EL SALVADOR

Inspiración natural

Texto: Javier Gutiérrez
Fotografías: Javier Gutiérrez / Cardinalia Comunicación | Vaclav | Alira Vale
El Salvador, inspiración natural

El Salvador te da la bienvenida con playas casi vírgenes, algunas de ellas un paraíso para los amantes del surf, con imponentes volcanes y con espacios naturales bellamente decorados de cafetales, bosques tropicales, cascadas y lagos.

Atravesada por Sierra Madre de poniente a oriente, bien podríamos decir que El Salvador es el jardín de Centroamérica. A lo largo y ancho del país encontramos en torno a ochocientas especies de árboles y más de cuatrocientas variedades de orquídeas repartidas en las más de ciento cincuenta áreas naturales protegidas, donde habitan más de mil especies de mariposas, cien de mamíferos, más de quinientas de aves y ochocientas especies marinas.

Paraísos naturales y maravillosas playas donde locales y visitantes disfrutan de interminables jornadas practicando el surf o simplemente descansando, refrescándose en sus prístinas playas o realizando todo tipo de deportes acuáticos.

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Togoroz, ave nacional de El Salvador

Surf City, destino de surf por excelencia

En sus trescientos veinte kilómetros de costa se suceden playas de arena negra volcánica y otras paradisíacas tan típicas del océano Pacífico. Lugar de peregrinación obligada para los amantes del surf de todo el mundo, el litoral salvadoreño cuenta con diferentes escenarios que se ajustan a las capacidades de cada aficionado.

A tan solo siete kilómetros del puerto de La Libertad se encuentra la playa El Tunco, palabra muy salvadoreña utilizada para referirse a los cerdos. Su nombre se debe a la gran roca semisumergida en la playa que, según cuenta la tradición, en algún momento se parecía a este animal. Lo que en los años setenta y ochenta del siglo pasado era un pequeño caserío al lado de un estero, hoy es un microuniverso que gira en torno al surf, reflejado en los murales, en la vestimenta de sus visitantes y en su arquitectura. Un singular núcleo lleno de tiendas que alquilan tablas de surf, además de otras en las que es posible adquirir trajes y accesorios para la práctica de este deporte. Cuenta con alojamientos modestos para mochileros y otros para aquellos que buscan algo más exclusivo, así como establecimientos donde es posible degustar diferentes sabores del mundo y puestos callejeros que ofrecen desde las típicas pupusas hasta pastelitos salvadoreños. También aquí se puede disfrutar del mejor café de El Salvador, de cervezas nacionales e internacionales y de todo tipo de cócteles en los bares y discotecas.

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La calma que precede a la ola perfecta en la playa El Tunco

Otro de los lugares emblemáticos para la práctica del surf en el país es la playa El Zonte que, a pesar de ser uno de los más demandados por los turistas, ha sabido conservar su ambiente bohemio. Con un paisaje vistoso, con farallones y lenguas de roca que se adentran en el mar, El Zonte cuenta con varias secciones para la práctica del surf, dos playas de arena negra volcánica, separadas por el río y su pequeño estero, así como unas interesantes cuevas que son el marco perfecto para llevarte un recuerdo de tu visita en forma de fotografía. La oferta hotelera y de restauración aquí es abundante; desde hostales, casas de alquiler, hoteles y todo tipo de restaurantes, hasta establecimientos modernos y de mayor calidad. Uno de los alojamientos más singulares es Eco Suites El Salvador, un hotel con una visión innovadora y comprometida con la sostenibilidad que redefine la experiencia de hospedaje al fusionar confort, diseño sostenible y riqueza natural.

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Surfistas de todo el mundo eligen El Zonte para cabalgar sobre las mejores olas

Si hay un marco ideal que combina los dos tipos de playas que ofrece El Salvador es Mizata, un lugar extraordinario, considerado el más bello de la zona y que es generoso en vegetación tropical, regalando un escenario natural sumamente atractivo.

En realidad, son dos playas separadas por un rompeolas. A un lado, una playa de arena de aproximadamente un kilómetro y, al otro, un lugar dedicado exclusivamente a la práctica del surf. Es perfecta para aquellos que buscan disfrutar de las olas o para los que quieren pasar un día relajado y poder descansar.

Esta inolvidable experiencia se completa con Mizata by Antiresort, donde es posible desconectar, recargar energías y renacer. Desde una casa en un árbol frente al mar hasta casas del árbol jungle, bungalós frente al mar o en la selva, todas las estancias ofrecen sentimiento y serenidad. Desde darse un refrescante baño en la piscina con el marco incomparable que ofrece el Pacífico, disfrutar su gastronomía en Nawi Beach House con sus sabores atrevidos y cócteles artesanales o en Ishwi Omakase —“saciarse a través de la comida” en náhuatl— que rinde homenaje a este pueblo y a su profunda conexión con el océano, Mizata by Antiresort demuestra que disfrutar del paraíso en este mundo es posible.

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Disfrutando del Pacífico desde la piscina de Nawi Beach House en playa Mizata

Puerto La Libertad

Antes de abandonar la costa y adentrarnos en el interior, visitamos el muelle turístico de Puerto La Libertad. Situado en la zona costera conocida como Surf City, este recurso turístico del país, que ha sido renovado recientemente, cuenta con el antiguo muelle y con otro nuevo de más de doscientos metros de longitud. Este histórico embarcadero de más de cien años de antigüedad sigue conservando el ambiente tradicional, gracias a las barcas tradicionales de pescadores que llegan cargadas con los deliciosos pescados y mariscos extraídos del Pacífico. Ideal para disfrutar de los más bellos atardeceres sobre el océano, cuenta además con un restaurante con vistas al mar y zonas de descanso que lo convierten en lugar privilegiado para disfrutar de la costa.

Esta modernización del muelle se ha visto reflejada también con la apertura del Mercado del Mar y la inauguración de Sunset Park.

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Puerto La Libertad con Sunset Park al fondo

En el Mercado del Mar no solo es posible admirar los tesoros en forma de pescado y marisco que regala el Pacífico, sino que también posibilita el adquirirlos para degustarlos en la comodidad de los hogares. Pero si lo que nos apetece es disfrutarlos sintiendo la brisa del mar acariciando nuestros rostros, podemos decantarnos por alguno de los veinte restaurantes que elaboran deliciosos platillos. Y después de dar buena cuenta de estos manjares, una excelente idea es dar un agradable paseo por el muelle mientras disfrutamos de refrescantes minutas -helado elaborado con hielo raspado al que se añaden jarabes de frutas o mermelada de tamarindo y frutas-, cocos o “antojitos” -típicos pastelitos rellenos de carne, mientras admiramos la gran variedad de recuerdos que ofrecen los puestos de artesanía.

Si ya hemos recorrido el puerto, podemos acercarnos a Sunset Park, el primer parque permanente de diversiones frente a la costa en la región centroamericana que cuenta con noria, roller coaster, carrusel, salto de rana y un barco. Pero es al llegar la noche cuando la magia se apodera de este lugar con las luces multicolores reflejadas sobre las aguas del océano. La oferta de ocio en Puerto La Libertad se completa con el Parque de Aventuras Surf City Walter Thilo Deininger.

La conocida como puerta de entrada a Surf City es uno de los destinos más visitados de El Salvador por aquellos que buscan nuevas experiencias.

El Salvador o “el valle de las hamacas”

Con doscientos cuarenta y dos volcanes repartidos por el país, treinta y seis de ellos activos, El Salvador es conocido como “el valle de las hamacas” por la gran cantidad de movimientos sísmicos que se producen a lo largo del año, muchos de ellos completamente inapreciables.

Uno de estos volcanes es el de Santa Ana, que en náhuatl significa “el cerro de la vieja” y forma parte del Complejo Los Volcanes, en la cordillera de Apaneca. Situado en una región cafetera a unos sesenta y cinco kilómetros de la capital, es un volcán estrato en el que los diferentes colores que presentan sus paredes nos indican las diferentes erupciones que se han producido a lo largo de los siglos. Con una elevación máxima de 2.381 metros sobre el nivel del mar, tuve el privilegio de ascender hasta los 2.294, lo máximo que se puede subir, desde donde pude admirar las majestuosas vistas que ofrece, como son el interior del cráter con una laguna de un verde intenso o el majestuoso lago de Coatepeque.

Antes de iniciar la subida, nuestro guía nos facilitó una valiosa y útil información; desde la fauna que aquí habita, como son los diferentes tipos de serpientes en peligro de extinción: víbora de cascabel o la tamagás, el hermoso tucán verde esmeralda, el margay o tigrillo, un felino moteado de más o menos el mismo tamaño que un gato doméstico y que es una de las especies más emblemáticas y amenazadas del país, así como venados, diferentes aves y coyotes, hasta la flora. Cuatro son los árboles más comunes aquí: el guachipilín, con bellas flores amarillas y muy valorado por su madera dura; mano de león, especie arborescente que tiene un uso ornamental y gran valor ecológico en bosques de pino-roble; el tatascamite, adornado con flores de color amarillo intenso, de madera dura, pesada y muy duradera; y el zorrillo, utilizado en la medicina tradicional para tratar dolores de espalda y afecciones respiratorias.

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Descanso para refrescarse en la subida al volcán Santa Ana

Comenzamos la ascensión atravesando un bosque nuboso, frondosa vegetación que irá cambiando a medida que avanzamos. A lo largo del trayecto hasta el cráter encontramos diferentes miradores, pero las majestuosas vistas que ofrece la subida se pueden apreciar desde cualquier punto. Uno de estos permite admirar dos volcanes: el Itzalco y el Cerro Verde. El primero es uno de los diez más activos del país y es conocido como el faro de Centroamérica. En erupción durante más de doscientos años sirvió a los barcos que navegaban por el Pacífico para orientarse y saber cuándo se estaban acercando a las costas de El Salvador. A su lado, Cerro Verde es un volcán inactivo. La última erupción se produjo hace aproximadamente 25.000 años, por lo que no tiene cráter y está cubierto completamente de vegetación. El volcán Itzalco se puede escalar, pero primero hay que subir a Cerro Verde y posteriormente descender por una pendiente con 1.500 escalones, siendo un trayecto de máxima dificultad.

Continúo ascendiendo Santa Ana y desde el primer mirador hasta el tercero se tarda aproximadamente treinta minutos. A partir de aquí el paisaje cambia completamente, pues el bosque nuboso montañoso tropical que nos acompañaba hasta este momento desaparece y con él la agradable sombra que nos protegía del sol. La subida empieza a hacerse más difícil, el camino es más inclinado, los árboles han dejado paso a las rocas y el suelo no es tan firme por culpa de la gran cantidad de piedras sueltas. Fue necesario aumentar las precauciones porque una caída o una mala pisada podía acabar con esta magnífica experiencia. Realmente es el tramo más duro. Empiezas a divisar a lo lejos el final, pero tienes la sensación de que cuanto más avanzas, más se aleja la cima. En este punto, el número de senderistas ha aumentado considerablemente hasta el punto de que es necesario pararse para que los que vienen en sentido contrario puedan avanzar. Cuando las dudas empezaron a aparecer en mí, un oasis se presentó ante mis ojos. Hasta aquí suben todos los días lugareños con sus neveras repletas de todo tipo de refrescantes y dulces viandas que te dan las fuerzas necesarias para continuar. Un breve descanso y, con las pilas recargadas, sobre todo por la motivación, continúo la ascensión. Por fin coronó el volcán y lo que me encuentro allí es un importante número de aventureros disfrutando de la belleza natural que ante nuestros ojos se despliega: un magnífico cráter de aproximadamente trescientos metros de altura con la laguna coloreada de verde por el azufre. En cualquier dirección hacia la que dirijas la mirada, el paisaje se antoja cada vez más espectacular, como el que ofrecen las aguas turquesas del lago de Coatepeque. Allí arriba te sientes pequeño, insignificante, pero con la satisfacción de haber podido con la ascensión. Lamentablemente, no es posible estar allí todo el tiempo deseado, pues este lo marca la fuerza del viento y ese día Eolo se mostró generoso.

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Crater del volcán Santa Ana

El otro volcán que pude visitar es El Boquerón en el Parque Nacional El Boquerón. Comparado con Santa Ana, este no presentó ninguna dificultad, pues todo el recorrido se hace por pasarelas perfectamente acondicionadas y la ascensión no llega a los treinta minutos. Circunstancia esta que no le resta nada de espectacularidad. Se trata de un área protegida que cuenta con una gran diversidad de flora y con tres miradores en ángulos diferentes desde los que puedes admirar El Boqueroncito, un cráter menor de treinta y siete metros de altura aproximadamente, en cuyas laderas se cultivan flores y frutas de climas templados. Estamos ante el marco ideal para pasar un día inolvidable con la familia o amigos, disfrutando de la naturaleza, de la gastronomía de la zona y de la tranquilidad que aquí se respira. Además, durante el traslado por carretera pude comprobar que hay numerosos miradores, así como restaurantes y cafeterías que ofrecen espectaculares vistas de San Salvador, del lago de Ilopango y del volcán Chinchontepe mientras disfrutamos de una deliciosa taza de café, de refrescos naturales y hasta de los vinos más sofisticados y, por supuesto, de una suculenta gastronomía.

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Volcán El Boquerón en el Parque Nacional El Boquerón

Esto es sólo una mínima parte de lo que el rico patrimonio natural de El Salvador ofrece al visitante. Con cierta desilusión por no poder descubrir todas las propuestas que hace el país centroamericano, inició el camino de vuelta a casa, pero lo hago con la firme idea de volver para descubrir las joyas naturales que esta generosa tierra esconde, que están esperando a que nosotros las podamos descubrir y disfrutar.

 

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Texto: Javier Gutiérrez
Fotografías: Javier Gutiérrez / Cardinalia Comunicación | Vaclav | Alira Vale