Todo viajero experimenta con frecuencia la ensoñación de aquellos lugares que le gustaría conocer hasta desgranar su esencia, destinos ricos en un patrimonio excitante y a veces míticos de los que alguna vez ha oído hablar, despertando de este modo todo tipo de emociones y el deseo irrefrenable de sentirlos bajo sus pies.
Así es Túnez, como un lienzo multicolor que tapiza un escenario poliédrico con modos de vida genuinos, donde se han escrito muchas páginas de la historia hasta donde alcanza la memoria.
Corría un fresco atardecer de marzo cuando el ferry que nos transportaba desde Génova abrió sus bodegas de carga en el muelle de La Goulette, el principal puerto marítimo de Túnez y el frenesí se desató. Pasajeros listos para el desembarco aguardaban pacientes el momento de pisar tierra firme, mientras en las entrañas del buque el sonido ronco de cientos de motores invadía el crepúsculo cartaginés.
Camiones, furgonetas, coches, 4X4 y nuestras motos, casi en perfecta formación, abandonaban el barco con destinos y motivos diferentes, unos con la satisfacción de ver cercano el final del viaje y otros, como nosotros, con el corazón vibrante por ver ya muy cercano el comienzo de la apasionante ruta que nos ha traído hasta aquí.
Pisar suelo africano siempre es un momento emocionante y en esta ocasión la excitación crece exponencialmente. Como un torrente de sensaciones diferentes en el que se mezclan las ansias de conocer un territorio nuevo lleno de sorpresas, la pasión por hacerlo en moto, el deseo de abandonarnos a la magia del desierto o el encuentro con escenarios de leyenda que la historia y el cine inmortalizaron, forman los matices de ese crisol reflexivo que nos asalta mientras se ultiman los trámites aduaneros de nuestra caravana.
Ya en el espectacular hotel Residence nos espera el merecido y reparador descanso, pero no antes de disfrutar de una exquisita cena en la que tuvimos la oportunidad de degustar la rica y variada gastronomía tunecina.
El Granero de Roma
Con los primeros rayos de sol, antojándose el preámbulo de un magnífico día primaveral, nos disponemos a descubrir y disfrutar el norte de Túnez, el territorio verde y fértil lleno de enclaves Patrimonio de la Humanidad y de ecosistemas de alto valor que una vez alimentó un Imperio, lo que le significó ser conocido también como “el Granero de Roma” y en el que dejaron huella fenicios, romanos y hasta moriscos expulsados de España en el siglo XVI.
Atreverse a descubrir este vergel entre montañas y sus playas vírgenes custodiadas por increíbles acantilados o a empequeñecerte frente a paisajes de belleza extrema y vivir la aventura del asombro que desgranan las maravillas culturales, es una vivencia imposible de olvidar.
Recorrer en moto el norte de Túnez es una experiencia exclusiva, una fuente inagotable de inspiración continua que nos envuelve en una atmósfera trepidante que hace vibrar las pupilas con su mágica luz.
Poco a poco nuestros motores van cogiendo temperatura entre el frenético tráfico de la capital tunecina hasta poner rumbo a nuestro primer destino en las colinas del Valle del Medjerda. Siguiendo el trazado de la antigua carretera imperial que unía las ciudades de Cartago con la argelina Tébessa llegamos a una emblemática urbe con reminiscencias españolas: Testour. Aquí llegaron los moriscos expulsados de Castilla y de Aragón en 1609, fundando la más importante ciudad andalusí de Túnez y donde se estuvo hablando español durante siglo y medio.
De aquella época conserva testimonios muy significativos del legado andaluz en los barrios de Rhiba, Tagarine y Hara, pero es en la Gran Mezquita -la única en el mundo musulmán con un reloj y cuyas agujas giran en sentido contrario, buscando el simbolismo de mirar al feliz pasado andaluz- donde se encuentran los elementos más significativos de la herencia hispana. Desde las dos torres octogonales de estilo aragonés hasta las cúpulas de inspiración renacentista, sin olvidar las dos Estrellas de David representativas de la convivencia entre musulmanes y judíos, las referencias al origen de los fundadores son constantes.
Otro aporte cultural de la herencia de los moriscos llegados de España la encontramos en la “aljaimada”, un tipo de literatura escrita en las diferentes lenguas romances españolas en caracteres árabes.
Más allá de la fascinante historia de Testour, lo que nos cautivó desde el momento de la llegada fue el calor y la amabilidad de sus gentes. Indudablemente ver llegar una caravana de dieciocho motos rompiendo los sonidos cotidianos es siempre un polo de atracción de miradas y la curiosidad se hacía palpable. Fue parar y aquello se convirtió en una entrañable feria del motor improvisada con niños subiéndose a las monturas, los jóvenes haciéndose selfies y al otro lado de la calle los hombres conversando sin perder detalle del momento.
Con un cielo amenazante de tormenta y lo pintoresco del café lleno de gente, todo invitaba a experimentar la sensación de compartir un momento con los lugareños, esos mismos que nos miraban con atención y que amablemente nos hicieron un sitio para charlar y degustar el exquisito té y dulces artesanos. El momento fue especialmente agradable y lleno de autenticidad.
Al final del día caemos en las garras de una impresionante tormenta de agua, a pesar de la cual nada frena nuestras ansias de seguir recorriendo este paraíso verde por serpenteantes carreteras llenas de encanto. Un esfuerzo que se ve plenamente recompensado al subir la colina rodeada de olivos y presidida por el Sitio Arqueológico de Dougga.
Declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, fue un asentamiento bereber, púnico, romano y bizantino y una de las ciudades mejor conservadas del norte de África. Dougga es como un libro de historia al aire libre cuyos orígenes se remontan al segundo milenio antes de Cristo, conservando con orgullo monumentos tan espectaculares como el mausoleo libio-púnico, el capitolio dedicado a la triada Júpiter, Juno y Minerva, el teatro romano o las termas, además del trazado urbano indígena de los númidas que los romanos respetaron. Esta característica y el excepcional estado de conservación hacen que este tesoro patrimonial ilustre de manera espléndida cómo era la vida cotidiana en aquella época.
Proseguimos nuestro viaje rumbo a la costa norte de Túnez, un escenario de playas magníficas como Sidi Ali el Mekki, pueblos pintorescos como Bizerta, enclaves singulares como Cap Ángela conocido también por ser el punto más septentrional de África o sugerentes calas como Cap Negro rumbo e Tabarka, donde nos espera un merecido descanso en el increíble hotel La Cigale, un resort excepcional con maravillosas vistas al Mediterráneo, campo de golf, spa y todo lo necesario para una estancia inolvidable.
Repuestas las fuerzas, un sol radiante nos despereza para seguir disfrutando del viaje en moto entre bosques de frondosidad casi insultante y paisajes de un verde luminoso realmente sorprendente.
Viajamos en dirección sur casi en paralelo con la frontera argelina hasta Bulla Regia, antigua ciudad romana situada en la encrucijada donde confluían las calzadas que unían Cartago con Hippo Regius, la actual Annaba, y la que daba salida al mar desde el Sahel. La monumentalidad de la ciudad africana romanizada viene dada por el uso del mármol y por la existencia de magníficos edificios como el capitolio, el templo de Apolo, el anfiteatro o el teatro, pero lo que ha dado fama universal a Bulla Regia son las casas subterráneas dotadas de todas las comodidades de la época y los virtuosos mosaicos que las adornan. En total son una veintena de casas las excavadas, destacando por su originalidad y por la riqueza de los materiales, la “Casa de la caza”, la “Casa del Anfítrite” y la “Casa del tesoro”, pero todas ellas denotan el refinamiento y la filantropía de la sociedad de la época.
Pasado el momento reflexivo de la salida del sol nos ponemos en camino hacia el epicentro de la tierra bereber en busca de lo más genuino de su cultura y modos de vida. El árido paisaje de montañas, llanuras y picos escarpados custodia la genuina arquitectura de los Ksour, construcciones semejantes a colmenas integradas en la roca. Estos graneros fortificados como el Ksar Ouled Dabbab, hoy convertido en un lujoso hotel, eran antiguamente puntos de encuentro de los nómadas que almacenaban allí sus mercancías para protegerlas de los saqueadores.
Todo indica que era una ciudad rica y próspera gracias a su situación estratégica y a la fertilidad de la tierra, lo que impulsó un floreciente comercio de trigo y aceite, llegando a tener categoría de colonia honoraria en la época del emperador Adriano y sus habitantes la ciudadanía romana de pleno derecho.
Bulla Regia es uno de esos lugares mágicos que desatan la imaginación. Basta con pasearla escuchando los sonidos sutiles del viento entre los muros para transportarnos a la época imperial y a la ensoñación de las caravanas de mercaderes llegadas de todas partes, para recrear en nuestro imaginario escenas costumbristas, incluso románticas, de la febril actividad diaria.
Cada kilómetro recorrido en suelo tunecino significa una intensa inmersión en la esencia de este fascinante país. Poco a poco el fértil paisaje del norte protagonizado por las montañas del Atlas da paso a extensas llanuras cuyo color nos informa de que nos acercamos al ansiado desierto, mientras la tipología de los pueblos va tornándose más pragmática.
La salida de cada curva significa un punto arriba del nivel de adrenalina por sentir más cerca el siguiente destino y las nuevas sorpresas. De pronto, un profundo tajo en la roca nos habla de asentamientos trogloditas como antesala de lo que nos espera a pocos kilómetros. Como si de una cascada urbana se tratase, El Kef despliega un magnetismo irresistible. Presidido por la fortaleza otomana del s. XVII, la que fuera capital provisional de Túnez durante la Segunda Guerra Mundial es hoy un remanso de paz. Paseando por las recoletas calles de su medina es una lección de tolerancia a través de sus testimonios religiosos, pues tan pronto vemos una iglesia consagrada a San pedro, como termas romanas, sinagogas judías o el impresionante mausoleo de Sidi Bou Makhlouf con su minarete octogonal decorado con azulejos verde esmeralda.
Volvemos a la carretera en busca de nuevas emociones, aquellas que emanan de lugares insólitos y genuinos. Así ponemos rumbo suroeste, cruzando llanuras casi infinitas hasta que, de pronto, una inmensa mole de piedra de casi mil trescientos metros de altura rompe el horizonte despertando el deseo de saber lo que hay allí.
La Tabla de Jugurtha es una desafiante montaña tubular, una fortaleza natural denominada así en honor al rey númida Jugurtha, quien se refugió aquí para resistir al general romano Mario durante una batalla decisiva en la historia del norte de África y del Imperio Romano (107-105 a.C.).
Desde la cima se disfruta de una magnífica panorámica de trescientos sesenta grados sobre extensos campos de cereal y suaves colinas, pero también es una lección de historia gracias a los vestigios que conserva como dólmenes, un arco bizantino, una pequeña mezquita, depósitos excavados en la roca, cavernas y tumbas prehistóricas.
Es difícil resistirse al deseo viajero mirando al sur desde la Tabla de Jugurtha, sobre todo sabiendo que allí está el ansiado desierto de maravillosos amaneceres, de épicas historias, de misterios, leyendas y de las sugerentes tierras bereberes…