Vive la vida como cuando sales a la montaña, mira a la cima, toma conciencia de todo en cada momento, lo que importa es el camino recorrido y con quién lo compartes, la cima te dará la satisfacción de la meta alcanzada, aunque el verdadero regalo es la experiencia vivida.
Bajo un cielo intenso que se funde con las montañas que recortan el horizonte infinito, las palabras del escritor Fernando Beltrán dan sentido al deseo de rodar entre los campos meseteños hasta casi abrazar las brañas cántabras. Un itinerario vertebrado por las sirgas del Canal de Castilla que se funden y cruzan con antiguos caminos de peregrinación hasta la inmersión en la más pura esencia castellana.
La narrativa de esta ruta nos habla de antiguas necesidades de progreso, poniendo en valor legados culturales y naturales absolutamente genuinos.
Más allá de la común estampa protagonizada por ciclistas, senderistas y peregrinos, recorrer este itinerario cultural en moto era algo que me rondaba desde hace tiempo, pues me seducía la idea de reencontrarme con un paisaje en el que la piedra y el agua rompen la aparente monotonía de la llanura con su plasticidad sonora, invitando a la ensoñación de otros tiempos.
El sueño de la Ilustración
“Conozco que para hacer los ríos navegables y caminos son menester muchos años y muchos tesoros, pero, Señor, lo que no se comienza no se acaba, y si el gran Luís XIV prescribió reglas y ordenanzas que siguió y siguen con tan feliz suceso, ¿por qué no se podrán adoptar y practicar en España siendo vuestra majestad su rey?”. Con este argumento y la realidad de una Castilla atrasada y en claro deterioro económico, el marqués de la Ensenada convenció al rey Fernando VII para acometer una de las más importantes obras hidráulicas de la historia de España: el Canal de Castilla.
Castilla soñaba con el control fluvial mediante una red de canales, muy extendidos en Europa, pero aquí habrían de esperar más de doscientos años. Con este proyecto se buscaba dotar a la región de un sistema de navegación interior que permitiera la exportación de cereales hacia los puertos del Cantábrico.
Bajo la dirección del ingeniero militar Antonio de Ulloa el 16 de julio de 1753 se inician las obras en la localidad palentina de Calahorra de Ribas, pero numerosas interrupciones por problemas económicos y diferencias entre técnicos y políticos acabarán paralizando los trabajos en 1757. Dos años después se reanudan en Alar del Rey; en 1791 el Canal de Castilla llega al fin a Calahorra, arranca la navegación comercial y, una vez terminado el Canal del Norte y acondicionada la parte construida del Canal de Campos, se abren unos cien kilómetros entre Sahagún el Real y Alar del Rey.
Finalizadas las obras de los tres ramales en 1849, el Canal de Castilla completó su círculo con doscientos siete kilómetros navegables. Entre 1850 y 1860 asume el mayor volumen de tráfico comercial de su historia con más de cuatrocientas barcazas, pero es solamente un breve periodo de esplendor. En 1860 comienza su declive con la aparición de su más duro competidor: el ferrocarril.
Considerada la obra cumbre de la Ilustración, contaba con cuarenta y nueve esclusas, sesenta y seis puentes, cuatro acueductos, tres represas y cuatro dársenas, así como embarcaderos, fondeaderos, astilleros y hasta una cárcel. Una infraestructura económica que se completó con trece fábricas de harina, cinco molinos, dos centrales hidroeléctricas, una serrería mecánica, una fundición siderúrgica y una fábrica de hilados y tejidos.
Lo que en su momento fueron construcciones funcionales, hoy representan todo un atractivo turístico. Lugares con encanto, distintivo de una España que buscaba modernizarse, historia que se lee en piedra y que permite entender las circunstancias que llevaron a aquellos hombres, los ilustrados, a construir esta insigne obra.
Un camino a contracorriente
Al igual que un río natural, las aguas del Canal de Castilla discurren en sentido norte–sur, pero en esta ocasión decido rodar a contracorriente y tomar como puntos de partida las dos dársenas en las que termina el cauce fluvial.
A pesar de no ser la más grande de cuantas se construyeron en el Canal de Castilla, la de Valladolid presenta un importante conjunto arquitectónico que nos indica la prolífica actividad que tuvo. Almacenes, viviendas, talleres, fragua, cocheras, arqueta, desagüe, grúa de draga, fábrica y demás edificios testimonian su importancia comercial.
Aquí terminaba el Ramal del Sur procedente de la ciudad de Palencia. Su discurrir entre bosques de ribera, campos de labor y viñedos me lleva al encuentro de puentes, dieciocho esclusas, acueductos y localidades tan interesantes como Cigales, tanto por su arquitectura tradicional entorno a las bodegas, como por ser testigo de la reconciliación del rey Pedro I con sus hermanos bastardos Enrique y Tello o el lugar de nacimiento en 1549 de la que sería cuarta esposa de Felipe II, Ana de Austria.
Desde aquí es recomendable hacer una pequeña desviación para admirar el magnífico castillo de Trigueros del Valle, también conocido como el Castillo Encantado con su visita experiencial.
Continúo rumbo norte hasta el punto donde confluyen los ríos Carrión y Pisuerga. Dueñas, declarado Conjunto Histórico por su riqueza patrimonial e histórica, es la primera localidad de la provincia de Palencia, escribiendo un prólogo cultural de lo que la ruta me depara.
Siguiendo la estela del Canal con los múltiples vestigios del pasado que se resisten a desaparecer, el hilo de agua me adentra en la tranquila capital palentina. Merece la pena hacer una pausa en la catedral de San Antolín para entender mejor el significado del sobrenombre de la “Bella Desconocida”, antes de pasear su rico casco histórico. Sus múltiples ejemplos arquitectónicos abarcan todos los estilos, incluso el modernismo que adorna la porticada calle Mayor y otros muchos rincones, poniendo a Palencia al nivel de otras importantes ciudades europeas.
A su paso por la ciudad, las aguas del Canal de Castilla toman un respiro en el remanso de su dársena, proyectada como una expansión del cauce para albergar las actividades logísticas e industriales. En uno de sus laterales, en lo que antaño fueron almacenes de cereal, hoy se aloja el museo del Agua, desde donde se propone una experiencia inmersiva y multisensorial para conocer más de cerca los valores culturales y naturales de esta singular obra de ingeniería.
Vuelve a sonar el motor de la GS y, por una agradable carretera entre el río Carrión y el Canal de Castilla impregnada de un suave olor a ribera, llego a Grijota. A la salida, un conjunto arquitectónico formado por las esclusas 28 y 29 actúan como amplificadores del murmullo alocado del agua al sortear los diferentes desniveles.
Unos kilómetros más adelante llego a uno de los puntos más emblemáticos del Canal. El paraje de El Serrón, además de la triple esclusa, de los restos de edificios que testimonian la importancia del lugar como una fábrica de harinas con sus almacenes, viviendas y la casa del esclusero, es importante porque aquí el cauce se bifurca. Hasta ahora he venido por el Ramal Sur, pero a mi izquierda parte el Ramal de Campos.
Aquí hago un punto de inflexión para poner rumbo directo a Medina de Rioseco, punto final y señero del Ramal de Campos.
La Ciudad de los Almirantes, como también se conoce a la villa riosecana por haber sido sede del almirantazgo durante los siglos XV y XIV, es Conjunto Histórico por sus múltiples valores culturales y arquitectónicos, tanto civiles como religiosos. Pero en esta ocasión me voy a centrar en su vinculación al Canal, sin olvidar que aquí confluyen el itinerario jacobeo del Camino de Madrid y la Cañada Real Leonesa Occidental con todo lo que ello significa etnográficamente.
Medina de Rioseco posee la mayor dársena del Canal de Castilla, con unas dimensiones colosales para tratarse de un cauce artificial en un territorio estepario. Custodiada por almacenes, cuadras, viviendas y la vieja fábrica de harinas de San Antonio, edificios que han permanecido impasibles al paso del tiempo. Concretamente, el almacén número dos es hoy el Centro de Recepción de Viajeros, donde también se pueden adquirir los pasajes del barco y, al lado, zarpa la embarcación Antonio Ulloa hasta alcanzar la séptima esclusa en Tamariz de Campos, permitiendo admirar la maniobra de salvar el desnivel del cauce antes de iniciar el trayecto de regreso.
En el lado opuesto de la dársena está la fábrica de harinas de San Antonio acompañada de la casa del esclusero. La enorme construcción del siglo XIX en piedra de sillería, ladrillo y argamasa compite en protagonismo con la propia dársena. Su interior es una cápsula del tiempo al conservar las instalaciones y la maquinaria en perfecto estado, lo cual permite ver cómo se realizaba el proceso de molturación.
Legua a legua, el Canal de Castilla serpentea los campos castellanos, señalando la dirección hasta la lejanía con una infinita hilera de árboles que dan sombra a los caminos de sirga. Antiguamente no existían, pues estos senderos eran usados por las caballerías para arrastrar las barcazas por el cauce. Hoy son una constante de la ruta, como lo son los palomares que rompen la estepa, enriqueciendo los valores etnográficos e identitarios o las enormes iglesias que elevan sus campanarios sobre la llanura como faros en un mar de tierras de labor. Esto último resulta especialmente curioso, pues las grandes dimensiones de los templos contrastan con el tamaño de los cascos urbanos que las rodean, como también es sorprendente la gran cantidad de casas blasonadas y palacetes repartidos hasta en pequeñas aldeas. En ambos casos no eran otra cosa que signos de poder y de competitividad entre la iglesia y la nobleza para identificar su presencia y controlar sus dominios en una tierra vasalla.
Muchos son los testimonios arquitectónicos que me voy encontrando junto al Canal: esclusas, acueductos, puentes, viviendas, pero es en los pueblos por los que paso donde voy descubriendo otros vestigios interesantes que ayudan a comprender mejor el territorio.
Castilla fue durante siglos el granero del reino, por lo que no resulta extraño que pequeñas localidades como Capillas, entre otras, conserve un antiguo pósito del pan, los restos de una muralla defensiva o un hospital adosado a la iglesia.
Cuantos más kilómetros voy sumando en el contador parcial de la moto, más detalles voy descubriendo, esos que contrastan con la aparente invariabilidad del paisaje. Así, Fuentes de Nava, más allá de ser Conjunto Histórico por su importante valor arquitectónico y cultural con dos magníficos templos y casas blasonadas, es un enclave de alto valor ecológico gracias a la Laguna de la Nava o “Mar de Campos”. Situada en el Espacio Natural “La Nava y Campos de Palencia”, es como un espejo en plena Tierra de Campos, una laguna artificial de cuatrocientas veinte hectáreas recuperada en los años 90; un refugio de aves tan emblemáticas como la avutarda o el ganso común, entre otras muchas, siendo el principal punto de cría en Castilla y León para la gaviota reidora y el fumarel cariblanco.
Continúo siguiendo la estela del Ramal de Campos con la sorpresa de la cantidad de humedales y arroyos que vertebran el paisaje, lo que desmonta cualquier idea preconcebida que se pueda tener de la estepa castellana.
Sorteando las tierras de labor por caminos y carreteras locales para intentar no circular por los caminos de sirga, pues la circulación está prohibida en algunos tramos si no es para labores agrícolas o de mantenimiento del propio canal. Este condicionante no impide el acceso a enclaves con un gran significado en el contexto de la obra magna de la Ilustración. Es el caso de Sahagún el Real que nació al calor de la construcción del Canal. Este paraje nos deja muestras de la importancia que en su momento tuvo. Las casas del Rey, almacenes, posada, mesón o casa del fielato perviven al paso del tiempo acompañadas por una ermita bajo advocación de San Facundo.
Arquetas y acueductos como el de Santa María o el de Santo Cilde marcan la ruta como hitos que se niegan a desaparecer hasta llegar a Becerril de Campos. Declarado Bien de Interés Cultural en la categoría de Conjunto Histórico, es otro claro ejemplo de pueblo castellano con un importante catálogo patrimonial y cultural identitario, como el museo territorial de Campos del Renacimiento u obras de Pedro Berruguete, Juan de Juni o Francisco Giralde en un escenario arquitectónico que abarca muchos siglos de historia.
Se acerca el final de este tramo para encarar el último hacia las fuentes del Canal, pero antes, la localidad de Villaumbrales guarda una sorpresa. Al lado del bello puente de 1754 se alza la Casa del Rey, uno de los edificios más emblemáticos construido en 1759 como parte del astillero que daba servicio a la actividad canalera. En su interior y tras una importante modernización que incluye una nueva iluminación del puente, alberga el Museo del Canal, un espacio expositivo más didáctico, accesible y sostenible que busca el acercamiento y una mejor comprensión del significado que tuvo el Canal de Castilla y su potencial como generador de economía trasversal desde el turismo y la cultura.
En pocos minutos llego al conjunto arquitectónico de El Serrón, ese lugar emblemático por su legado industrial ligado a la actividad cerealista a la vera del Canal y donde se une el Ramal de Campos, el del Sur acompañado del Camino Lebaniego en busca del monasterio cántabro de Santo Toribio de Liébana.
Buscando el nacimiento del Canal
Hoy el Canal de Castilla es un recurso turístico y cultural de primer nivel. Declarado Bien de Interés Cultural y Destino Turístico Inteligente, en su discurrir deja rincones singulares y hermosos por los que es posible navegar, conjuntos arquitectónicos para resolver condicionantes orográficos de forma magistral y señeros puntos de encuentro con peregrinos motivados por la fe.
A partir de aquí ya solo hay un canal, cuyas aguas corren en sentido opuesto al mío, pues voy buscando el lugar donde nace, el kilómetro 0 de un sueño intelectual que pudo cambiar la historia de España. Es por lo que su legado no debe caer en el olvido colectivo.
Aguas arriba me tropiezo con el puente Valdemudos, el primero en construirse y el único proyectado por Lemaur, el primer ingeniero jefe del Canal, además de ser punto de paso de los rebaños trashumantes que siguen la Cañada Real Leonesa hacia las montañas cantábricas.
Arropado por las características alamedas que jalonan el cauce llego a Calahorra de Ribas. Fue aquí donde se puso la primera piedra en 1753, tal y como lo atestigua el monolito conmemorativo que se alza en uno de los lados del puente esclusero. Observar desde su pretil el espectáculo del conjunto hidráulico que forman las tres esclusas consecutivas salvando el desnivel del terreno es un espectáculo sensorial imposible de olvidar. En este enclave, donde también tiene lugar la confluencia de las aguas del Canal con las del río Carrión, compartían espacio un batán de paños, siempre en aguas bajas para evitar que las impurezas vertidas contaminasen al resto de industrias y dos molinos harineros. La actividad de estos artefactos fomentó el asentamiento de la población, construyéndose viviendas, una cuadra, la casa del esclusero, incluso un parador; edificios hoy desaparecidos o en muy mal estado de conservación.
En el mismo Canal una espadaña, único vestigio que queda, nos recuerda que hace tiempo aquí hubo un monasterio dedicado a Nuestra Señora de la Consolación.
Retomando el camino en sentido norte, en ambas márgenes sigue el rosario de construcciones ligadas a la actividad canalera como las almenaras que servían para regular el caudal y los puentes, además de humedales en los que la vida animal y vegetal forma ecosistemas de alto valor, como la laguna de la Toja o la charca de Bezana, entre otras.
A veces, el horizonte se rompe con pequeños pueblos llenos de leyendas e historias, gestas y hazañas, escondiendo en su modesta apariencia verdaderas joyas arquitectónicas. Es el caso de la iglesia de San Cornelio y San Cipriano en San Cebrián de Campos, declarada Monumento Histórico Artístico.
Por un paisaje poco cambiante en sus formas, pero rico en tonalidades, Frómista se deja sentir. En las afueras del pueblo se halla uno de los enclaves más importantes del Canal formado por un conjunto de cuatro esclusas que salvan un desnivel de catorce metros, escenificando una hermosa coreografía de cascadas. A un lado se conserva la casa del esclusero convertida en punto de información turística, el puente de la esclusa y una central hidroeléctrica.
En la parte alta confluyen el cauce del Canal y el Camino de Santiago, justo al lado del embarcadero del que zarpa el barco turístico Juan de Homar para hacer un recorrido de cuatro kilómetros hasta el pantalán de Boadilla del Camino.
Frómista es una de las localidades en las que merece la pena hacer un alto. Su ambiente jacobeo y su riqueza patrimonial invitan a detenerme, sobre todo para admirar la iglesia de San Martín, uno de los referentes del románico palentino. Su origen se sitúa entre finales del siglo XI y primeros del XII, gozando de la declaración de Bien de Interés Cultural. Su factura emula los templos lombardos o bizantinos, llamando especialmente la atención la riqueza de capiteles y decoración.
Pero el catálogo patrimonial es mucho más amplio. La influencia del Camino de Santiago como vía de llegada de todo tipo de manifestaciones culturales procedentes de toda Europa, se ve reflejada dentro y fuera de otros muchos edificios góticos, renacentistas…
Vuelvo a la vera del Canal en busca de otro de los hitos importantes. En Herrera de Pisuerga confluyen el río Pisuerga y el Canal de Castilla, por lo que fue necesario construir una retención que frenase el exceso de caudal del primero, ayudada por la presa del Rey o de San Andrés. Actualmente, aquí se encuentra el Centro de Interpretación del Canal de Castilla y el embarcadero desde el que zarpa el barco Marqués de la Ensenada para recorrer seis kilómetros y medio. En esta zona remansada se construyó la caseta de la maroma, una ingeniosa solución para evitar que las barcazas fueran arrastradas por la corriente del río ayudándose de una soga que unía las dos márgenes. Hoy se ha recuperado como experiencia turística al alcance de los visitantes más intrépidos.
La Legio III Macedónica es el origen del asentamiento permanente, en los primeros años de nuestra era, de lo que hoy conocemos como Herrera de Pisuerga. Desde entonces han pasado muchos siglos y todos han dejado huellas claras en su arquitectura religiosa, en su típica y castellana plaza Mayor porticada sobre la que se asientan edificios modernistas o en toda la imaginería que custodian las iglesias.
Con una cierta sensación de tristeza encaro el último tramo de este fragmento de la historia de España. Alar del Rey está muy cerca y allí terminaron las obras, justo en el punto en que un monolito señala el kilómetro cero del Canal.
Fundada en 1657 por mandato del monarca Felipe IV, fue gracias a esta magna obra lo que hizo de Alar del Rey un importante enclave comercial. A su dársena, cereales y harinas provenientes de los campos del sur llegaban en barcazas, donde eran descargados para seguir por tierra su camino hacia los puertos del Cantábrico. De forma inversa, el carbón procedente de las montañas o los productos manufacturados en el norte tenían como primer destino Alar, donde eran embarcados para su posterior distribución en Castilla. La dársena, que aún conserva alguna argolla, la esclusa de retención, los almacenes y algún que otro maltrecho molino, testimonian la relevancia que tuvo esta villa dentro del contexto del Canal de Castilla. La llegada del ferrocarril con la construcción de la línea Santander-Alar del Rey incrementó la actividad comercial, permitiendo un transporte rápido y eficiente. Fruto de este desarrollo, a finales del siglo XIX y principios del XX florecen varias industrias galleteras. Pero la historia de Alar está indisolublemente unida a la del Canal y la decadencia de este repercutió seriamente en la economía y demografía de la población.
La construcción de las líneas férreas de manera extensiva en el siglo XIX supuso un golpe letal al Canal de Castilla. La mayor rapidez del transporte, junto a una mayor economía y más capacidad de carga dejaron herido de muerte al transporte fluvial que, a duras penas, mantuvo su actividad hasta 1959 cuando, tras la jubilación del último barquero, cesó toda la actividad. En ese momento pasó a formar parte del sistema de regadíos de la cuenca del Duero, a lo que se suma la actividad turística que se viene desarrollando en las últimas décadas.
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