TÚNEZ

El país de la eterna ensoñación

Texto: José Manuel Gutiérrez
Fotografías: Cardinalia Comunicación | Discover Tunisia | Amine Mouelhii

No podemos controlar nuestros sueños, pero si podemos decidir donde hacerlos realidad, donde vivir experiencias inolvidables con la humildad necesaria para tocar el alma de cada rincón y conocer aquello que las hace diferentes en lugares, a veces míticos, de los que alguna vez hemos oído hablar, despertando así todas las emociones y el deseo irrefrenable de sentir un vibrar nuevo bajo los pies. Así es Túnez, un lienzo multicolor donde se han escrito páginas de la historia hasta donde alcanza la memoria.

Recorrerlo desde los verdes valles del norte que una vez llamaron “Granero de Roma” hasta el sur, allí donde los horizontes dibujan líneas entre la realidad y el espejismo, donde la naturaleza se desahoga con cuchilladas en la roca esculpiendo cañones y donde las tradiciones ancestrales se mantienen vivas, es abandonarse al universo de la luz de un mundo genuino.

Pisar suelo africano siempre es un momento emocionante. Un torrente de sensaciones diferentes en el que se mezclan las ansias de conocer un territorio de sorpresas, la pasión para empaparnos de la esencia tunecina, el deseo de abandonarnos a la magia del desierto o el encuentro con escenarios de leyenda que la historia y el cine inmortalizaron, forman ese crisol reflexivo que nos asalta, mientras la antigua Cartago nos traslada a un cuadro de Delacroix con su atmósfera vibrante impregnando todos los sentidos, al tiempo que mantiene sus fuertes raíces ancestrales con cierto aire de descaro y romanticismo.

Túnez representa un inagotable mosaico de alternativas diferentes para conocerlo, según sea la narrativa que buscamos, admirando paisajes cambiantes y retazos de una historia escrita en piedra, despertándonos en amaneceres dorados que rozan el infinito o en pueblos pintorescos, seduciéndonos por una tierra que abraza a sus gentes dándoles morada o perdiéndonos en bellísimas playas de arena blanca.

Sitio Arqueológico de Dougga

Tras las huellas de Roma

El legado imperial en tierras tunecinas es asombroso y descubrirlo es también una magnífica excusa para dibujar una ruta que iniciamos en las verdes y fértiles tierras del norte llenas de enclaves Patrimonio de la Humanidad que una vez alimentaron un Imperio. De ahí le viene el viejo apelativo de “el Granero de Roma”, un territorio en el que además dejaron huella fenicios, númidas y hasta un buen número de moriscos expulsados de España en el siglo XVI.

Junto a la antigua carretera imperial que partía de Cartago se alza una urbe con reminiscencias españolas: Testour. Aquí llegaron los moriscos expulsados de Castilla y de Aragón en 1609 fundando la más importante ciudad andalusí de Túnez. Lo más significativo de aquella época está en Gran Mezquita con sus dos torres octogonales de estilo aragonés y las cúpulas de inspiración renacentista.

Gran Mezquita de Testour

Declarado Patrimonio de la Humanidad, el Sitio Arqueológico de Dougga fue un asentamiento bereber, púnico, romano y bizantino y una de las ciudades mejor conservadas del norte de África con más de cuatro mil años de antigüedad, conservando monumentos tan espectaculares como el mausoleo libio-púnico, el capitolio dedicado a la triada Júpiter, Juno y Minerva, entre otros.

Más al sur espera Bulla Regia, antigua ciudad romana situada en la encrucijada de las calzadas que unían Cartago con Hippo Regius para dar salida al mar desde el Sahel. La monumentalidad de la ciudad africana romanizada viene dada por el uso del mármol y por la existencia de edificios como el capitolio, el templo de Apolo, el anfiteatro o el teatro, pero lo que le ha dado fama universal son las casas subterráneas dotadas de todas las comodidades de la época y los virtuosos mosaicos que las adornan, destacando la “Casa de la Caza”, la “Casa del Anfiteatro” y la “Casa del Tesoro”.

Bulla Regia, antigua ciudad romana

De camino a nuestro siguiente objetivo merece la pena detenerse en El Kef atraídos por la estampa de la fortaleza otomana del s. XVII. Pasear por las recoletas calles de su medina es una lección de tolerancia, pues tan pronto vemos una iglesia con- sagrada a San Pedro, como termas romanas, sinagogas judías o el mausoleo de Sidi Bou Makhlouf con su minarete octogonal verde esmeralda.

El Kef desde la fortaleza otomana

Más al suroeste una inmensa mole de piedra de casi mil trescientos metros de altura rompe el horizonte. La Tabla de Jugurtha es una desafiante montaña tubular con importantes restos arqueológicos, una fortaleza natural denominada así en honor al rey númida Jugurtha, quien se refugió aquí para resistir al general romano Mario durante una batalla decisiva en la historia del norte de África.

Con las evocaciones históricas y culturales mezcladas con el exotismo que buscamos llegamos a Sbeitla. Fundada por los romanos en la época de Vespasiano, alcanzó su apogeo económico en el s. II gracias al floreciente cultivo del olivar y la elaboración de aceite. Caído el Imperio, los bizantinos trasladaron aquí la capital desde Cartago, recuperando el esplendor de la ciudad.

Sbeitla, los bizantinos trasladaron aquí la capital desde Cartago

Con una estampa imponente nos recibe el coliseo romano de El Djem, otro hito tunecino Patrimonio de la Humanidad. Construido en el s. III d.C, es el tercero más grande del mundo con una capacidad de treinta y cinco mil espectadores y un magnífico estado de conservación. Algunos especialistas califican sus características arquitectónicas como únicas en el mundo.

Llegar a la ciudad de Túnez es inevitablemente llegar a Cartago. Recorrer sus calles es como deambular por los siglos que han dejado sus huellas de múltiples maneras. Volvemos a las huellas de Roma en el Museo Nacional del Bardo, antiguo palacio de los monarcas otomanos que alberga la mayor colección de mosaicos romanos en el mundo, además de un importante legado multicultural.

Museo Nacional del Bardo, Túnez

Pasear la Medina de Túnez, declarada Patrimonio de la Humanidad, donde se hallan sus monumentos y los zocos tradicionales llenos de mercancías típicas, la plaza de la Kasbah, las mezquitas de Ezzitouna y la de Hammouda Pacha y los muchos puestos para degustar auténtica comida tunecina es una experiencia vibrante e inolvidable.

Muy cerca se encuentra Sidi Bou Said, el pueblo más pintoresco en la ensenada, famoso por sus hermosas casas pintadas de azul y blanco con sus bellos balcones decorados con arabescos y por los maravillosos atardeceres sobre la bahía de Cartago.

Sidi Bou Said

Escenarios de cine

Allí donde la magia existe se extiende una tierra de película y soplan aires de libertad que llegan del Gran Erg, empujándonos a las puertas del Sáhara, después de rendirnos a la magia de los oasis de montaña que se abren al cielo inmenso y antes de llegar a la tierra en la que se habla la lengua bereber, donde los espejismos evocan caravanas de mercaderes.

De pronto la tierra se parte en dos para alojar los oasis de montaña de Chebika, Tamerza y Mides, emocionantes ecosistemas en los que el agua fluye con generosidad en forma de cauces y cascadas. Tal vez el más cautivador sea el de Mides que se suspende al borde de un vertiginoso e impresionante cañón, en el que se rodaron inolvidables escenas de El Paciente Inglés y de Star Wars.

Oasis de Montaña de Mides

Como surgida de las doradas arenas, Tozeur, la que fuera límite meridional del Imperio Romano se alza en un inmenso oasis de cientos de miles de palmeras productoras de los dátiles conocidos como “dedos de luz”. Mirando al cielo se alzan bellos edificios con fachadas de ladrillo identitarias de la legendaria ciudad que fue importante centro comercial gracias a las caravanas de mercaderes. Aquel exotismo cosmopolita aún se conserva y el tiempo transita a distinta velocidad, como dijo Franco Battiato en su canción “Los trenes de Tozeur”.

Muy cerca y bajo un cielo azul de intensidad casi dolorosa, en medio de una explanada brillante por los restos de sal que afloran desde el subsuelo, al abrigo de imponentes dunas, Mos Espa recuerda la ciudad artificial que fue en el planeta imaginario de Tatooine en el universo de Star Wars.

Mos Espa

De camino al “reino bereber” se nos despliega el espejo del lago salado Chott El Jerid, el mismo que según Herodoto fue alcanzado por los Argonautas, es la mayor superficie salina del Sáhara. Según la época del año sus tonalidades varían del blanco al verde claro, pasando por el púrpura, pero siempre es un fotograma imposible de olvidar que en ocasiones se ha convertido en plató cinematográfico en el rodaje de Star Wars.

Corremos casi paralelos a línea defensiva de la frontera sur del Imperio, donde sobreviven algunos fuertes romanos, muy cerca de Ksar Ghilane, un maravilloso oasis de aguas termales que cada día despierta con la mágica luz del amanecer y la ensoñación romántica de las caravanas de mercaderes.

Vuelve a cambiar el paisaje a una fisonomía de paisaje lunar en Ain Charchara, a montañas, llanuras y picos escarpados que custodian la genuina arquitectura de los Ksour. Estos graneros fortificados eran antiguamente puntos de encuentro de los nómadas que almacenaban allí sus mercancías para protegerlas de los saqueadores. Ksar Hadada es un magnífico ejemplo de viviendas y graneros bereberes convertido en plató de rodaje de “La Amenaza del Fantasma” de la película Star Wars. Chenini es el único pueblo de cresta aún habitado por una comunidad bereber con casas excavadas en la roca y lengua propia.

Ksar Hadada

Volvemos al coliseo de El Djen, pero esta vez con una perspectiva cinematográfica. La genuina arquitectura que tantos espectáculos contempló hace casi dos mil años, hoy abraza el recuerdo de las últimas escenas de la película Gladiator, además de multitud de spots de televisión.

Kairouan, la ciudad más antigua de Túnez, Patrimonio de la Humanidad y la cuarta más importante del islam, brilla por sus muchos monumentos y por su arquitectura islámica, destacando la Gran Mezquita con sus cuatrocientas columnas y elementos decorativos. La ciudad cuenta con medio centenar de templos religiosos, además de los zocos medievales en los que se rodaron escenas de Indiana Jones en Busca del Arca Perdida.

Playas de ensueño

Djerba, la misteriosa e histórica isla famosa por ser la de los comedores de Lotus en la Odisea de Homero, hoy es uno de los más deseados destinos vacacionales de Túnez. Más allá de las paradisiacas playas, el paraje guarda muchas sorpresas como puertos pesqueros de artes ancestrales, una arquitectura civil y religiosa única en todo el país, un arte urbano emergente, talleres artesanos, una gastronomía marinera suculenta, una fortaleza española del s. XIV y hasta la antigua mezquita subterránea de “Jamaa Loutaa”.

Djerba

Desde estas latitudes y siguiendo los mil doscientos kilómetros de costa hasta la frontera argelina, Túnez presume de tener algunas de las playas más bellas del Mediterráneo.

Desde Sfax hasta Tabarka, pasando por Monastir, Sousse, Hammamet y Bizerta, entre otros maravillosos enclaves, es una sucesión de playas de arena blanca, de calas vírgenes entre impresionantes acantilados, pueblos singulares o lugares tan singulares como Ras Angela, el punto geodésico más septentrional del continente africano.

 

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Texto: José Manuel Gutiérrez
Fotografías: Cardinalia Comunicación | Discover Tunisia | Amine Mouelhii