Tierra de leyendas como pocas, de atardeceres de postal, de bosques misteriosos, de culturas ancestrales y del buen vivir, despliega un mosaico de caminos vertebradores de un universo singular. Galicia es magia en estado puro, es inevitable no rendirse a sus encantos.
Su situación geográfica en el extremo noroeste de la Península Ibérica propició el contacto con los pueblos celtas llegados de Europa, quienes dejaron una profunda huella que aún pervive. La tierra de los mil ríos y de los mil doscientos kilómetros de costa es verde y azul en todos sus matices. Desde los manantiales y fuentes hasta los lagos, lagunas, ríos, rías, mares y océanos, Galicia huele a la humedad de la noche en el interior y al salitre de su costa, suena al goteo de la lluvia que aquí llega a ser arte y al alegre sonido de una gaita amenizando las romerías y fiestas de verano. Galicia destila paz, empuja al reencuentro con nosotros mismos y sabe a productos naturales.
Abrazándola despliega paisajes casi únicos en España, como las famosas rías que recorren buena parte de la costa o como los acantilados más sobrecogedores en los que la fuerza del mar a tallado a capricho las rocas. Galicia es también sinónimo de llegada de los muchos caminos de peregrinación de la más importante ruta de la cristiandad, sobre todo en el momento de entrar en la plaza del Obradoiro, a los pies de la catedral de Santiago de Compostela.
Quizás sea la suma de todas estas sensaciones las que naturalizan la emoción que los gallegos llaman morriña, esa añoranza de su tierra cuando están fuera. Pero ya no sólo ellos la sienten, sino que todo aquel que ha pisado esta tierra y la haya inhalado serenamente experimentará al dejarla atrás, despertándose un intenso deseo de volver.
Un destino poliédrico
Galicia lo tiene todo, aunque esta afirmación siempre se queda corta. Pretender conocer todos sus matices en unas vacaciones es absolutamente imposible y cada vuelta es siempre diferente a la anterior. Todo aquí tiene connotaciones únicas y nunca defraudan, esas mismas que llegan al corazón de todo caminante para invitarle a volver.
Descubrir los bosques gallegos es la mejor manera de empezar ese viaje iniciático a la desconexión del frenético día a día y sumergirnos en un remanso de paz y naturaleza. El aire húmedo se mezcla con el aroma de los árboles, del musgo, de las hojas secas que crujen a nuestro paso y, de fondo, el sonido del agua que, a través de los ríos y regatos, se va abriendo paso sinuosamente hasta alcanzar el mar. Hay que permanecer atentos en el recorrido, pues estos bosques, muchos de ellos insondables, acogen en su seno una fauna y una flora dignas de admirar. Tupidos robledales, encinares, bosques de abedules y castaños que, inmóviles y silenciosos, esperan para entregar lo mejor de cada uno de sus múltiples ecosistemas.
Pero si uno merece una atención especial es el Parque Nacional Marítimo-Terrestre das Illas Atlánticas, donde está la mejor playa del mundo, más conocida como la playa de Rodas. Aguas cristalinas y tranquilas, arena fina y dorada, una sugerente forma de medialuna y, protegiendo la playa, un bosque de pinos dan vida a esta maravilla natural, antaño refugio de piratas y hoy convertida en un ejemplo de conservación y sostenibilidad.
Fiel a ese carácter mágico, Galicia atesora un importante patrimonio oculto, no por misterioso, sino por ser menos conocido y más enraizado con su esencia.
Esta realidad refuerza aún más el deseo de volver y dejarse llevar a los secretos de una tierra de pequeños pueblos que guardan sus propios tesoros, tanto artísticos como etnográficos: pequeñas iglesias pertenecientes a antiguos monasterios en el más recóndito paisaje rural; sus campos y molinos, que parecen detenidos en el tiempo; poblados y petroglifos que nos llevan a imaginar la vida de los antepasados celtas más remotos; castillos y fortalezas que, todavía en pie, nos trasportan a la magnificencia de otros tiempos.
Perderse en la Ribeira Sacra o en O Ribeiro y conocer una parte de su patrimonio religioso, que es inmenso; recorrer algunas de las mayores concentraciones de hórreos de Galicia; dar un salto en el tiempo y visitar castros o dólmenes tan impresionantes como Santa Trega o Dombate es solo una pequeña sugerencia de todo lo que este rincón de España desea mostrar, como fiel testimonio de una cultura genuina e irrepetible.
Galicia también es una tierra en la que las aguas de las fuentes son milagrosas, donde las jóvenes acuden a las olas del mar para tener descendencia, en la que las piedras tienen el poder de sanar, donde el sol nace y muere cada día en su mar, una tierra en la que sus antiguos pobladores percibían algo mágico y especial, donde el perfume de las plantas sanadoras y el incienso se mezclan en un aura diferente. Sólo abriendo la mente y el alma seremos capaces de emocionarnos al recorrer los Santuarios Mágicos de Galicia: templos situados en enclaves únicos, donde peculiares ritos religiosos se mezclan con las más antiguas leyendas paganas. Acercaros a estos templos y pedid tres deseos en la Ruta de Santo André de Teixido y otros santuarios del Norte de Galicia, haced un recorrido por los lugares más santos de la Costa da Morte, recorred las mismas aguas por las que el cuerpo del Apóstol llegó a Galicia. Descubrid lugares verdaderamente mágicos y preñados de ritos seculares.
Galicia es también tierra marinera, por lo que un sonido que nunca cesa ese es el batir del mar contra las costas, un mar fiero como pocos y en el que algunos afirman haber visto sirenas, pues en una tierra mágica deben existir personajes mitológicos.
Marea tras marea se va moldeando la costa gallega, dando lugar a playas salvajes, tanto de ría como de mar abierto; arenales infinitos, ideales para recorrerlos con la suave caricia en el rostro de la salada brisa marina, sintiendo la arena húmeda bajo los pies. Como no podía ser de otro modo, la costa se encuentra custodiada por numerosos faros, vigías situados en impresionantes enclaves que ayudan a las embarcaciones, día tras día, a llegar a buen puerto, al tiempo que jalonan una de las rutas costeras más fascinantes del continente. Recorrerla es una experiencia única si, además de admirar su belleza, se vive de una manera diferente al sumergirnos en el mar, sintiendo la brisa marina mientras se surfea, navegando las aguas hasta lugares tan impresionantes como las muchas islas gallegas o simplemente dejando la huella en nuestros pies en los arenales más salvajes.
El mar en Galicia no sólo es cultura, sino también un nuevo escenario experiencial. Acompañar a los profesionales del mar en una jornada de pesca y luego cocinar nuestras propias capturas; acercarse a alguna de las miles de bateas en las que se producen los mejores mejillones del mundo; descubrir cómo se «cultivan» berberechos, almejas o navajas en la playa siguiendo los consejos de las propias mariscadoras; vibrar ante la valentía de los percebeiros desafiando la bravura de las olas que rompen sobre las rocas; vivir del bullicio de una lonja y conocer el particular sistema de subasta de los distintos productos y degustar pescados y mariscos frescos al lado del puerto son experiencias casi místicas imposibles de olvidar.
Galicia, una tierra romántica
Cuando nos adentramos en el terreno de las emociones las palabras escasean y resulta difícil describir la huella que deja en nosotros un paseo por la naturaleza. Aquí los caminos se hacen poesía, y de verso en verso nos atrapan con su intensa atracción emocional. Son paseos que enamoran.
Contemplando el mar, en la ribera del río o descubriendo cascadas, Galicia nos seduce con su armonía de verdes y azules, invitándonos a descubrir entre bosques y montañas todo un patrimonio oculto. A veces, un paseo urbano puede robarnos el corazón. ¿Quién no ha sentido un nudo en la garganta ante el brillo de los adoquines de Santiago de Compostela bajo la lluvia en una noche silenciosa de primavera?
Es imposible resistirse al ejercicio de ensoñación que provoca la Ruta de las Camelias. Éstas llegaron a Galicia a finales del siglo XVIII desde países lejanos como China y Japón para adornar los jardines de los pazos y casas señoriales de la nobleza, pero con el tiempo se introdujeron en los jardines y fincas hasta convertir a Galicia en un referente internacional en el cultivo y producción de esta planta. En la actualidad la comunidad atesora casi ocho mil variedades diferentes de camelia.
La gastronomía gallega también tiene una componente emocional, pues emana de la más arraigada sabiduría popular y la viticultura forma parte de ella. Descubrir los secretos de los vinos gallegos paseando entre viñedos en escarpadas laderas o al borde del mar, recorrer las bodegas las más vanguardistas, las más señoriales y también las de mayor tradición familiar nos acerca a un legado cultural que se pierde en el tiempo. Pazos, hoteles con encanto, casas rurales, balnearios y talasos cuidan con mimo al visitante, maridando su oferta a la de restaurantes que despliegan todos los sabores de Galicia. Albariño, mencía, godello, treixadura… y hasta más de veinte variedades de uvas autóctonas conjugan a la perfección con los manjares más exquisitos en esta tierra de pescados, mariscos, carnes, pan, queso, postres tradicionales y una gran variedad de licores.
Galicia, esa tierra que una vez fue el final del mundo conocido es el lugar al que siempre se quiere volver.