de Corniche, se convierten en el campo de entrenamiento de musculosos practicantes de la lucha senegalesa, el deporte nacional por excelencia. A pesar de ser una pugna de contacto, no está considerada como grecorromana, sino una mezcla de tradición y cultura precedida por una espectacular coreografía. El origen hay que buscarlos en las aldeas tras la temporada de lluvias, donde el ganador se hacía con el trofeo en forma de ganado o granos, aunque también se luchaba por ocio, amor u honor. Actualmente ya se ha profesionalizado y en el Dakar Arena tienen lugar espectaculares combates.

Casa de los Esclavos de la Isla de Goré con la Puerta de no Retorno al fondo

Apenas quince minutos en el ferry desde el puerto de Dakar bastan para vivir una experiencia emocionante y reflexiva en la isla de Goré. Parece increíble que este maravilloso lugar de vistosas casas coloniales y hermosas buganvillas adornando las recoletas calles fuera el escenario de uno de los episodios más deplorables de la historia. Durante trescientos años fue el más importante mercado de esclavos. Entre doce y quince millones, según las distintas fuentes, de mujeres, hombres y niños fueron traídos desde todos los confines del África subsahariana, privados de sus nombres para siempre y vendidos al mejor postor antes de embarcarlos hacia las colonias americanas para no volver jamás. En el siglo XVI se construyó la primera Casa de Esclavos, pero la que se visita hoy, declarada Patrimonio de la Humanidad, entre el apacible caserío de la isla la construyeron los holandeses en 1776. Entrar en esta antigua cárcel de seres humanos secuestrados de sus aldeas es ya un paso sobrecogedor que sólo el magistral coro de góspel es capaz de humanizar. Actualmente es un centro de interpretación para no olvidar la atrocidad cometida con quienes eran hacinados sin piedad en calabozos, separados por sexo y edad sin considerar los lazos familiares y expuestos como animales en la escalinata del patio central a los mercaderes. Allí se decidía el precio y el destino final. Al lado de este macabro escenario, un pasillo oscuro conocido como “la puerta de no retorno” indicaba el fin en tierras africanas y la última oportunidad para despedirse de los seres queridos antes de ser deportados para siempre.

Un país multicolor

Dejamos atrás la capital para dirigirnos a su predecesora Saint Louis, situada al norte junto a la frontera con Mauritania, pero de camino es imprescindible hacer una parada en uno de los hitos naturales más universalmente conocidos. Se trata del lago Rosa, famoso por ser la ansiada meta del rally Paris-Dakar durante los primeros veintiocho años de competición. Su nombre es debido al color rosa de sus aguas por una curiosa combinación de minerales y el reflejo de la luz sobre la superficie, principalmente al amanecer y al atardecer durante la estación seca.

Continuamos la ruta, no sin antes admirar un hermoso bosque de baobab, hacia Saint Louis, la ciudad más antigua de Senegal, hoy declarada Patrimonio de la Humanidad. Fundada en 1659, fue la capital del estado hasta 1957, siendo la urbe con más sabor colonial gracias a su arquitectura. Su casco antiguo ocupa la pequeña isla N’Dar en la desembocadura del río Senegal y está unida al continente por el puente de Faidherbe, diseñado por Gustave Eiffel en el siglo XIX, en medio de un paisaje de bellísimas playas y valiosos espacios naturales.

Arquitectura colonial de Saint Louis

A sesenta y cinco kilómetros al sur de Dakar, la Reserva de Bandia es un magnífico ejemplo de sostenibilidad medioambiental. Sus tres mil quinientas hectáreas de busque africano en el que se ha regenerado la flora e introducido especies en peligro de extinción, siendo el rey el baobab, es un escenario natural ideal para vivir un auténtico safari africano entre antílopes, gacelas, rinocerontes, avestruces, jirafas, jabalíes, cebras, búfalos, monos, cocodrilos y más de cien especies de aves. Dispone de un recomendable restaurante en el que se sirve el plato nacional o thiéboudienne, un arroz de grano pequeño cocido en una salsa concentrada de tomates aderezados con muchas especias, y por supuesto, pescado. A su lado el Accro Baobab es un espacio de ocio especial y lleno de misticismo, pues conserva uno de los mejores bosques de baobad que, además, se pueden escalar o volar de una copa a otra en tirolina.

Muy cerca ya de la frontera con Gambia, la Reserva de Fathala conserva en sus seis mil hectáreas el bosque original y protege a veintidós especies animales como la cebra de Burchell, el cocodrilo del africano, el búfalo del bosque africano occidental, el mono de patas rojas, el águila pescadora y el pelícano rosado. Entre las curiosidades más significativas hay que destacar el Derby Eland, un extraño ejemplar de antílope en peligro de extinción que Fathala ha conseguido rescatar y la posibilidad de caminar con leones siempre acompañados de un guía de la reserva.

Jirafas en la Reserva de Fathala

Muy cerca se encuentra el delta del río Saloum, un accidente geográfico fascinante. Fue declarado Patrimonio de la Humanidad por “ser importante para la comprensión de las culturas de varios períodos de la ocupación del delta y testigo de la historia del asentamiento humano a lo largo de la costa en el oeste de África”. Formado por más de doscientas islas de sedimentos y conchas, está vertebrado por una red de canales entre manglares por los que navegar al atardecer bajo el cielo rosa y lila es cautivador, además de permitir el avistamiento de todo tipo de aves. Este valioso ecosistema cobra otra dimensión con los objetos funerarios encontrados en enterramientos indígenas en veintiocho de sus islas, aportando un gran conocimiento de las formas y costumbres tradicionales.

Visitar una tarde el puerto pesquero de Joal es una de las experiencias más vibrantes que todo viajero puede vivir. La llegada de los barcos multicolores con el agua amenazando abordar la nave debido a la sobrecarga de pescado, es el motor que dispara la adrenalina de la multitud que invade la playa, hasta el punto de no ver la arena mientras llega el momento de la descarga a mano. El frenesí se respira entre el griterío de los porteadores como una bofetada de realidad africana y el obturador de mi cámara parece volverse loco disparando.

Ambiente en las calles de la isla de las Conchas

El pueblo pesquero de Joal está unido a Fabiouth, también conocida como la isla de las Conchas, por un interminable puente de quinientos metros de largo. Se trata de una surrealista formación artificial de millones de conchas de berberechos sobre el que se asienta un agradable casco urbano. Pasear sus calles con el crujido de las pisadas, departir con sus amables gentes, visitar las tiendas de artesanía y el cementerio cubierto completamente de caparazones en el que descansan contiguamente católicos, musulmanes y animistas es una experiencia inolvidable y un ejemplo de tolerancia.

Saly Portudal, la antigua colonia portuguesa, es el punto ideal para descansar de tantas emociones. Sus magníficos complejos hoteleros garantizan tranquilidad y seguridad para disfrutar de sus bellas playas o de las increíbles puestas de sol, mientras que en sus restaurantes podrás disfrutar de los exquisitos productos locales.

 

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Texto: José Manuel Gutiérrez
Fotografías: Cardinalia Comunicación | Tourisme Sénégal