UZBEKISTÁN

Arte y cultura hechas leyenda

Texto: José Manuel Gutiérrez
Fotografías: Centro Nacional de Relaciones Píúblicas | Cardinalia Comunicación

Esta tierra pisada por Marco Polo es una encrucijada de civilizaciones a caballo entre oriente y occidente. Desde Alejandro Magno hasta la época zarista, pasando por Gengis Kan y Tamerlán, el territorio que hoy conocemos como Uzbekistán ha visto nacer, luchar, coexistir y morir a varios de los mayores imperios de la historia.

Por tierra uzbeka pasaron algunas de las grandes rutas comerciales que unían China con los principales mercados occidentales, sobre las que se idealizaron leyendas, se construyeron ciudades míticas y se consolidó uno de los más importantes canales de intercambio cultural de la historia, la Ruta de la Seda. Ese camino que recorrían grandes viajeros, caravanas de comerciantes y artesanos mercadeando con gemas, alimentos, especias, pólvora, seda y todo lo que se podía comprar o vender, significó algo mucho más importante que lo material y que se transportaba sin esfuerzo, el intercambio del conocimiento.

Fueron siglos en los que Uzbekistán era el centro del mundo y el catalizador de los saberes de Persia, China, India, Bizancio o Roma. También fue testigo de una prosperidad sin precedentes que dejó su huella en monumentos fascinantes y con un sentido estético y artístico en mayúsculas. Así nacieron ciudades míticas como Jiva, Bujará y Samarcanda, siendo también la fuente de inspiración de la ensoñación más exótica y deseada por los viajeros.

Uzbekistán regala paisajes que enamoran

Un camino legendario

Mucho se ha escrito ya de aquel mítico viaje que realizó Marco Polo con diecisiete años acompañando a su padre y a su tío, mercaderes venecianos, quienes buscaban establecer lazos comerciales con el Extremo Oriente en la segunda mitad del siglo XIII a través de una nueva ruta.

Este viaje fascinante duró veinticuatro años cruzando Oriente Medio, el Cáucaso meridional, Asia Central, Persia y el norte de China, pero su paso por el territorio que hoy conocemos como Uzbekistán le marcó profundamente. En su obra “El libro de la diversidad del mundo”, Marco Polo hace una descripción bastante detallada del territorio uzbeko, con especial detalle de Samarcanda, de la que dice que es una gran ciudad, muy noble con muchos huertos y bazares. Cuenta que en esta tierra no sólo viven musulmanes, sino también cristianos y que existe un clima de tolerancia de todas las religiones. De aquella gesta comercial y cultural épica que hoy conocemos como la Ruta de la Seda han llegado hasta nosotros tres emblemáticas ciudades en suelo uzbeko, todas ellas declaradas Patrimonio de la Humanidad.

Cuenta la leyenda que Jiva fue fundada en el lugar en el que Sem, el hijo de Noé cavó los pozos Keivah, pero lo que es incontestable es que está considerada el mejor ejemplo de arquitectura árabe de toda Asia Central. Situada en medio de un paisaje desérticamente infinito que una vez fue un vergel, la que fuera capital de la histórica región de Corasmia y lugar de nacimiento de Al-Juarismi, el padre del álgebra y creador de los algoritmos se levanta como un oasis de ensoñación permanente. Aquí se creyó que estaba el Jardín del Edén y la razón se atribuye a que dos mil quinientos años antes de Cristo ya habían desarrollado un complejo sistema de riego que transformaba el escenario del ocre a un verde intenso.

Arrasada en el siglo XVIII por los persas, vivió un posterior renacimiento en el que se reconstruyeron la mayoría de las joyas arquitectónicas que hoy la hacen única, conservando la magia legendaria del pasado.

Pasear su centro histórico, llamado Itchan Kala, es como deambular por las páginas de cuentos y relatos de ficción, pero el embrujo y la extrema belleza de la antigua fortaleza de Kunya-Ark, de sus calles, de sus minaretes, de las madrasas, de las mezquitas, de los palacios y de otras muchas construcciones es muy real, conservando el embrujo más genuino de la Ruta de la Seda.

La poderosa muralla protege tesoros culturales de incalculable valor como los minaretes de Kalta Minor o el de Islam Khodja, además de palacios como el impresionante Tash Hovli, con sus excelentes techos y sus paredes azulejadas.

Minarete Kalta Minor y antigua madrasa, Jiva

Bujará, la capital de la cultura islámica, es un oasis mágico de cúpulas doradas y de fachadas multicolor en un ejercicio compositivo de azulejos colocados con sabiduría, además de un importante centro de la cultura uzbeka. En sus madrasas estudiaban el Corán miles de alumnos, además de impartir enseñanzas en medicina, filosofía, astronomía o poesía, entre otras disciplinas.

Las tropas de Gengis Khan arrasaron la ciudad en 1220, quedando sólo en pie el minarete Kalon, una bella construcción que también actuaba de faro para guiar a las caravanas que cruzaban el desierto. A su lado la mezquita de Kalon, con capacidad para doce mil fieles, es un bello ejemplo de arquitectura religiosa, en el que llama la atención el conjunto de doscientos ochenta y ocho pilares que sostienen la cubierta de cúpulas decoradas.

Enfrente, presidida por un gran pórtico con nichos abovedados y azulejados, la madrasa de Mir-i-Arab sigue activa en su cometido y conserva las ciento catorce celdas, el mismo número que suras el Corán. Junto con la de Kalon y la de Djuma delimitan la plaza Poi-Kalon, una de las más bellas de la ciudad.

La vida de su centro histórico gira en torno a la plaza Lyabi-Huz y al atardecer se vuelve mágica con las luces cálidas refractadas del desierto, momento en el que los salones de té y los restaurantes preparan sus terrazas alrededor del estanque central, en las que se puede degustar ”patur”, plato tradicional elaborado con harina, mantequilla y agua o el “plov”, típico guiso de ternera, cordero, zanahorias y arroz.

Sería imperdonable abandonar Bujará sin recorrer la ciudadela de los gobernantes hasta 1920, también conocida como Arq, construida en el siglo V. La contundente muralla de cónicos torreones delimita un espacio lleno de palacios, edificios singulares y la mezquita de Ul’dukhtaron, en cuyo interior se han abierto una serie de museos de la vida urbana en el siglo XIII.

Llama poderosamente la atención la madrasa de Abdulaziz-Khan, sin duda la más hermosa de la mítica ciudad. Construida en el siglo XVII con la intervención de los mejores arquitectos y artesanos traídos de China e India, luce una espléndida fachada cubierta de mocárabes con representación de figuras de vegetales y de animales como dragones. No menos sorprendente es la monumental puerta con cuatro torres rematadas por cúpulas vidriadas de Char Minor que daba acceso a una madrasa ya desaparecida.

Conjunto arquitectónico Poi-Kalyan, Bujara

Dos mil setecientos años de vibrante historia hacen de Samarcanda una ciudad única. Cruce de caminos por antonomasia en Asía Central y testigo vivo de la historia de la Ruta de la Seda, tradicionalmente se lanzó la teoría de que podría ser uno de los protagonistas de la recopilación de cuentos de “Las mil y una noches”, pues la magia que conserva y la belleza de sus monumentos invitan a justificar esa ensoñación. La ciudad de las cúpulas azules en la que comenzó la difusión de las técnicas de la fabricación del papel es un arquetipo de creatividad artística gracias a que llegó a ser un auténtico crisol de culturas.

La imagen más universal y perfectamente justificada por su alto valor cultural es la plaza de Registán, posiblemente una de las más hermosas del mundo, situada en el corazón de la antigua ciudad medieval. Flanqueada por las madrasas de Ulugh Beg, Sherdar y Tilla-Kari forman un paraíso arquitectónico y artístico único en el mundo, que ya por sí sólo justifica la visita a Samarcanda. Fue la capital de uno de los grandes imperios asiáticos entre los siglos XIV y XV, bajo el mandato de Tamerlán, quien mandó edificar otro de los hitos patrimoniales y mejor conservaos, el Museo Gur-e-Amir, cuyo significado es Tumba del Rey.

Plaza Registán, Samarcanda

La mezquita Bibi Khanum es otra de las maravillas imprescindibles de visitar. Construida también por orden de Tamerlan con la intervención de los mejores artesanos del imperio, deslumbra por sus cúpulas azul turquesa, por sus bellos azulejos, por la gigantesca puerta y por su grandiosidad.

La necrópolis Shah-i-Zinda es la mayor de Uzbekistán y en ella, según cuenta la leyenda está enterrado uno de los primeros profetas de Mahoma. Se trata de un complejo de edificios construidos a lo largo de los siglos formando una sucesión de hermosos mausoleos, entre los que hay una pequeña parte reservada a Madrid, pues en Samarcanda hay un barrio con el nombre de la capital de España en honor al que fue el primer embajador europeo en Asia, concretamente Ruy González de Clavijo, madrileño de nacimiento y enviado por Enrique III a principios del siglo XV para crear alianzas con Tamerlán.

Lugares bonitos de Samarcanda

Más allá de la Ruta de la Seda

Las ciudades del desierto en Corasmia, la colina de Afriasiab, los restos de los templos budistas del sur, los petroglifos del desierto, la eterna estepa, las montañas vírgenes o las pequeñas ciudadelas son un manantial inagotable de sorpresas, experiencias y emociones.

Plaza de Mustakillik y estatua de Amir Temur

Uzbekistán mira al futuro con una hoja de ruta muy bien calculada. Uno de sus máximos exponentes es su capital, Tashkent que, si bien conserva buena parte de su patrimonio histórico, hoy es el centro financiero y administrativo del país. Es una ciudad moderna, cosmopolita y muy dinámica, segura y acogedora con amplias avenidas y muchísimas zonas verdes. En la zona histórica de su trazado urbano se conservan interesantes monumentos como las madrasas de Kukaldosh y Barak Khan, el mausoleo de Kaffal Shasi y la biblioteca en la que se conserva un manuscrito valiosísimo del siglo VII, el Corán Usman. También es muy recomendable una visita al mercado central, tanto por su magnífica cúpula azul, como por disfrutar con la infinita variedad de productos locales, sin olvidar un paseo por la plaza de la Independencia y por la de Amin Timur.

Bellos y coloridos vestidos adornan las tradiciones de Uzbekistán

Otra de las curiosidades de Uzbekistán es su tradición del teatro de marionetas, cuyo origen se remonta al siglo IV, empezándose a hacer primero en madera y después de cerámica. Es muy común encontrar actuaciones callejeras en pueblos y ciudades, así como artesanos que las fabrican, aunque uno de los más sugerentes de ver es el de Iskandar Kharimov en la plaza Lyabi-Huz de Bujará.

 

https://uzbekistan.travel/es/

Haz click en la imagen y visita nuestra edición clásica
Texto: José Manuel Gutiérrez
Fotografías: Centro Nacional de Relaciones Píúblicas | Cardinalia Comunicación