VALLE DE RICOTE

El último oasis morisco

Texto: José Manuel Gutiérrez
Fotografías: Cardinalia Comunicación | Balneario de Archena

Aquella encomienda de la Orden de Santiago, cuyos valores nunca fomentó, sino que heredó del conocimiento musulmán, gracias al cual la serpenteante vega del río Segura se convirtió en un vergel que ya ofrecía bondades a las comunidades argáricas hace más de cuatro milenios, se antoja hoy como un oasis de contrastes valedor de un legado cultural único.

Estamos acostumbrados a escuchar que la geografía española es muy rica en contrastes y en biodiversidad, pero no por ello dejamos de sorprendernos cuando nos encontramos escenarios realmente genuinos tanto en lo cultural como en lo medioambiental.

Eso percibimos al asomarnos al comienzo del curso medio del río Segura ya en la Región de Murcia, justo donde la naturaleza parece que quiere dar un golpe de efecto al partir el suelo y formar el vertiginoso desfiladero conocido como cañón de Almadenes, un Espacio Natural Protegido en el término municipal de Cieza con paredes verticales que alcanzan los cien metros de desnivel sobre el cauce del Segura que discurre por el fondo.

Además de la indiscutible belleza cárstica del paraje, la caprichosa naturaleza ha propiciado la formación de cientos de cuevas, simas y abrigos naturales. Muchas de ellas han sido utilizadas como refugio por el hombre neolítico, por lo que son muy abundantes las pinturas rupestres.

Pinturas rupestres en la cueva-sima de la Serreta

Especialmente destacable es la cueva-sima de la Serreta, localizada en un balcón natural del cañón y prácticamente inaccesible desde el mismo, a la que se accede por otra entrada situada en la llanura superior del lado izquierdo del desfiladero. Hay que destacar tres aspectos que hacen especial este enclave arqueológico. Por un lado, su ubicación, desde la que se puede admirar el cañón de Almadenes en todo su esplendor. Otra singularidad es la existencia en el interior de la cueva de los restos de una pequeña casa romana, único ejemplo de similar tipología documentado en la Península ibérica. Y por último y más importante, la existencia de dos paneles de pinturas rupestres excelentemente conservados, en las que se representan desde deidades hasta completas escenas de caza.

Tal es el valor cultural e histórico de las pinturas de la Serreta que están incluidas en la lista del Arte Rupestre del Arco Mediterráneo de la Península Ibérica, declarado Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO en 1998.

Más allá de controversias sobre si Cieza pertenece o no al valle de Ricote, en las cuales no vamos a entrar, lo cierto es que la naturaleza no entiende de fronteras impuestas por intereses humanos, como cierto es que el río Segura se expande en las márgenes que riegan la fértil vega una vez que abandona en cañón de Almadenes, por lo que bien se podría entender que este desfiladero es la puerta de entrada al oasis que ejemplifica el valle de Ricote.

Yacimiento islámico de Medina Siyasa

No muy lejos de aquí hay otro enclave cultural e históricamente muy valioso, desde el que cobra más fuerza la certeza de donde empieza el territorio que nos ocupa. Muy cerca del casco urbano de Cieza, muy rico en patrimonio histórico y cultural como sus museos o su Semana Santa, declarada de Interés Turístico Internacional y a la sobra de su castillo del siglo XV, en una ladera orientada al sur del altozano y desde la que se tiene una inmensa panorámica del vergel que riega el río Segura y de algunos pueblos del valle de Ricote, el yacimiento islámico de Medina Siyasa se nos presenta como el mejor exponente del desarrollo urbanístico, de las tipologías constructivas, de los elementos decorativos y de las estructuras sociales de las ciudades andalusíes de los siglos XII y XIII. Esta ciudad amurallada que llegó a tener una población estimada de cuatro mil habitantes tiene la particularidad de haber llegado hasta nuestros días sin haber sufrido ningún tipo de restauración y en un aceptable estado de conservación, por lo que cada muro, cada piedra o cada yesería son originales. Medina Siyasa, cuya comprensión se amplía didácticamente en el Museo Siyasa, es un libro de historia al aire libre que mira al valle de Ricote.

Un oasis en el corazón murciano

Río abajo se despliega una ribera anclada en la herencia árabe, de la que conserva entre otros muchos vestigios, el complejo y eficaz sistema de canales de regadío. Así, tras siglos de sabiduría se ha desarrollado una frondosa huerta, un mar de frutas, verduras y hortalizas que conviven con sotos de chopos, sauces y palmeras dando vida a un ecosistema único, cuya panorámica, delimitada por montañas escarpadas de aspecto desértico, nos traslada al recuerdo de tierras lejanas.

Pero no, estamos en plena Región de Murcia, en un rincón que floreció con la llegada de los musulmanes, quienes entendieron la sensibilidad de este suelo y lo hicieron productivo, favoreciendo así, entre los siglos VIII y XIII, el asentamiento de la población y el arraigo de su cultura. Esa impronta es hoy visible también en el trazado urbano de algunos pueblos, en muchos vocablos o en buena parte de la gastronomía, por ejemplo.

La expulsión de la comunidad morisca del valle de Ricote en el siglo XVII, los últimos que abandonaron España, significó un claro estancamiento económico y cultural del que poco a poco los pueblos se han ido recuperando gracias al esfuerzo de sus gentes por mantener un modo de vida ancestral y el amor que profesan por su tierra en todos los sentidos.

Valle de Ricote, tierra de contrastes

Apenas cinco kilómetros separan la puerta de entrada al Valle de Ricote de la localidad de Abarán. Enclavada en un balcón natural presidido por la ermita de los Santos Médicos, desde la que se disfruta de una espléndida panorámica del valle y de la sierra del Oro.

Por la parte baja del pueblo se extiende una propuesta cultural muy interesante en contacto con la naturaleza. La Ruta de las Norias es una agradable senda de algo más de cuatro kilómetros, declarada Lugar de Interés Etnográfico, que nos acerca a cuatro imponentes norias –Noria Grande, de la Hoya de Don García, de Candelón y de la Ñorica- que aún hoy y desde hace siglos siguen regando parte de las huertas, constituyendo el mayor conjunto de norias tradicionales y funcionales de España.

Noria Grande de Abarán

Siguiendo el pausado discurrir del río Segura, llegamos al bonito pueblo de Blanca que extiende su caserío bajo la omnipresente silueta de castillo musulmán del siglo XII. Curiosamente, antiguamente se llamaba Negra debido al color oscuro de la roza volcánica sobre la que se asienta.

Sus calles llenas de encanto están salpicadas de interesantes y variados ejemplos de arquitectura civil y religiosa, pero además la localidad es interesante por la Fundación Pedro Cano, donde se exponen algunos de los mejores trabajos de este artista local, por el Centro de Interpretación de la Luz y el Agua como exponente didáctico del aprovechamiento hídrico a lo largo de la historia del municipio y como colofón, nada mejor que un paseo hasta el mirador Alto de Bayna, un escenario con toques bucólicos y espectaculares vistas del valle, ideal para contemplar las aves que habitan las márgenes del río y de espectaculares atardeceres. En Blanca encontramos otra noria de riego que en el antropólogo Julio Caro Baroja definió así: “la noria de Blanca parece un perfil absolutamente genuino no encontrado en ninguna otra noria de España”.

Blanca desde el mirador Alto de Bayna

Sin perder de vista las aguas del Segura y las caprichosas formas que hacen gracias al azud de Ojós rodeado de sugerentes limoneros nos acercamos al único pueblo que no está junto al Segura, pero que da nombre al valle. Ricote, rodeado de un paisaje semidesértico en las zonas altas y poblado por grandes extensiones de pino carrasco, conserva una clara fisonomía oriental en sus callejuelas y rincones, en buena armonía con construcciones posteriores a la expulsión morisca como la iglesia de San Sebastián o la Casa de los Llamas, un magnífico ejemplo del barroco murciano con bellas rejerías labradas.

Casa de los Llamas. Ricote

Desandamos el camino para volver a orillas del Segura y encontrarnos con el pueblo de Ojós, cuyo nombre deriva del árabe Hosos, que significa huertos. Su coqueto caserío evidencia claramente su origen, además de deparar alguna que otra sorpresa como el museo de Belenes del Mundo instalado en una antigua casona conocida como Casa de la Inquisición del siglo XVIII, donde se exponen doscientos sesenta conjuntos procedentes de los cinco continentes, aunque el fondo museístico pasa de los ochocientos o la iglesia de San Agustín reedificada sobre una antigua mezquita

Azud de Ojós

Ojós está rodeado de un sugerente paisaje de huertos frondosos en los que siempre resuena el rumor del río. Subiendo la margen derecha se llega al estrecho del Solvente entre campos frutales, cañaverales y acequias tan antiguas como el pueblo. El paraje está calificado como Bien de Interés Cultural en la categoría de Sitio Histórico, además de formar parte del Patrimonio Natural y de la Biodiversidad, pues está vinculado a hechos históricos y culturales y a creaciones técnicas e industriales del pasado. Ya estaba citado este lugar en las fuentes medievales por ser un lugar estratégico para el control de las aguas del Segura, concretamente en el estrecho donde se alza la presa actual, la cual probablemente esté construida sobre una más antigua del siglo X. Unos metros antes, un puente tibetano de ochenta metros de longitud permite cruzar de una orilla a otra, aunque los más intrépidos pueden hacerlo colgados de la tirolina de cien metros que salva las aguas del río.

Puente tibetano en el Estrecho de Solvente

Río abajo, el pueblo de Ulea se extiende entre la fértil vega a sus pies y la aridez de las montañas que la circundan, escenificando un fotograma de contrastes. Aunque ya estuvo habitado por íberos y romanos, fue la población musulmana la que definió su fisonomía, la cual ha llegado hasta nuestros días como lo constatan sus calles estrechas y escalonadas, sus aljibes y fuentes, los palmerales que sobresalen por encima de los frutales y la tranquila atmósfera que se respira.

Nuestro viaje se acerca a su fin, pero antes es necesario hacer una parada en Villanueva del río Segura, prácticamente unida a Archena, puerta sur del valle de Ricote.

Archena es una localidad patrimonial y culturalmente muy interesante por sus museos, fiestas y tradiciones, pero uno de los hitos que más la representa es el balneario de Archena. Enclavado en un paraje ya conocido por los íberos y romanos, constructores de las primeras termas, quienes ya disfrutaron de las propiedades de sus aguas y donde los palmerales y los eucaliptos cobran un protagonismo especial, las aguas sulfurosas con muchas propiedades curativas brotan a más de cincuenta grados, muy cerca del santuario de la Virgen de la Salud, patrona de Archena. Actualmente es un moderno complejo termal y el principal reclamo turístico de Archena.

Balneario de Archena

El valle de Ricote es en sí mismo un universo genuino, un ecosistema cargado de historia en el que el hombre y la naturaleza han aprendido a convivir y respetarse durante siglos y ser, al mismo tiempo, valedores de un legado en el que han apoyado su modo de vida y desde donde mirar al futuro con ilusión.

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Texto: José Manuel Gutiérrez
Fotografías: Cardinalia Comunicación | Balneario de Archena